Discurso del Papa Francisco en la Vigilia de Oración con los jóvenes en la JMJ Río 2013

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papa_em_copa_25072013201623Queridos jóvenes
Hemos recordado hace poco la historia de San Francisco de Asís. Ante el crucifijo oye la voz de
Jesús, que le dice: “Ve, Francisco, y repara mi casa”. Y el joven Francisco responde con prontitud y
generosidad a esta llamada del Señor: reparar su casa. Pero, ¿qué casa? Poco a poco se da cuenta de
que no se trataba de hacer de albañil y reparar un edificio de piedra, sino de dar su contribución a la
vida de la Iglesia; se trataba de ponerse al servicio de la Iglesia, amándola y trabajando para que en
ella se reflejara cada vez más el rostro de Cristo.
También hoy el Señor sigue necesitando a los jóvenes para su Iglesia. También hoy llama a cada
uno de ustedes a seguirlo en su Iglesia y a ser misioneros. ¿Cómo? ¿De qué manera? A partir del
nombre del lugar donde íbamos a celebrar este acto, Campus Fidei, Campo de Fe [se trasladó a
Copacabana por culpa de las lluvias de los últimos días], he pensado en tres imágenes que nos
pueden ayudar a entender mejor lo que significa ser un discípulo-misionero: la primera, el campo
como lugar donde se siembra; la segunda, el campo como lugar de entrenamiento; y la tercera, el
campo como obra en construcción.
1. El campo como lugar donde se siembra.
Todos conocemos la parábola de Jesús que habla de un sembrador que salió a sembrar en un campo;
algunas simientes cayeron al borde del camino, entre piedras o en medio de espinas, y no llegaron a
desarrollarse; pero otras cayeron en tierra buena y dieron mucho fruto (cf. Mt 13,1-9). Jesús mismo
explicó el significado de la parábola: La simiente es la Palabra de Dios sembrada en nuestro
corazón (cf. Mt 13,18-23). Queridos jóvenes, eso significa que el verdadero Campus Fidei es el
corazón de cada uno de ustedes, es su vida. Y es en la vida de ustedes donde Jesús pide entrar con
su palabra, con su presencia. Por favor, dejen que Cristo y su Palabra entren en su vida, que germine
y crezca.
Jesús nos dice que las simientes que cayeron al borde del camino, o entre las piedras y en medio de
espinas, no dieron fruto. ¿Qué clase de terreno somos, qué clase de terreno queremos ser?
Quizás somos a veces como el camino: escuchamos al Señor, pero no cambia nada en la vida,
porque nos dejamos atontar por tantos reclamos superficiales que escuchamos; o como el terreno
pedregoso: acogemos a Jesús con entusiasmo, pero somos inconstantes y, ante las dificultades, no
tenemos el valor de ir contracorriente; o somos como el terreno espinoso: las cosas, las pasiones
negativas sofocan en nosotros las palabras del Señor (cf. Mt 13,18-22).
Hoy, sin embargo, estoy seguro de que la simiente cae en buena tierra, que ustedes quieren ser
buena tierra, no cristianos a tiempo parcial, no “almidonados”, de fachada, sino auténticos. Estoy
seguro de que no quieren vivir en la ilusión de una libertad que se deja arrastrar por la moda y las
conveniencias del momento. Sé que ustedes apuntan a lo alto, a decisiones definitivas que den pleno
sentido a la vida. Jesús es capaz de ofrecer esto. Él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).
Confiemos en él. Dejémonos guiar por él.
2. El campo como lugar de entrenamiento.
Jesús nos pide que le sigamos toda la vida, nos pide que seamos sus discípulos, que “juguemos en
su equipo”. Creo que a la mayoría de ustedes les gusta el deporte. Y aquí, en Brasil, como en otros
países, el fútbol es una pasión nacional. Pues bien, ¿qué hace un jugador cuando se le llama para
formar parte de un equipo? Debe entrenarse y entrenarse mucho. Así es en nuestra vida de
discípulos del Señor.
San Pablo nos dice: “Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se
marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible” (1 Co 9,25). ¡Jesús nos ofrece algo
más grande que la Copa del Mundo! Nos ofrece la posibilidad de una vida fecunda y feliz, y
también un futuro con él que no tendrá fin, la vida eterna. Pero nos pide que entrenemos para “estar
en forma”, para afrontar sin miedo todas las situaciones de la vida, dando testimonio de nuestra fe.
¿Cómo? A través del diálogo con él: la oración, que es el coloquio cotidiano con Dios, que siempre
nos escucha. A través de los sacramentos, que hacen crecer en nosotros su presencia y nos
configuran con Cristo. A través del amor fraterno, del saber escuchar, comprender, perdonar, acoger,
ayudar a los otros, a todos, sin excluir y sin marginar. Queridos jóvenes, ¡sean auténticos “atletas de
Cristo”!
3. El campo como obra en construcción.
Cuando nuestro corazón es una tierra buena que recibe la Palabra de Dios, cuando “se suda la
camiseta”, tratando de vivir como cristianos, experimentamos algo grande: nunca estamos solos,
formamos parte de una familia de hermanos que recorren el mismo camino: somos parte de la
Iglesia; más aún, nos convertimos en constructores de la Iglesia y protagonistas de la historia.
San Pedro nos dice que somos piedras vivas que forman una casa espiritual (cf. 1 P 2,5). Y mirando
este palco, vemos que tiene la forma de una iglesia construida con piedras, con ladrillos. En la
Iglesia de Jesús, las piedras vivas somos nosotros, y Jesús nos pide que edifiquemos su Iglesia; y no
como una pequeña capilla donde solo cabe un grupito de personas. Nos pide que su Iglesia sea tan
grande que pueda alojar a toda la humanidad, que sea la casa de todos. Jesús me dice a mí, a ti, a
cada uno: “Vayan, y hagan discípulos a todas las naciones”. Esta tarde, respondámosle: Sí, también
yo quiero ser una piedra viva; juntos queremos construir la Iglesia de Jesús. Digamos juntos: Quiero
ir y ser constructor de la Iglesia de Cristo.
Su joven corazón alberga el deseo de construir un mundo mejor. He seguido atentamente las
noticias sobre tantos jóvenes que, en muchas partes del mundo, han salido por las calles para
expresar el deseo de una civilización más justa y fraterna. Sin embargo, queda la pregunta: ¿Por
dónde empezar? ¿Cuáles son los criterios para la construcción de una sociedad más justa? Cuando
preguntaron a la Madre Teresa qué era lo que debía cambiar en la Iglesia, respondió: Tú y yo.
Queridos amigos, no se olviden: ustedes son el campo de la fe. Ustedes son los atletas de Cristo.
Ustedes son los constructores de una Iglesia más hermosa y de un mundo mejor. Levantemos
nuestros ojos hacia la Virgen. Ella nos ayuda a seguir a Jesús, nos da ejemplo con su “sí” a Dios:
“Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1,38). Se lo digamos
también nosotros a Dios, junto con María: Hágase en mí según tu palabra. Que así sea

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