Ha echado más que nadie

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Carta semanal de Mons. Demetrio Fernández, Obispo de la Diócesis de Córdoba

En la relación de amor es fundamental la persona que se da y la persona a la que se ayuda. En el centro de la visión cristiana de la vida está la persona, no las cifras ni las cosas.

La viuda pobre del Evangelio captó la atención de Jesús: “Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). A Jesús no le llamaron la atención los millones que el donante entregaba, sino la actitud humilde y sencilla de esta mujer pobre, que echaba lo que necesitaba para vivir, es decir, ponía en su limosna su propio corazón y su propia vida.
 
Son frecuentes las noticias de la ayuda que podemos prestar a los demás en momentos de crisis como los que vivimos. A muchos les llaman la atención las grandes cifras. Pero Jesús y el estilo evangélico van por otro lado. Las necesidades de los demás reclaman que nos demos a nosotros mismos, que demos nuestro tiempo, nuestra atención, también nuestro dinero. En la relación de amor es fundamental la persona que se da y la persona a la que se ayuda. En el centro de la visión cristiana de la vida está la persona, no las cifras ni las cosas. Ojalá tengamos muchos medios y podamos llegar a más personas, pero en la caridad cristiana se nos pide que pongamos alma, que demos nuestro propio corazón.
 
En el campo de la limosna no faltan quienes rechazan lo que proviene de la caridad, e incluso se atreven a decir que la caridad degrada al destinatario. “Los pobres, se dice, no necesitan obras de caridad, sino de justicia. Las obras de caridad —la limosna— serían en realidad un modo para que los ricos eludan la instauración de la justicia y acallen su conciencia, conservando su propia posición social y despojando a los pobres de sus derechos” (Deus caritas, 26). Esta es la postura marxista, que incita al odio y a la lucha de clases y le desespera que sigan existiendo las obras de caridad. Sin embargo, no podremos llegar a la justicia, si no es inyectando caridad de la buena en nuestras relaciones sociales. Porque la justicia no es alcanzable si no contamos con un plus de caridad, que incluye esa justicia.
 
La justicia no cumple sus objetivos si no hay un corazón humano que se acerca a la persona para atenderla sin humillarla. La empresa política de hacer una sociedad cada vez más justa corresponde al Estado, no a la Iglesia. Pero la Iglesia no puede desentenderse de esa tarea, y para eso aporta razonamientos e inyecta amor, para lograr el objetivo de una sociedad más justa. Incluso si llegáramos a una sociedad plenamente justa, siempre seguirá siendo necesario el amor –cáritas-, porque siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo. “Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio. La Iglesia es una de estas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo” (DC, 28).
 
La actitud de la viuda pobre, que echa en el cepillo del templo lo que tenía para vivir es un ejemplo. Muchos gestos así están brotando en nuestro tiempo. Que los gobernantes cumplan su misión de alcanzar una sociedad más justa, pero en ese camino nunca estará de más la caridad, el amor de los que actúan movidos por Jesucristo y en su nombre para aliviar las necesidades de nuestros contemporáneos. Bienvenidos los grandes donativos, bienvenidas las medidas políticas para atenuar las necesidades y repartir mejor la riqueza, y bienvenido sobre todo el gesto de esta viuda pobre. “Ha echado todo lo que tenía para vivir”. Y ese gesto agrada a Jesucristo, al tiempo que ayuda a los demás. Nunca la caridad será un obstáculo para la justicia. A más caridad, a más amor, será más posible la justicia, que se queda corta si no brota del amor y se complementa con el amor.
 
Recibid mi afecto y mi bendición:
 
 
+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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