Pregón de la Purísima Concepción por D. José Carlos Pino

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Pregón de la Purísima

Fuente Palmera, 6 de Diciembre de 2010

Permitidme que comience de una manera un tanto peculiar, pues, aunque bien podría iniciar con los saludos respectivos, en las formas acostumbradas, esto es: Rvdmos. Sres. D. Patricio Ruiz y D. Francisco Delgado, muy queridas hermanas salesianas, estimada Hna. mayor y Sres. miembros de la Junta de Gobierno de la Hdad. de la Purísima Concepción, etc, etc, me da la impresión que a todos nos parecería bastante raro esta manera de expresarme después de cuanto hemos vivido juntos. Además, como bien sabéis, nunca he sido un especialista en tema protocolario. Por eso, en el inicio del pregón de este año, concededme una licencia, la de dirigirme a todos con una breve, concisa y expresiva frase: QUERIDOS HERMANOS.

Os confieso que, aunque estoy profundamente agradecido por este detalle que habéis tenido conmigo, ya que me da la oportunidad de volver a vernos, el hecho de que me designaran como pregonero este año me puso bastante nervioso, porque, como dije, digo y diré, la oratoria no es un don que Dios me haya concedido. Bueno, exactamente no te lo dije así, Mariano, cuando me lo propusiste por primera vez, y las siguientes que me lo recordaste, por no decir obligaste, sino que más bien mis palabras fueron: “yo no sirvo para estas cosas”.

Pero en fin, consciente de mis limitaciones, hoy pongo ante vosotros unas sencillas palabras que no tienen otras intenciones que las de preparar, desde este humilde servicio, lo que en apenas dos días se vivirá en la Colonia de Fuente Palmera, encauzando el sentir litúrgico, sacramental y devocional hasta lo que la Solemnidad de la Purísima Concepción pretende ser: una gran confesión de nuestra fe, de la fe de la Iglesia, de la Fe que salva al mundo, de la belleza de una vida nueva que surge como el fruto más puro, el más dulce e inmarcesible de la actuación de Dios en la historia de la humanidad. Por eso veneramos con cariño a nuestra madre, la Virgen María, la Purísima.

Para ayudaros en esta preparación os propongo que contemplemos la imagen de nuestra titular, de aquella imagen a través de la cual hacemos presente a la Madre de Dios. Pero como sé de buena tinta que las sensibilidades en torno a las imágenes son de lo más variopintas, en primer lugar os pediría que no rechacéis esta propuesta que os hago, ya que las imágenes forman parte de la rica tradición de la Iglesia, en cuanto expresión estética de los contenidos de nuestra fe. Por eso, la mirada que hoy os sugiero arranca de un aspecto quizá más superficial, como es el artístico, pero ayudado por la fe, enraizará en el sentido más profundo del sentir y vivir cristiano. Así pues, la manera en que miraremos hoy a la Virgen terminará siendo para todos una oración.

Al contemplar esta imagen, siempre me ha venido a la memoria el texto del capítulo 12 del libro del Apocalipsis, cuando, en su primer versículo dice: “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” La Iglesia ha interpretado este texto en primer lugar reconociéndose a sí misma en la figura de esta mujer que, a lo largo de todo el capítulo, es perseguida constantemente por el gran Dragón, la serpiente antigua, también llamado el Diablo y Satanás. Asimismo ha visto también reflejada en ella a la madre de Jesús, ya que la Virgen es imagen y figura de la Iglesia. Así pues, María nos ha sido dada como una señal, como un signo a través del cual nosotros, como Iglesia, podamos descubrir no solamente los peligros que nos rodean, sino, sobre todo, lo que estamos llamados a ser. Lo que ha vivido ella es indicativo de lo que Dios quiere hacer en nosotros. De ahí que todo lo que diremos a continuación de ella, lo decimos especialmente para nosotros.

Por eso, uno de los primeros elementos artísticos que llaman la atención de esta imagen es su porte: María está de pie, en una posición esbelta, aunque no rígida ni forzada. El estar de pie siempre ha sido vinculado en la Escritura en primer lugar al no caer en el pecado, como señal de fortaleza. Por eso, aunque es Cristo quien ha vencido al Diablo (la descendencia de la mujer le pisará la cabeza, que relata el Génesis), también vemos cómo a los pies de la virgen aparece la serpiente, porque también María tiene dominio sobre el pecado, de ahí el sentido profundo de la celebración del día 8: ella ha sido concebida sin mancha de pecado original, y tampoco ha cometido ningún pecado. El que María haya vencido también al pecado ha sido en virtud de los méritos de la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo, como también nosotros, gracias a este misterio del amor de Dios, y unidos a Él, podemos vencer toda tentación, triunfar sobre la serpiente. Pero para esto es necesario estar cimentados sobre Cristo, sobre la piedra angular. Para que comprendamos la necesidad de esta vinculación con Él (“sin mí no podéis hacer nada”, relata el evangelio de San Juan), María aparece sobre un pedestal que, aunque en primer lugar tiene forma como de nubes, también puede ser considerado como una roca, como una piedra (“El que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca”, se nos ha proclamado en la liturgia en los días pasados).

Por eso, en este tiempo de adviento, también podemos relacionar el estar en pie de esta imagen con la actitud de espera en la venida del Señor, el estado de vigilancia en el que nuestra atención está exclusivamente dirigida hacia el cielo: fijos los ojos en Jesús, autor de nuestra salvación, o como hemos escuchado hace pocos días en la liturgia: “levantaos, se acerca vuestra liberación”. Además, el porte esbelto de esta efigie nos recuerda la dignidad a la que hemos sido llamados, pues somos hijos de Dios, para eso vino Cristo, para devolvernos la dignidad perdida por el pecado, dignidad que todos recibimos por medio del Bautismo, y que constantemente podemos acrecentar con la vivencia plena de la vida cristiana mediante la fe, la esperanza y la caridad. Y esto ha de suceder en nuestra vida, el ejercicio de las tres virtudes antes mencionadas, como un auténtico regalo, un don de Dios, es decir, no como algo que brota de mi persona, debido a mis capacidades, a mi intelecto o a mi voluntad, sino como una auténtica gracia recibida de Dios, que además no fuerza mi ser, ni es para mí algo recio, duro, difícil, sino todo lo contrario, brota naturalmente, con gracilidad, con soltura, como la postura que observan nuestros ojos en esta imagen.

Es digna de mención la dulzura, la ternura en la expresión del rostro de la Virgen. En este punto he de hacer un pequeño inciso, agradeciendo a aquellos que han favorecido mediante el trabajo de restauración las facciones de esta imagen, recuperando algunos de los signos propios de la imaginería mariana. Bien, como decía, la cara de la Virgen siempre refleja un cierto atisbo de juventud, juventud que trae a colación aquellas palabras de San Pablo cuando dice: “estamos siempre llenos de buen ánimo”, porque ésa ha de ser la actitud, el modus vivendi de aquellos que han conocido a Dios. Por eso el semblante casi adolescente de María hace presente la inocencia y la pureza propias de quien ha nacido de nuevo para la vida eterna, dejando atrás al hombre viejo, con sus concupiscencias, para ser regenerados por Dios. Éste es el sentido más profundo de la belleza de la fisonomía del rostro de la Virgen.

Otro de los aspectos a considerar son sus manos, unidas en alto, en actitud de humilde servicio, conteniendo en ellas una plegaria constante, actualizando incesantemente las palabras que salieron de sus labios ante la presencia del ángel, como narra San Lucas en su Evangelio, trascendentales palabras que escucharemos en la eucaristía de pasado mañana: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Esas manos parecen recordarnos de manera perpetua la acuciante necesidad de la oración, inculcándonos con cariño la misma recomendación que hiciera San Pablo en numerosas ocasiones (“orad constantemente”), o la misma actitud que tuvo Cristo, según recoge San Lucas: “Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre y sin desfallecer”.

La oración. Como uno de los pilares importantes de la vida cristiana, como el medio por el cual nuestra vida se entrega a Dios y recibe de él las gracias necesarias y oportunas, como acto supremo de confianza en Dios. Pensad que, por ejemplo, en las celebraciones litúrgicas, la postura de las manos de todo ministro debería ser esta misma, dado que expresan de un modo visual una manera de ser. Así pues, María nos enseña a todos a tener esa actitud existencial de servicio, de entrega a Dios y a los hermanos, pues para eso hemos sido creados (“En todo amar y servir”, que decía San Ignacio de Loyola). Sus manos son signo también de docilidad a Dios, de entrega total a la voluntad de Dios, de entrega absoluta de su propia voluntad a Dios, acto en el cual se concentra la esencia de la libertad humana. Que nadie os engañe: somos más libres cuanto más entregados estamos a Dios, y, por lo tanto, somos menos libres, esto es, más esclavos, cuanto más nos reservamos, cuando dejamos de mirarle a Él y nos centramos única y exclusivamente en nosotros mismos. Cristo es la Verdad, y “la verdad os hará libres”.

No han de pasar desapercibidas a nuestra consideración las vestiduras de la Virgen. Ropajes sencillos, por un lado, puesto que únicamente hablamos de dos piezas: una túnica y un manto.

Y digo sencillos por varios motivos: en primer lugar porque hablan ellos solos de la forma de ser de María: sencilla, humilde, pequeña; virtudes éstas indispensables en la vida del cristiano, importantes al máximo, si me permitís que así lo exprese, y no lo digo como un consejo o reflexión mía, sino apoyado en el mismo Señor, cuando dice: “si no os hacéis pequeños…, no entraréis en el Reino de los Cielos”, es más, ella misma, la Virgen, en el momento que fue recibida por su prima Isabel, ante su saludo, las primeras palabras que en el cántico entona y que nosotros tantas veces hemos rezado confirman con firmeza lo que os estoy diciendo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”, o la pequeñez de su sierva, como traducen otros.

En segundo lugar, sigo hablando de la sencillez de las vestiduras de María, hago presente esta cualidad porque si las comparamos con la manera de vestir tanto de aquel tiempo, como de cualquier otro, y nos bastaría observar cualquier pintura alusiva a personajes importantes de la antigüedad, o en nuestros días, si queréis, observándonos a nosotros mismos; pues como decía, si comparásemos las piezas, complementos y demás adornos de nuestro estilo de vestir, nos daremos cuenta de la disparidad entre ambas figuras. Incluso salvando la distancias temporal y cultural, siempre encontraremos mucha más complejidad en cualquier otra manera de engalanarse. Y utilizo este término, engalanarse, porque es el mismo que emplea San Juan en el Apocalipsis, cuando, en los versículos 2 y 3 del capítulo 21 describe cómo será la Iglesia, cómo será su pueblo cuando todo sea recapitulado en Cristo: “Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios-con-ellos, será su Dios”.

Es precioso cómo aparecen aquí numerosos términos que se cumplen a la perfección en María, y que explican de manera singular la razón de ser de esta imagen que en esta noche estamos contemplando. La Purísima, imagen de la santidad en la que todos somos llamados a vivir, figura de la nueva creación obrada por Cristo; además, que desciende del cielo, como la mujer del Apocalipsis, esta gran señal que aparece en el cielo. Además, en María se encarna maravillosamente lo que dice la segunda parte de estos versículos, pues ella es la morada de Dios con los hombres, como bellamente han hecho referencia muchos Santos Padres respecto de su maternidad divina, el lugar donde Dios mismo, Cristo, quiso residir para habitar entre nosotros. Ella fue la tienda donde Dios puso su morada, el sitio donde Dios se hizo Emmanuel, esto es, Dios-con-nosotros.

Además, ella ha sido engalanada, como dije antes, como una novia que se adorna para su esposo, de ahí que la tradición de la Iglesia ha llenado de sencillos y profundos detalles la imagen de la Virgen, haciendo presentes todos los “adornos” con los que Dios ha embellecido a la madre de su Hijo. Por eso, en primer lugar María ha sido revestida de blanco, como observamos en la túnica que cubre por entero su cuerpo, señal de pureza, índice claro de su virginidad, figura del Bautismo que nos hace ser como “niños en brazos de su madre”, inocentes en manos de la Iglesia. Túnica blanca que expresa la ausencia de toda mancha de pecado, tanto en su concepción, por una gracia singular (sin pecado concebida, que decimos los cristianos), como exenta de pecado también a lo largo de su vida, fruto de su total entrega a Dios y de la acción del Espíritu Santo.

Ojo, porque muchas veces me habéis podido escuchar una frase que me gusta de manera especial, tened por seguro que no es mía, pero nunca me acuerdo de donde la escuché o de quién la leí, y que me causó siempre mucha impresión y alegría, por la profunda verdad que encierra: El Espíritu Santo, que preservó a María de todo pecado, es el mismo que nos ayuda a nosotros a combatir nuestros propios pecados; la gracia que María recibió antes de su nacimiento, santificándola, es la misma que nosotros recibimos de Dios en el Bautismo. Por lo tanto, hermanos, tomémonos en serio nuestra vida cristiana, pues no es ningún juego, tomemos en serio la vestidura blanca que recibimos el día en que fuimos bautizados, y preocupémonos por mantenerla inmaculada, esto es, sin mancha.

La Virgen, además, como podemos observar, ha sido ataviada, como nos recuerda San Juan, esto es, embellecida, adornada, con un manto, que en su parte exterior vemos de color azul, haciendo presente el cielo, la eternidad, recordándonos de esta forma que ella es la Reina del Cielo, como rezamos en las letanías del Santo Rosario, y contemplamos en el quinto de los Misterios Gloriosos, y que , elevada en cuerpo y alma a la presencia del Dios Altísimo (cuarto Misterio), goza en plenitud de la Bienaventuranza eterna, vive contemplando eternamente la Gloria de Dios, vive eternamente intercediendo por nosotros, como buena madre, auxiliándonos en nuestra vida con las ayudas del cielo. Además, este manto deja entrever en su interior el color rojo, que la tradición iconográfica siempre ha atribuido a Santa María en señal de su maternidad divina, el misterio de la “Theotokos”, su ser madre de Dios. Al mismo tiempo, la conjunción de ambos colores hace presente que María es la Toda Santa, porque está llena del Espíritu Santo, o como estamos más acostumbrados a decir en nuestra cotidiana oración del Ave María: llena eres de gracia. Añadido a todo lo anterior, el mismo elemento del manto que la envuelve es signo del haber sido revestida de Cristo, como dice San Pablo en el capítulo 13, versículo 14, de la carta a los Romanos: “Revestíos más bien del Señor Jesucristo…”, exhortándonos a todos a despojarnos del hombre viejo, y a recibir a nuestro Señor, dejándonos transformar por Él.

Como veis, la tradición cristiana siempre ha sido prolífica en la expresión de su fe, cuidando al máximo hasta el mínimo detalle de cada pintura, de cada escultura, de manera que hasta nosotros ha llegado un rico legado que nos toca conservar.

Por eso, aprovechando la ocasión que se me presenta, insto no solamente a la Junta de Gobierno de la Purísima, ni siquiera a la Hermandad en sí, sino a todos los que me escucháis en esta noche, a recuperar uno de los signos más bellos que acompañan siempre a la imagen de la Purísima, que de seguro que muchos de vosotros echáis en falta (¿verdad, Patricio?), sobre todo los que habéis rezado ante la antigua imagen que existió en Fuente Palmera, o los que, viendo las fotografías que se han conservado de ella u otras similares respecto de esta advocación, notáis la carencia. Sí, Patricio (sé muy bien por qué digo esto: el que tenga oídos para oír, que oiga), estoy hablando de la media luna, del signo de la luna creciente, que más allá de las interpretaciones histórico-religiosas, que no voy a entrar en ellas, ha sido siempre considerada, bellísimo detalle, como una evocación a la castidad, que tanto bien hace a aquellos que, en los distintos estados de vida a los que son llamados por Dios, viven esta virtud, pues da plenitud a nuestra manera de amar, transformándola en el mismo amor de Dios por todos los hombres.

Por último, traigo en este momento a colación un detalle que se aprecia en todo el conjunto: el color dorado que transluce por todo el conjunto de la imagen. En primer lugar, deciros que es signo de una visión sobrenatural, porque lo que contemplan nuestros ojos, la Purísima Concepción, el misterio de la persona de la Virgen María, es una obra de Dios. Por tanto, ella, que en el momento de su concepción ha sido colmada del Espíritu Santo, la misma que ha recibido en su seno al Hijo y que está en el cielo en la presencia del Padre, aparece hoy ante nosotros reluciente, brillante de esplendor, mostrándonos la hermosura de la acción divina en la vida de cada persona, como queriéndonos cautivar para que nos dejemos seducir por Dios y se pueda reproducir en nosotros lo que contemplamos en ella: la perfección de los hijos de Dios.

Permitidme que concluya con una de las oraciones marianas que más me gustan, dado que es una de las más antiguas que conservamos, y expresa muy bien el cariño y la confianza que los cristianos han tenido desde siempre en María:

Sub tuum praesidíum confúgimus

sancta Dei Genetrix;

nostras deprecatiónes ne despícias in necessitátibus;

sed a perículis cunctis líbera nos semper,

Virgo gloriósa et benedícta.

(Bajo tu protección nos acogemos,

Santa Madre de Dios;

no deseches las súplicas

que te dirigimos en nuestras necesidades;

antes bien, líbranos siempre de todo peligro,

oh Virgen gloriosa y bendita.)

Seguramente alguno me va a decir: se me han olvidado los ángeles. Mi respuesta es muy sencilla: no os preocupéis, porque a ésos los vais a escuchar en esta misma iglesia, allí arriba, en el coro, el próximo día 8, cantándole con todo el cariño del corazón a su madre.

Muchas gracias, buenas noches.

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