Hace unos días se cumplieron dos años de nuestra peregrinación por Tierra Santa. Una peregrinación con la que Fernando y yo habíamos soñado toda nuestra vida, pero se nos hacía inalcanzable, al menos para mí, que todo lo veo más negativamente, lo deseaba con tantas fuerzas que se me hacía muy lejano en la distancia y en el tiempo. Sin embargo alimentaba la esperanza de poder hacerla algún día, mientras tanto me lo imaginaba, me conformaba con leer algún libro que hablara de esta Tierra.
Pues bien, un día Patricio con el entusiasmo que le caracteriza pensó en la peregrinación y la organizó, nos animó uno por uno a que fuésemos, ponía en ello todas sus fuerzas para que saliese adelante y salió. ¡Gracias a Dios!
Los días previos a la salida estaba nerviosa e ilusionada, me preocupaba dejar mis niños atrás, aunque Fernando, nuestro hijo, vino con nosotros, me hubiera gustado hacer esa peregrinación todos juntos, no es un viaje cualquiera, era un viaje de Fe.
El grupo que formamos no era nada homogéneo, las edades eran entre 18 a 78 años, pero eso no importaba, nos unía una Fe y una ilusión: vivir intensamente esos días, días de convivencia y de enriquecimiento personal, en esto éramos iguales.
Un gran ejemplo fue el de los más jóvenes, ayudando a los mayores a caminar por los sitios más difíciles, e ir a su ritmo sin impaciencia, dándoles ánimos y aliento. Todos formamos una piña, fue signo de hermandad en Tierra de Jesús.
No puedo olvidar a Lola, nuestra guía española, con su carácter afable y cariñoso, transmitía una gran ternura y un gran testimonio de fe.
Tampoco olvidaré a Jorge, nuestro guía en Tierra Santa, él era cristiano ortodoxo, fue una bendición que estuviera con nosotros con una gran sabiduría de las Escrituras y conocimiento de la historia e interpretación de ella. Nos evangelizó con sus palabras y con sus actos, fue uno más entre nosotros, hubo un vínculo que fue fruto de la Fe en un mismo Dios, sin olvidar su simpatía y cercanía. Recuerdo los traslados en autocar, se hacían pequeños, porque de cada recorrido hacía una catequesis amena e incluso divertida.
Patricio también tuvo un papel fundamental en esta peregrinación, queriendo aprovechar cada momento para la oración y la reflexión, no escatimó en esfuerzos para que viviéramos esos días lo más intensamente posible, y así fue, ¡Gracias, Patricio!
Hasta aquí, las personas y ahora los lugares que se han quedado impresos en mi memoria y en mi corazón.
Es difícil describir con palabras lo que significó estar allí, todo lo que esa tierra me transmitió y todo lo que me dejó, para poder vivir con más intensidad y conocimiento cada pasaje de la Escritura, cada momento de la Eucaristía.
Es un país pobre, se palpa en sus calles la pobreza, las secuelas de tantos siglos de conflictos y destrucción, fruto de esa paz que no llega. Es contradictorio que en tierra de Jesús, que es igual a paz, esperanza y amor a la vez sea tierra de luchas, sangre y miseria y sin embargo allí nació Jesús. Se me viene a la mente comparar este hecho con nuestra vida, llena de luchas internas y conflictos, pero también de paz, de Fe, Esperanza y Amor, un estado en el que los hombres nos vemos a lo largo de ésta y también Jesús nace en nosotros y apuesta por nosotros como apostó por esa Tierra.
Allí conviven tres grandes religiones, el Judaísmo, el Islam y el Cristianismo, ésta última en sus diferen5tes confesiones como son los armenios, abisinios, asirios, ortodoxos, católicos…, son diferentes en sus formas pero todos ellos creen en Jesús como su Salvador.
En esta diversidad de religiones, costumbre y modo de vida, se siente un clima de misterio que no me dejó indiferente. De alguna manera, para mí fue otro de los encantos de Tierra Santa. Es una mezcla de sensaciones muy difícil de explicar, no es una ruta turística, es un encuentro con aquello que son las raíces de nuestra Fe, es la tierra elegida por Dios. No sé si cada sitio coincide realmente con el lugar donde ocurrieron los hechos, pero no me importó, pues todo el entorno habla de Él y de su Presencia.
Todos los lugares me cautivaron. Aquellos por donde transcurrió la vida de María, están llenos de encanto y de humildad. La gruta de la anunciación en Nazaret donde: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. A pesar de haber construido una Basílica en torno a ella, para mí todo se centraba en aquella pequeña y humilde cueva, una estancia que me llevó a reflexionar sobre la humildad de María, como Dios se fijó en Ella para ser Madre del más grande entre los hombres, esa humildad de la que nos habla continuamente Jesús y que al carecer de ella no dejamos que Dios actúe en nosotros. Igualmente ocurre en Belén en su nacimiento, de nuevo la gruta de la Natividad; su cuna fue un pesebre, toda su historia estuvo rodeada de sencillez y pobreza, por eso no puedo hablar de los grandes templos que son preciosos y hacen honor a Dios, sino que mi corazón se ha quedado prendado de esos lugares donde encontré la verdadera esencia de Jesús que se manifiesta en lo pequeño. Otro lugar muy bonito en torno a María fue en Ein Kareim, la Iglesia de la Visitación, donde se recuerda la visita que María le hizo a su prima Isabel y el lugar donde nació Juan Bautista. De ese lugar recuerdo unas pinturas preciosas que hacían referencia a este hecho, los colores suaves recordaban la virginidad de María y la espiritualidad de dos mujeres elegidas por Dios. Allí está el Magnificat escrito en 41 idiomas, nosotros lo cantamos, y no sé si porque el lugar era especial, o porque lo cantamos con el corazón, pero sonó precioso.
Un lugar lleno de simbolismo para el cristiano es el río Jordán, donde Jesús fue bautizado por Juan, recibió el agua y fue ungido por el Espíritu Santo.
Nosotros pudimos renovar con esas mismas aguas nuestro bautismo y sentir ahora conscientemente la bendición del Bautismo en el mismo lugar que Él.
Más tarde el desierto de Judea, el Monte de las Tentaciones donde Jesús se retiró a orar durante 40 días en los que fue tentado por el diablo en múltiples ocasiones, pero ¡Él venció! ayudado de la oración y el ayuno, sus ojos sólo estaban puestos en el Padre. Nosotros también necesitamos a veces vaciarnos de todo, experimentar el desierto para encontrarnos a nosotros mismos, para conocer cuáles son nuestras tentaciones. Quizá el miedo y la soledad nos invada como probablemente le ocurriría a Jesús, pero como Jesús, también nosotros tenemos medios para vencer todo esto: el ayuno, la oración y la caridad, ahora es el momento.
Otro día más volvimos a encontrarnos con la naturaleza que rodea a Tierra Santa, esta vez en el mar de Galilea o lago de Tiberiades, por el que pudimos pasear en una barca recordando los pasajes bíblicos donde Jesús eligió a varios de los discípulos, multiplicó los panes y los peces, y realizó otros muchos milagros. A la orilla del mar la Iglesia del Primado de Pedro donde Jesús le confió a éste la misión de “apacentar sus ovejas”, fue un día precioso, sentir la presencia de Jesús en la inmensidad del mar, y cómo “nos llama”, a cada uno por nuestro nombre, a una misión, “sólo tenemos que escucharlo”.
También pasamos por Cafarnaúm, donde vivía Pedro, y Jesús predicó e hizo milagros, uno de ellos lo realizó con la suegra de Pedro.
Cada lugar de Tierra santa tiene su importancia en la vida de Jesús, así también ocurre en Caná de Galilea, donde Jesús realizó su primer milagro. En una bodas en la que estaban como invitados Él, María y sus discípulos, faltó vino. Jesús, escuchando la petición de su madre, convirtió el agua n vino, un acto de obediencia y de servicio a los demás. Aquí los matrimonios pudimos renovar las promesas matrimoniales en una celebración muy emotiva, en la que Patricio nos habló de éste sacramento y nos recordó que nuestra unión está cimentada en el “amor a Cristo”.
Una de las Eucaristías más bellas, se produjo en el Monte de las Bienaventuranzas, enclavado en un lugar precioso con vistas al mar de Galilea, donde era sencillo serenar el espíritu recordando las Bienaventuranzas. Para mí personalmente, las palabras más sentenciadoras pero a la vez dulces que escuchamos de la boca de Jesús. Él nos da la clave de qué actitudes debemos tener en nuestra vida para alcanzar el Cielo.
Más tarde el Monte Tabor, lugar alejado y bello elegido por Jesús para su Transfiguración. En un recinto muy pequeño, dentro de la iglesia que aquí se encuentra, pudimos leer este pasaje (Lc. 9, 28-36) y decir como Pedro: ¡qué bien se está aquí, Señor! Allí, en plena naturaleza a una gran altura pude imaginar que Jesús estaba allí, hablándome en el susurro del aire, ese mismo aire que Él respiró, sobre esa tierra que Él pisó. Verdaderamente sentí paz.
La entrada de Jesús a Jerusalén con motivo de sus fiestas, nuestro Domingo de Ramos. De nuevo la humildad de Jesús, no eligió nada ostentoso para ésta, sino que le pidió a sus discípulos que desataran a un pollino que se encontraba a las afueras de la ciudad y se lo trajeran. La nobleza de este animal y la humildad de Jesús las entendieron todos los que le seguían vitoreándolo con palmas y ramas de olivo. Ejemplo para nosotros que vivimos en un mundo obsesionado por el qué dirán, la apariencia física, el éxito en todos los ámbitos de nuestra vida, ¡qué poco hemos aprendido del mensaje de Jesús!, que eligió lo pequeño, lo que otros rechazaban, lo que no da gloria de cara a los hombres, pero sí de cara a Dios.
Otra emoción muy grande fue escuchar de labios de Jorge la oración del Padrenuestro en arameo, la lengua de Jesús, fue en un lugar recogido en la Iglesia del Padre Nuestro, la oración que Jesús les enseñó a sus discípulos, y nos dejó a nosotros para dirigirnos a Dios, alabándolo, reconociéndolo Padre y como tal, pidiéndole su protección y su perdón, dejándonos llevar de su mano.
Y al fin, los días previos a su muerte. El Cenáculo, lugar donde Jesús compartió con sus discípulos la Última Cena, el pan y el vino que más tarde se convertirían en su Cuerpo y su Sangre, preludio de una muerte aceptada por Él. De aquí parte la Eucaristía, donde Patricio y Paco Roldán vivieron uno de los momentos más emotivos de la peregrinación, renovando las promesas de su ministerio, haciéndonos partícipes de su inmenso gozo. En este mismo lugar Jesús se apareció por dos veces a sus discípulos después de su Resurrección, y aquí recibieron el Espíritu Santo.
Los lugares donde transcurrió la Pasión de Jesús fueron el culmen de la peregrinación, en éstos pudimos vivir los momentos más intensos, impregnados de recogimiento, reflexión e incluso dolor. Esos lugares que hoy en día revivo y saboreo en cada consagración, en cada Eucaristía.
Ahora, en este tiempo de Pascua toma un sentido más real, recuerdo la oración en el monte de los Olivos o Getsemaní, el lugar preferido por Jesús para orar. De nuevo la soledad, el miedo, pero el abandono y la confianza en el Padre, la mansedumbre frente a aquel que lo entregó e incluso perdonó con un beso.
Después de prenderle fue llevado ante Caifás, seguido de Pedro que según había pronosticado Jesús, le negó tres veces, antes de cantar el gallo, allí la iglesia de San Pedro, donde el gallo cantó, y una escalera de piedra por donde Jesús pasó una vez prendido.
Cuántas veces decimos que amamos a Jesús y a su vez lo traicionamos como Pedro, por miedo a la opinión pública, al rechazo, sin defender su legado como personas de fe. Todo se repite y Jesús sigue amándonos como a Pedro, confiando en nosotros y en nuestra conversión.
Llegó el “Via Crucis”: Tomaron a Jesús después de ser condenado por Pilato, le colocaron una corona de espinas, lo desnudaron, le echaron encima un manto, y una caña en su mano, para burlarse de Él, de nuevo nos hace ver que su Reino no es de este mundo, el más grande en honor, se dejó humillar manteniéndose pacífico ante tanto dolor y humillación, por eso que es “el Cordero” que ante el sacrificio se mantiene sumiso a la voluntad del Padre.
Y nosotros ¿qué hacemos ante una situación así? Yo personalmente, saco mi orgullo y me rebelo, para no quedar menospreciada y no doblegar mi voluntad, y Jesús nos enseña la Humildad ¡qué poco nos acercamos a Él! Ojala que ese Via Crucis que hicimos por la Via Dolorosa, hubiese sido para todos una reflexión de nuestra vida, cómo llevamos nuestras cruces, caídas, dolor, miedo, ¿lo aceptamos a El, que siempre está ahí, como nuestro Cireneo? El que nos levanta, nos hace ligera la carga, y nuestra cruz pesa menos ayudados por los brazos de Jesús. Nosotros compartimos su cruz y Él comparte la nuestra, la suya redimiendo nuestro pecado, y la nuestra haciendo más liviano el sufrimiento que todos en algún momento hemos padecido, padecemos y padeceremos.
Llega el Calvario, es llegar al punto de partida que da sentido a la vida de Jesús, allí donde estuvo su Cruz, un escalofrío recorre todo mi ser, sentir la angustia, el miedo, la oscuridad que envolvió a este lugar, el dolor de Jesús, su agonía y su muerte, y a sus pies su madre, sin pedirle explicaciones a Dios, como al principio y siempre, diciendo: “Hágase tu voluntad”. La llena de Fe, seguidora incansable de Jesús, ante Él sin poder calmarlo en su dolor, sólo su presencia lo arropaba como cuando de niño lo acunaba en sus brazos.
Así es que Jesús quiso hacernos ver la cruz, sin reproche, aceptándola, sabiendo que de ella nos viene la salvación.
No podré olvidar aquella losa entre el Calvario y el Sepulcro, donde dicen “envolvieron el cuerpo de Jesús en vendas con una mezcla de mirra y áloe”, su perfume es incomparable, aún recuerdo lo que sentía al imaginar que ese olor impregnó el cuerpo de Jesús, por eso besé esa losa como si lo besara a Él.
Y el Santo Sepulcro, para todos un lugar de recogimiento y de paz, para que esto pudiera ser posible fuimos de madrugada para celebrar la Eucaristía más importante de nuestra peregrinación, quizá para Patricio y Paco, la más emotiva de su vida. Ya no había dolor, todo se había cumplido y Jesús descansa, y nosotros descansamos en Él.
En este lugar que tantas veces hemos imaginado y que parecía irreal poder estar allí tomó su máximo significado la comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ahí estuvo Él, durante 3 días hasta su Resurrección, que es el verdadero sentido de la Pasión, de aquí parte nuestra Fe, Jesús vence con su Resurrección y nos hace entender que nuestra vida tiene un sentido más allá de la muerte, que es posible la conversión y que Jesús es el camino para llegar al Padre.
Éste es para mí el recuerdo, la añoranza de esa Tierra que me ayudó a entender mejor las Escrituras, porque también fue la Tierra de los Profetas y de todo el Antiguo Testamento. Jesús del que todos ellos hablaron fue el último y verdadero y nosotros peregrinamos por esos lugares con la Fe y la Esperanza puesta en Él.
Desde esa peregrinación la Pascua cobró otro sentido en mi vida, la siento más viva, veo a Jesús en ese Calvario, con el sólo gran fin de hacernos creer en su Amor y su Perdón.
Me gustaría que todos los cristianos pudieran ir a Tierra de Jesús, Él está presente allí donde estamos nosotros, lo sé, pero allí su presencia es más vital. No quiero dejar de mencionar un lugar en el que contemplé la presencia de Dios vivo. Fue un orfanato llamado “La Casa de Belén”, donde niños y niñas vivían con el cariño y la caridad de personas entregadas por Dios para hacerles no sentí tan crudamente la ausencia de sus padres. Sus miradas me cautivaron, unos ojos grandes y negros que tenían en su pequeñez la profundidad y en muchos casos la tristeza de una vida dura, demasiado dura para un niño.
Pero allí estaban ellos, hombres y mujeres cristianos intentando hacer de sus vidas como si del mismo Jesús se tratara. Esto me conmovió hasta el llanto, me dolió el alma verlos ahí, me hubiese abrazado a cada uno de ellos porque en ellos estaba presente Dios, ellos si que eran reflejo de Jesús, un “Jesús vivo”.
También aquello era Tierra Santa, donde Jesús nos muestra el Camino para nuestra salvación.
Quisiera volver para vivir con más intensidad su mensaje en cada lugar, aprovecharía cada momento para observar y meditar sobre el porqué de “Tanto Amor”.
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#1 publicado por Patricio 2/may/2010 00:05
Has com partido bien la experiencia de Tierra Santa ,¿eh?.La verdad es que todavía me relamo espiritualmente cada vez que me acuerdo de la gratísima peregrinación con la Parroquia. Os animo a todos los que leáis este comentario que , en cuanto podáis, realicéis una visita a nuestras raíces más profundas. ¡Es increíble! Ya mismo organiza la Parroquia otra peregrinación a nuestra “cuna”. Id ahorrando. Un saludo
#2 publicado por Rafa 3/may/2010 12:55
Intenso viaje, intensa crónica; aunque hay casi que llamarlo epístola de Juanita.
Hace tiempo que me apetece ir, desde que me han ido contando cosas como las que escribes aquí, y poder pisar la misma tierra que el Maestro y los primeros Pescadores.
#3 publicado por Teresa Quero Lucena 4/may/2010 23:36
Querida Juani, ¡Qué bien que te guste escribir! Aunque el recuerdo de Tierra Santa vuelve a mi mente una y otra vez, ha sido estupendo “leerlo” y compartirlo, se acerca un poco más a volverlo a vivir. Los sentimientos acerca de lo que vivimos aquellos días están ahí y la emoción vuelve sóla.
Nunca daré bastante las gracias por haber podido podido vivir esta experiencia, creo que puede haber un antes y un después en la fé tras una Peregrinación a Tierra Santa. No sé si dependerá de las circunstancia con que cada uno la viva, de la aptitud que lleves cuando recorres aquellos Santos lugares, o que, simplemente, es “Tierra Santa”, pero lo cierto es que es muy grande lo que se siente y que se puede volver con el corazón muy lleno de “DIOS”. ¡Muchas Gracias!. Un abrazo.