Juan Pablo II en mi recuerdo

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Con motivo del 5º aniversario de la muerte de Juan Pablo II me ha parecido oportuno dedicarle un pequeño homenaje desde esta página de nuestra parroquia.

No pretendo escribir más de lo que mi pobre conocimiento puede decir de él, sinceramente me daba pena que pasara esta fecha sin recordar a este gran hombre que tanto bien ha hecho por la Iglesia y por el mundo.

No puedo hablar a nivel teológico, de sus numerosos escritos y sus diferentes encíclicas, que aunque he leído algo, desde mi capacidad no puedo plasmar aquí. También me gustaría citar algunas frases, pero me extendería, así que me basaré en lo que conocí de un hombre sencillo, pero que gracias a un carisma especial llegó a ser Papa.

Puede que este carisma, junto con su fe, sensibilidad, humildad y capacidad de trabajo, sacrificio, le viniera dado por una niñez marcada por la muerte de su madre, cuando él sólo tenía 8 años, más tarde la pérdida de 2 hermanos y aún siendo joven muere su padre, al que admiraba y se sentía muy unido, después de haber sobrevivido juntos a tanto dolor familiar y a las consecuencias de una guerra que estaba haciendo estragos en su país.

Se vio obligado a abandonar sus estudios, sin renunciar clandestinamente a promover la cultura. La poesía y el teatro eran dos de sus grandes aficiones junto con el deporte, la naturaleza y todo aquello que enriqueciera la mente y el espíritu.

Tuvo que soportar la persecución y exterminación de sus amigos y seres más queridos, durante el holocausto nazi sufrido en su Polonia natal, donde ayudó a muchos judíos a no ser exterminados.

Él, en medio de esta situación, lejos de preguntarse ¿dónde está Dios?, lo encuentra en cada persona que necesita de él, viendo en el sufrimiento y en la debilidad a Cristo, ofreciendo su vida como instrumento de Dios, no pide explicaciones, sino que se deja llevar por Él.

Su vida es un testimonio de lucha y superación, y en todos los conflictos vividos ha permanecido íntegro en la esperanza de que la paz llegaría por medio del diálogo y el amor.

La cruz, la oración y un inmenso amor a la Virgen fueron el bastón de apoyo para poder amar y perdonar a los que le hicieron tanto mal.

A los 26 años fue ordenado sacerdote; licenciado en Filosofía y Teología, llegaría a ser obispo, arzobispo de Cracovia y cardenal, siendo a los 58 años el pontífice más joven de la historia.

En su pontificado pudimos ver a un hombre lleno de vida: vitalidad, entusiasmo y alegría, no truncados por una salud a veces frágil, que superaba con gran fortaleza de espíritu.

Era un incansable buscador de la verdad, utilizando para ello, una gran capacidad de discernimiento y conocimiento de Dios. No cerrado al mundo, sino en contacto permanente con él, interesado siempre por la realidad de éste, e implicado activamente en ella. De aquí que compaginó su íntima relación con Dios y la fuerza que de Él recibía para entender mejor los problemas de la sociedad.

En los 27 años de pontificado pudimos verle en sus deferentes facetas. Fue el apóstol de los jóvenes, a los que amaba y animaba a cambiar los corazones para cambiar el mundo, con este carisma los acercó cada vez más a él.

No cabe duda que fue un viajero incansable, con el fin de transmitir un mensaje de amor a Cristo y a su Iglesia, llevando esperanza a los lugares más desfavorecidos de la tierra, y para que este mensaje fuese universal, se llevó muy bien con los medios de comunicación, siendo un excelente comunicador y conciliador de los pueblos. Pacifista aferrado al diálogo y al perdón. Un hombre de concordia y hermandad para con otras creencias y confesiones. Defensor de la vida y la dignidad del hombre. De una humildad sin límites, como dejó patente en varios momentos de su pontificado pidiendo perdón ante el mundo de los errores y pecados cometidos por la Iglesia. La humildad y misericordia que conllevó la visita y el perdón a la persona que atentó contra su vida. Y por último se presentó ante el mundo, deteriorado por la enfermedad, en los últimos días de su vida, queriendo mostrar en su debilidad y su dolor a Jesús crucificado, dándole a la enfermedad y ancianidad la dignidad que merece, haciéndonos ver que el dolor tiene sentido cuando se apoya en Jesucristo, incluso pudiendo dar frutos de Santidad.

Tiene sus detractores, pero nada comparable al número de personas, católicos y no católicos, que han seguido su vida y le admiran por lo que con su labor ha contribuido en bien de una etapa de nuestra historia.

Ha dejado un gran legado a la Iglesia y al mundo, gracias a su carisma único, acompañado de una gran capacidad de trabajo y sacrificio, a favor del hombre, por amor a Cristo.

A mi parecer, ésta es la mejor encíclica que escribió, sobrando todas las palabras.

Por eso es que tiene un lugar en nuestra mente y nuestro corazón.

Seguro que desde el cielo nos sigue animando con esa frase que todos conocemos:

“¡NO TENGÁIS MIEDO, ABRID DE PAR EN PAR LAS PUERTAS A CRISTO!”

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  1. #1 publicado por Enrique 20/abr/2010 16:50

    Juani me uno a tí en este homenaje a Juan Pablo II, un Papa que el mundo tardara muchos años en olvidar. Con respecto a tu articulo, decirte que es genial. Que facil lo escribes y que bien lo espresas, soy uno de tus (seguro) muchos fans que estan siempre esperando un articulo tuyo. !Enhorabuena¡

  2. #2 publicado por José Carlos 27/abr/2010 20:17

    Yo también secundo tu intención, Juani, agradeciendo a Dios el don que ha supuesto para la Iglesia la persona de Juan Pablo II, “el Grande”.
    Para mí, personalmente, ha sido un gran referente en todo, como persona, como cristiano, y singularmente como ministro de Dios. El peso y valor de sus palabras estaban bien reforzadas por el testimonio de su vida, de lo cual todos fuimos testigos.
    Encomiendo a este gran Siervo de Dios toda la misión en la Colonia de Fuente Palmera.

(No será publicado)