Pon un crucifijo en tu vida

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Leía el pasado día un artículo en el periódico, en el que un vecino de Palma del Río solicitó que retirasen el crucifijo que había en la sala de curas del centro de salud de esta vecina localidad, ya que le molestaba y el S.A.S. inmediatamente ordenó su retirada, aunque desde la Consejería de Salud se han apresurado a decir que es un hecho puntual y se reconocen respetuosos ya que en muchos hospitales hay capillas que  permanecen abiertas para el rezo de todas las personas que lo deseen.  Habrá que darle las gracias a la consejería por no cerrarnos el único lugar que tenemos para refugiarnos y rezar ante nuestro Señor en esos momentos de soledad y de dolor, en días y noches sin fin en aquellas habitaciones de hospital esperando la recuperación de un ser querido, “muchas, muchas gracias por ser respetuosos.”

El crucifijo, además de ser un símbolo religioso, ha representado durante siglos un ejemplo de sacrifico y amor desinteresado; ha sido símbolo de una justicia elevada por la misericordia; ha sido consuelo de los pobres, los humildes, los sencillos y los perseguidos.

Lo que escribo ahora es parte de un artículo de Natalia Ginzburg una diputada del partido comunista de Italia:

La revolución cristiana ha cambiado el mundo. ¿Queremos acaso negar que ha cambiado el mundo? Hace ya casi dos mil años que decimos ‘antes de Cristo’ y ‘después de Cristo’. ¿O queremos acaso ahora dejar decirlo así? El crucifijo no genera ninguna discriminación. Está allí mudo y silencioso. Lo ha estado siempre. Para los católicos es un símbolo religioso. Para otros puede no ser nada, una parte de la pared. Y finalmente para alguno, para una minoría mínima, o quizá para un solo niño, puede ser algo especial, que suscita pensamientos contrapuestos. Los derechos de las minorías deben respetarse. Dicen que por un crucifijo puesto en la pared, en clase, pueden sentirse ofendidos los alumnos hebreos. ¿Por qué se van a ofender más los hebreos? ¿Es que no era Cristo un hebreo y un perseguido, y no murió martirizado, como les ha ocurrido a miles de hebreos en los campos de concentración? El crucifijo es el signo del dolor humano. La corona de espinas, los clavos, evocan sus sufrimientos. La cruz, que imaginamos alzada en la cima de un monte, es el signo de la soledad en la muerte. No conozco otros signos que expresen con tanta fuerza el sentido de nuestro destino humano. El crucifijo es parte de la historia del mundo. Para los católicos Jesucristo es el hijo de Dios. Para los no católicos puede ser simplemente la imagen de uno que fue vendido, traicionado, martirizado y muerto sobre la cruz por amor de Dios y del prójimo. Quien es ateo quita la idea de Dios pero conserva la idea del prójimo. Se dirá que muchos fueron vendidos, traicionados y martirizados por su fe, por el prójimo, por las generaciones futuras, y su imagen no está en las paredes de las escuelas. Es verdad, pero el crucifijo les representa a todos. ¿Cómo les representa a todos? Porque antes de Cristo ninguno había dicho nunca que los hombres son todos iguales y hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, hebreos y no hebreos y negros y blancos, y ninguno antes de él había dicho nunca que en el centro de nuestra existencia debemos situar la solidaridad entre los hombres. Y el ser vendidos y traicionados y martirizados y asesinados por la propia fe les puede pasar a todos. A mí me parece un bien que los muchachos, los niños, lo sepan desde los bancos de la escuela. Jesucristo ha llevado la cruz. A todos nosotros nos ha ocurrido o nos ocurre el llevar sobre las espaldas el peso de una gran desgracia. A esta desgracia le damos el nombre de cruz, aunque no seamos católicos, porque demasiado fuerte y desde hace demasiados siglos está impresa la idea de la cruz en nuestro pensamiento. Todos, católicos y laicos, llevamos o llevaremos el peso de una desgracia, derramando sangre y lágrimas y esforzándonos por no caer. Esto dice el crucifijo. Lo dice a todos, no sólo a los católicos. Algunas palabras de Cristo las pensamos siempre, y podemos ser ateos, laicos, lo que se quiera, pero vuelan siempre por nuestro pensamiento igualmente. Ha dicho: “Ama al prójimo como a ti mismo”. Eran palabras escritas ya en el Antiguo Testamento, pero se han convertido en el fundamento de la revolución cristiana. Son la llave de todo. Son lo contrario de todas las guerras. Lo contrario de los aviones que lanzan bombas sobre la gente indefensa. Lo contrario de los adulterios y también de la indiferencia que tantas veces rodea a las mujeres violadas en las calles. Se habla tanto de la paz, pero qué decir, a propósito de la paz, aparte de estas sencillas palabras. Son justo lo contrario del modo como hoy existimos y vivimos. Lo pensamos siempre, encontrando extremadamente difícil amarnos a nosotros mismos, y amar al prójimo más difícil todavía, o quizá incluso completamente imposible, incluso sintiendo que ahí está la clave de todo. El crucifijo estas palabras no las evoca, porque estamos tan habituados a ver ese pequeño signo colgado y tantas veces nos parece nada más que otra parte de la pared. Pero si se llega a pensar que Cristo ha venido a decirlas, molesta mucho que deba desaparecer de la pared ese pequeño signo. Cristo ha dicho también “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados”. ¿Cuándo y dónde serán saciados? En el cielo, dicen los creyentes. Los otros por su parte no saben ni cuándo ni dónde, pero estas palabras hacen, quién sabe por qué, sentir un hambre y sed de justicia más severos, más ardientes y más fuertes. Cristo ha expulsado a los mercaderes del templo. Si estuviese aquí hoy, no haría más que expulsar mercaderes. Para los verdaderos católicos, debe ser arduo y doloroso moverse en el catolicismo como es hoy, moverse en este potaje espumoso en que se ha convertido el catolicismo, donde política y religión están siniestramente mezcladas. Debe ser arduo y doloroso, para ellos, separar de este potaje la integridad y la sinceridad de su propia fe. Yo creo que los laicos deberían pensar mucho más en los verdaderos católicos. Simplemente para acordarse de que existen y esforzarse en reconocerlos en el potaje espumoso que es hoy el mundo católico y que ellos justamente odian. El crucifijo es parte de la historia del mundo. Los modos de mantenerlo y de no mantenerlo son, como hemos dicho, muchos. Además de los creyentes y los no creyentes, los católicos verdaderos y falsos, están también los que creen unas veces sí y otras veces no. Ellos saben bien una sola cosa, que el creer y el no creer van y vienen como las olas del mar. Tienen las ideas, en general, muy confusas e inciertas. Sufren de cosas de las que nadie sufre. Aman quizá el crucifijo y no saben por qué. Aman verlo en la pared. Algunas veces no creen en nada. Es tolerancia consentir a cada uno construir en torno a un crucifijo los más inciertos y contradictorios pensamientos.

Seamos fuertes y ahora más que nunca pongamos nuestra cruz en sitios visibles de nuestras casas, trabajo, en el ordenador establecimientos, etc., etc.,  y si alguien nos obligase a quitarlo que nos explique el motivo y además por escrito, seamos fuertes agarrémonos a la CRUZ DE CRISTO

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  1. #1 publicado por PEDRO 26/Nov/2010 22:20

    Hermoso artículo. Tenemos que dar la cara por Cristo. En mi mesa tengo un crucifijo y yo estoy atendiendo al publico y lo que cada día tengo mas claro es que de MI MESA NO SE VA.

(No será publicado)