Pregón Purísima Concepción 2012

por

Presentación, a cargo de D. Jesús Linares, del Rvdo. Sr. D. Agustín Alonso Asencio, pregonero de la Purísima Concepción 2012 de Fuente Palmera.

Alabada sea la Purísima Concepción de María Santísima concebida sin mancha de pecado original, por los siglos de los siglos. Amén.

DSCF5012Rvedo. Sr. D. Patricio Ruiz Barbancho

Rvdo. Sr. D. Carlos Sanz Hernández

Junta de Gobierno de esta Hermandad de la Purísima

Junta de Gobierno del resto de Hermandades

Señoras y Señores, queridos hermanos y feligreses de esta Colonia de Fuente Palmera:

 Hace unos días, recibía un mensaje en el teléfono que me decía: “tengo una propuesta para ti, mañana te llamo”. El mensaje era de Patricio. La propuesta era la siguiente: “¿A ti te importaría ser el presentador de Agustín en el pregón de la Purísima 2012?”

Al principio me impresionó y me quedé un poco desconcertado, porque como ustedes comprenderán no es que uno dedique su tiempo a hacer presentaciones de pregoneros, pero tratándose de este pregonero no me lo pensé y contesté que sí, es más, le dije que me hacía mucha ilusión y que lo haría con mucho cariño.

Y aquí me tenéis, “presentador sin experiencia”, pero muy contento de haber podido asistir en esta noche a esta Parroquia, tan querida para mí desde hace mucho tiempo, a la que me unen lazos muy fuertes de amistad incluso desde la infancia.

Tengo el gusto de presentar en esta noche al Rvdo. Sr. D. Agustín Alonso Asencio, nacido en La Línea de la Concepción (Cádiz) el 4 de noviembre de 1960 y ordenado sacerdote el 21 de junio de 2008 en la Santa Iglesia Catedral de Córdoba de manos del Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan José Asenjo Pelegrina.

Sus primeros destinos como sacerdote fueron la Parroquia de S. Pedro Apóstol de Villaralto y la Parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación de Santa Eufemia, en las que has estado casi cinco años guiándonos en la fe como un buen padre y pastos. Digo “guiándonos” porque una de estas parroquias es precisamente la mía, de donde yo procedo y en la que fui bautizado y como yo, también vuestro cura, Patricio. Ambos, hemos tenido la gracia de tenerte como párroco, querido Agustín, y además de cómo párroco también como un gran amigo. Por esto, no podía negarme a presentarte esta noche como pregonero oficial de la Purísima en esta Colonia.

Agustín es el menor de cinco hermanos, entre los cuales se encuentra su hermana Francis, que como ella misma me dijo por teléfono, cuando la llamé para que me facilitara algunos datos con respecto a esta presentación, con ese humor que os caracteriza a los gaditanos, es la reina de la casa.

Hijo de Clemente Alonso y Petra Asensio, unos padres trabajadores y sencillos que le inculcaron lo mejor que supieron darle, entre otras cosas su excelente educación, y como no, la fe, que le fue dada al poco de nacer cuando era bautizado en la Parroquia de S. Pedro de la Línea.

En esta Parroquia hizo de monaguillo en muchas ocasiones ayudando en el Altar a su párroco –que Dios tenga en su santa gloria- Don José Luis, tan querido para él. Ciertamente por que he oído de tus labios, Agustín, este hombre debió ser todo un ejemplo de sacerdote entregado y fervoroso. A su vida y ejemplo, quizás debas mucho el ser el cura que eres hoy día.

Desde muy pronto sintió dentro de su corazón la llamada de Dios para una vida más entregada. Esta llamada la fue llevando en silencio y en oración, guardada como “un tesoro en vasija de barro”. Parecía que ahí se iba a quedar todo, sin embargo a los 22 años y nada más volver de la mili, decidió entrar en vida religiosa, entrando a formar parte de la Congregación de los Hermanos de la Cruz Blanca. A partir de ese momento sería para todos el Hermano Agustín.

Pero el Señor, como siempre, no deja de sorprendernos y como “sus caminos no son nuestros caminos”, todavía tenía reservado para él una llamada más. Ahora la llamada era al sacerdocio, ¡casi nada! Y siguiendo sus pasos se trasladó al Seminario de S. Pelagio, donde estudió la Teología y se formó hasta el día de su ordenación.

Actualmente es el párroco del Salvador de Peñarroya. Pues con él os dejo, con este sacerdote, gran amigo y confidente, enamorado de Dios y de su Madre Bendita, que siempre tuvo en sus manos a Cristo, primero en los pobres y enfermos, y ahora lo tiene cuando lo consagra en la Eucaristía.

Sin más dilación os dejo con él, queridos hermanos, con D. Agustín Alonso Asensio, para que en esta noche –como dijera S. Alfonso de Ligorio- nos cante las glorias de María.


Pregón de la Purísima Concepción

6 de diciembre de 2012

Fuente Palmera

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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles.

Salve Raíz, Salve Puerta, que dio paso a nuestra Luz.

Alégrate Virgen Gloriosa, entre todas las más Bella.

Salve, oh Hermosa Doncella, ruega a Cristo por nosotros.

Mi primer saludo para ti, Madre, que velas por nosotros y que, guiados por tu Mano, eres seguro Refugio y el Camino que nos conduce hasta el Corazón de tu Hijo.

Saludo a mis hermanos sacerdotes, Don Patricio y Don Carlos, a la Hermana Mayor, Junta de Gobierno y Hermanos que formáis la Hermandad de la Purísima Concepción de Fuente Palmera y a todos lo que estáis aquí presentes para oír este Pregón en Honor de la Santísima Virgen María.

Hablar de la Virgen María es fácil y a la vez casi imposible. Es algo silencioso e íntimo de los hijos y, hablar de una madre, siempre resulta complicado ya que hay sentimientos, certezas que no se pueden explicar con palabras; se convierten en misterio que se siente. Porque cuando María se hace presente hay una clamorosa y profunda presencia de Dios que lo invade todo. Si Dios es un misterio desconcertante e inalcanzable, es Ella la que lo hace cercano y posible. Y esto siempre nos deja mudos.

La Virgen, que experimentó el caminar de la fe, nos abre camino. Ella que supo creer, que supo confiar y entregarse a Dios, se ha convertido para todos los cristianos, en la brújula que siempre señala a Cristo, para poder caminar en su presencia, algo que compromete toda la vida de la persona, influyendo en la vida de los demás. Por eso antes de ser la Señora nuestra, fue Señora de sí misma (I. Larrañaga).

De ahí que María fue “dotada por Dios con dones a la medida de su misión importante”. Por esta razón, para que ella pudiese dar libremente su sí por su fe ante la oferta de la vocación a la que era llamada, era preciso que estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios. (CEC).

La Iglesia sostiene que María, a diferencia de todos los seres humanos, no fue alcanzada por el pecado original, sino que desde el instante de su concepción, estuvo libre de todo pecado, y aún más, de toda inclinación por la consecuencia del mismo, que como descendientes de Adán y Eva, todos padecemos. De ahí que Ella es la “llena de gracia” como la saludó el ángel.

Para Dios era mejor que su Madre fuese Purísima, es decir, sin mancha de pecado original. Él podía hacer que su Madre naciese Inmaculada. Por lo tanto, ya que Dios cuando sabe que algo es mejor, lo hace.

Vivimos en un mundo para el que Dios no existe y lo sobrenatural es algo extraño a la vida del ser humano. La exaltación de lo natural, la afirmación de la mayoría de edad del hombre, la independencia de ley divina, condenan a la persona humana a la oscuridad y la desvían de su destino final: la unión con Dios.

Por tanto, el Dogma de la Purísima Concepción es la cura a un mundo herido en lo más profundo de su ser, poniendo un firme cimiento para consolidar la certeza de la primacía de la Gracia y la obra de la Providencia de Dios en la vida del hombre.

Había en tiempos de María, mujeres de una grandeza fuera de lo normal. Pero Dios no quiso buscar a una madre entre los grandes del mundo, sino entre los más pequeños. No puso Dios su mirada en las matronas romanas; no se fijó el Señor en la sabiduría de los griegos, ni quiso escoger a una mujer entre los poderosos y ricos de la tierra. Dios siempre va más allá de lo que nuestro pobre entendimiento limitado pretende saber.

Si para su Hijo quiso una criatura limpia de toda mancha, también la quiso con un corazón libre de pretensiones humanas. Una que no vistiese con amplios y ricos vestidos y se confiara en la pompa y grandeza de los palacios; sino una que conociese lo que significa pisar el polvo de la tierra y empaparse del olor, del calor y del sabor de lo humano. Porque es ahí donde Dios sí se revela; es ahí donde Dios se hace presente; es ahí donde Dios si quiso hacerse carne y sangre para compartir nuestra vida.

Por esta razón, Dios la engalanó con todas las gracias y se fijó en la humildad de su sierva. Dios se enamoró de María, que con su corazón vacío y pequeño, pudo contener la inmensidad de Dios y concebir lo imposible.

Que consuelo para los que no somos nadie. Que alegría para los que somos pobres y débiles. Si con ella hizo todo esto, ¿qué no podrá hacer con nosotros si imitamos el Corazón humilde de esta Nazarena? Ya lo dijo el Señor, que los que creemos en él, sólo por la fe, haremos cosas mayores.

María por la obediencia de la fe pronuncia su “hágase en mí” segura de que Dios lo puede todo, llegando a ser Madre de Jesús, y aceptando de todo corazón la voluntad divina de la salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a si misma por entero a la obra de su Hijo, para servir por su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Salvación (LG56). El nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe, lo desató la Virgen María por su fe. La muerte vino por Eva, la vida nos vino por María. De ahí que es llamada justamente, “madre de los vivientes” “maestra de la fe”.

El Concilio Vaticano II afirma de María: “La iglesia en la Santísima Virgen llegó a la perfección sin mancha ni arruga. En cambio los creyentes se esfuerzan todavía por vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María, que resplandece ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de todas las virtudes (…) con razón la Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo (…) La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva”, (LG nº65).

En la vida del hombre la presencia de una madre es fundamental. Nuestra primera sonrisa ha sido para ella. Nuestro primera amor, casi instintivo y profundo, ha sido para ella. El rechazo de una madre para su hijo es algo tremendo para nosotros, ya que se produce una ruptura en el corazón del hombre. Esto es lo que impide que podamos echar raíces y establecer una estabilidad verdadera. De ahí que ante una dificultad, cuando se levanta la tempestad en la vida, somos como esos árboles que por fata de raíces son arrancados por el huracán.

Es la Maternidad de María la que nos permite arraigarnos en el misterio del amor divito y que tome posesión de todos nuestro ser. María es mi Madre, es la que me ayuda a echar raíces en Cristo y la que me protege en la tempestad.

Este Misterio de la Maternidad de María se realiza siempre en la Cruz. Es ahí donde Ella, mirando a su Hijo y recibiendo a Juan, nos dio a luz con el dolor de ver a Jesús crucificado. Por eso cuando vivimos los mayores sufrimientos, en esta caminar por el Valle de Lágrimas, resuena en nosotros las palabras del Señor: “ahí tienes a tu Madre” y si el dolor siempre nos hace pequeños, es cuando este misterio de la Maternidad de María es vivido con toda su fuerza.

Si Nuestra Madre es Purísima, hemos de pedirle que también nosotros vivamos ese hecho grandioso que transformó su vida: “estar envueltos, como Ella, en la misericordia de Dios”, alejando de nosotros todo aquello que pueda empañar la pureza de nuestro corazón. Ha de resonar entonces en nosotros sus palabras en la Bodas de Caná: “haced lo que el os diga”, para que Jesús pueda transformar el agua de nuestra vida en vino generoso que se entrega.

A María se le ha confiado esta misión excepcional. Debemos reconocer la singularidad de su vocación y alegrarnos con ella. Pero a través de la misma, podemos descubrir las características generales de toda vocación venida de Dios:

      María es Hija de Dios: la kecharitomene – La Llena de Gracia – redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo (LG 53) y que forma parte de la Iglesia como miembro excelso siendo para todos Auxilio de los Cristianos, Puerta del Cielo, Arca de la Alianza, Refugio de los pecadores, Reina de los que viven su fe.

      María es Virgen: porque su virginidad es signo de su fe no adulterada por duda alguna. La liturgia celebra a María como la Aiparthernos – la siempre virgen, antes, durante y después del parto. Inaugurando un nuevo tiempo donde la fecundidad de los redimidos trasciende la carne y la sangre, donde Ella es la plenitud del discípulo en el seguimiento de Jesús. Por eso la proclamamos Virgen digna de veneración, Virgen poderosa, Virgen fiel, Virgen clemente, Reina de las vírgenes.

      María es Esposa: la Panagia – la toda Santa – que vive en la comunidad de vida y amor del hombre y la mujer querida por Dios, con un amor virginal de dos corazones, plenificados por Dios que se unen misteriosamente en Jesús. Así la familia cristiana proclama con toda la fuerza, el Reino de Dios y la esperanza en la vida eterna (LG). Ella es para nosotros Causa de nuestra alegría, Torre de David, Casa de oro, Reina de la familia.

      María es Madre: la Teothokos – la madre de Dios – porque Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en su seno virginal, ya que él es el nuevo Adán que inaugura la nueva y ella la nueva Eva que sigue con atención la misión de su Hijo, comprometiéndose con él en su obra de salvación. Todos la aclamamos como Madre de la divina Gracia, Madre de la Iglesia, Madre del Buen Consejo, Madre del Salvador, Reina de todos los Santos.

Esto es una parte de lo que nos habla la Sagrada Escritura, los Santos Padres, la teología y el sentir del pueblo cristiano. Mis conocimientos de toda esta materia son pobres. Quizás, como ya dije, no sea el más indicado para proclamar este Pregón. De ahí que, sostenido por lo que nos dice y siente la Madre Iglesia, me permitáis os hable desde el corazón.

Dios te salve María

Que desde el día de mi bautismo en tu fiesta de la Visitación, me has acompañado siempre en el camino de la Vida.

Llena eres de gracia.

Que aprendí a pronunciar tu nombre por esa otra madre de la tierra que me enseñó a mirarte como mi Madre del Cielo.

El Señor está contigo.

Que has sido en todo momento mi refugio y consuelo, descubriéndonos el rostro bendito de tu Hijo.

Bendita tu eres entre todas la mujeres.

Que has llenado mi existencia de pequeños milagros, amasando con mis debilidades, las gracias que has ido derramando sin dejar nunca de oír una de mis oraciones.

Y bendito es el fruto de tu vientre.

Que siempre te has quedado en segundo plano para que resplandezca en mi vida el rostro bendito de Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores.

Así te ha reconocido la Iglesia y los santos. He experimentado cómo tú has encendido en mí la esperanza de la misericordia divina. Eres mi refugio, porque aún caído en el pecado, puedo invocarte, y recibir esperanzado el perdón de Dios.

Ahora y en la hora de nuestra muerte.

Dejándome conducir por ti, Madre, con tu favor, llegaré a buen puerto.

Ella es para mí todo. Ella es para nosotros, los hijos de Dios, todo. Ella nos muestra lo que podemos llegar a ser con el sólo hecho de dejarnos transformar por la gracia de Dios.

Por eso hoy, Madre, tengo el Honor, el Privilegio de, junto a tus hijos de Fuente Palmera, decirte con todo el corazón:

Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti.

Que así sea.

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