Ser cofrade hoy

por

Fuente Palmera, 13 de Marzo del 2009

Buenas noches y bienvenidos:

Srs. Párrocos, D. Patricio y D. José Carlos, D. Francisco nuevo Sacerdote, Hermanos Mayores y representantes de las hermandades y cofradías de Fuente Palmera y su Colonia, Hermanas Salesianas y hermanos y amigos todos.

Es muy grato  y satisfactorio para mi, poder abrir los actos de mi hermandad ya no como Hermano Mayor sino como cofrade, no sé si me meteré en un berenjenal, pero esto que me he propuesto posiblemente llegue a todos esas personas que no se sienten cofrades y a aquellos que dicen que son cofrades, porque de una manera u otra todos estamos en la misma casa y esa es mi intención.-

Su autor Joseba Rodríguez Lizárraga, Hermano Mayor de la Virgen de Begoña-Bilbao y fue pronunciada en el VII encuentro de Cofradías y Hermandades de la Diócesis de Burgos y un servidor ha hecho algunos retoques para adaptarla a nosotros.

“SER COFRADE HOY”

PONENTE: MANUEL JESUS ADAME MORO

AUTOR: Joseba Rodríguez Luzarraga

Conferencia Pronunciada en el VII Encuentro de Cofradías y Hermandades de la Diócesis de Burgos

Cuántas veces nos hemos preguntado:          ¿Por qué soy cofrade?       Seguramente, cada uno de los que estamos hoy aquí daríamos una respuesta diferente.

¿Verdad que podemos acordarnos con claridad, como si fuera hoy, de la primera vez que vimos una Cofradía en la calle? ¡Que tendría aquello que se nos metió entre las venas, y nos hizo vibrar con fuerza, y nos llevó a obligar a nuestros padres, porque éramos aún pequeños, a que al día siguiente estuviéramos los primeros para ver la procesión o ir por la mañana a la iglesia a ver montar los pasos!

¡Qué tendría aquello que nos mantuvo uno y otro día tarareando las marchas procesionales, en Navidad y en verano, o que nos llevó a dibujar capirotes en las esquinas de los cuadernos! Qué tendría aquello que nos hizo gritar por dentro:       ¡Yo quiero ser cofrade!

Probablemente, no caímos en la cuenta de lo que significaba todo aquello. Nadie nos había dado una catequesis sobre lo que significaba ser cofrade, pero aquella procesión, aquellos momentos en la iglesia, nos atrajo hacia sí con la fuerza de un imán y así, sin pensarlo demasiado, nos hicimos cofrades y decidimos acompañar  a nuestro Cristo o a Nuestra Virgen.

Y ahora, en la mayoría de los casos, vemos cómo nuestra familia siente con nosotros la Cofradía y nos apoya, aunque siempre habrá alguno que diga: “lo que hay que aguantar”. Por ello estamos aquí hoy,  para estar entre cofrades, en Hermandad, viviendo los acontecimientos que se acercan con los nervios de unos novios el día de su boda, preocupados de que nada falle, ni el tiempo, ni las flores, ni los músicos, ni los cofrades.

La verdad es que hay muchos que no sabríamos explicar por qué somos cofrades. Sin embargo, deseamos serlo con todas nuestras fuerzas y empleamos en ello un tiempo que jamás hubiéramos creído tener y, menos aún, que lo regalaríamos tan generosamente a los demás. Así, los que llevamos muchos años recorriendo caminos cofrades descubrimos a lo largo del tiempo que cada vez son más las razones que nos empujan a ser Cofrade.

Sí, son muchos los que nos acusan a los cofrades de protagonizar un Cristianismo de baja intensidad, porque creen, erróneamente, que nuestra práctica cristiana se limita a nuestra participación en las procesiones.

También es cierto y verdad que muchos hemos podido dar motivo para ello.

Ciertamente, parece que es más comprometida la labor de aquellos que se entregan en cuerpo y alma a la difusión del mensaje redentor de Cristo durante todo el año, dedicándose con intensidad a las mil labores de la comunidad parroquial, a la atención a los mayores, a la liturgia, o a los jóvenes y la catequesis, pero todo ello por mi propia experiencia puede y debe ir completamente ligado con la hermandad.

También es verdad que en el mundo de las Cofradías existen multitud de cofrades que no son precisamente practicantes, que son gente buena, a la que esto les gusta, les atrae, pero que, de hecho, son reticentes a la práctica cristiana.

Sin embargo, ello no es razón para decir que nuestras Cofradías no valen o no sirven para nada, o que son instituciones mediavales y, por lo tanto, caducas para la misión del cristiano de hoy. Por el contrario, ese hecho ha de ser un aliciente para nosotros, para hacernos descubrir que el primer apostolado de las cofradías, la primera misión del Cofrade está precisamente en su propia Hermandad.

Si preguntáramos: “¿hay que ser cofrades todo el año?”, todos contestarían con un sí más que rotundo. Efectivamente, cada vez son menos los que piensan que las Cofradías han de ceñirse a la organización de procesiones y cada vez son más los que, bien sea con la convivencia en las Casas de Hermandad, bien sea mediante celebraciones litúrgicas, bien sea a lo largo de excursiones y convivencias, reconocen que las Cofradías les infunden vida y mantienen vivo su espíritu cofrade durante todo el año.

Paradójicamente, se nota en muchos cofrades una mayor práctica cristiana formal. Este hecho debe ser motivo de reflexión y ayudar a advertir, donde haga falta, que para muchos de esos “menos practicantes” la Cofradía es el único hilo que les une a la familia de la Iglesia. De esta forma, el cofrade también ocupa su lugar en la Iglesia. Aunque fuese en el más bajo escalón del edificio eclesial, “el cofrade es Iglesia”.

Como ya he dicho, a mi parecer, la primera misión la encuentra hoy el cofrade en su propia Cofradía, con sus hermanos en Cristo. Del mismo modo que las Cofradías conmueven a tantas personas en las calles, es nuestra primera labor conmover y orientar a nuestros propios cofrades.              El cofrade en su Hermandad ha de encontrar sitio para conocer mejor a Jesucristo y a su Santísima Madre, María.

Así, en nuestras cofradías tenemos que aprovechar las aportaciones de aquellos cofrades más practicantes, que provienen de entornos familiares o sociales donde se lee y se practica el Evangelio. Hoy llegan a las Cofradías cristianos procedentes de las más variadas espiritualidades y movimientos, atraídos por el empuje cofrade y ciertamente, observamos cómo nos dan contenido espiritual, cómo entre todos vamos descubriendo mejor a Cristo y su Evangelio, dando a nuestras Cofradías aires nuevos y mayor “pureza” y significado.

Estos cofrades, vamos a decir entre comillas “más formados”, conviven en la Hermandad con otros, más atraídos por el singular atractivo de los pasos engalanados y de la música procesional, o por la moda de las procesiones, o por la amistad con otros cofrades, o por la tradición, o por la familia.

Los hay incluso que se sienten hechizados, traspuestos bajo el influjo benéfico de esa atmósfera admirable que es la procesión y quieren incorporarse a ella sin caer en la cuenta, a veces, de que ni siquiera están bautizados. Ahí se pide nuestra aportación. Así, de esa convivencia ocasional en la procesión, surgirá, como hemos podido ver los que estamos en esto desde hace años, el contagio del Amor de Dios y los frutos esperados.

Junto a ese apostolado interno, está el apostolado externo, el que se hace cuando, llegado el día de su salida, la Cofradía pone en la calle a sus cofrades o, en el caso de la Semana Santa, sus penitentes y pasos. Pero ¿qué ha de decir hoy un cofrade a esa gente que viene a ver la procesión?

Pues que después de ver a  Cristo que era azotado, burlado, abofeteado y crucificado, todo ello entre el tronar de los tambores y timbales, el retumbar de los bombos y el gemir de las cornetas, en tardes templadas y noches frías, “al final, Jesús gana”. Por eso, nadie mejor que un cofrade puede manifestar con alegría que Cristo ha resucitado, ¡que Cristo gana!

En verdad os digo, que lo que más me ha llamado la atención es que, cuando eres cofrade, te sientes querido; que, al poco de estar, ya te tratan como a uno de ellos, se abandonan en la plena confianza.

Eso es la Hermandad. Eso es, sobre todo, lo que Dios espera de nosotros: que seamos brotes suyos, que sembremos su Amor y lo llevemos a todos los confines de la tierra.

Además, sentimos el perdón, sentimos que el cofrade perdona y pide perdón. ¡Cuántas veces rezamos y pedimos perdón al Señor por nuestras faltas grandes y pequeñas! El cofrade que sale a las calles en Semana Santa viene a las cofradías a pedir perdón. El cofrade ofrece su sacrificio por sus pecados y por los pecados de quienes le rodean y por los pecados de la Humanidad.

El cofrade, también ése en el que estamos pensando, el que no es que sea precisamente “rezador”, al revestirse y caminar abriendo paso a Nuestro Señor Jesucristo y a su Santísima Madre pide, sobre todo,  perdón.

Creo que, con mejor criterio, vemos con satisfacción, desde hace unos años, que lo que resalta el cofrade al llevar la Pasión y Muerte de Cristo a las calles es el AMOR con mayúsculas. Así, el cofrade propaga por cada rincón de cada localidad la profunda realidad del Amor de Dios.

Claro que sí. El cofrade manifiesta públicamente, desde el anonimato de un cubre rostros en muchos casos, el sentirse amado por Cristo y su respuesta comprometida a Cristo al amar a sus hermanos en la Cofradía, al público que asiste a la Procesión y a toda la Humanidad.

Por eso, cuando surgen las disputas en las Cofradías, que las hay, también podemos reaccionar con amor, analizando, por ejemplo, las razones ajenas. Quizá tengan la razón quienes me critican. Quizás, “por la paz”, pueda darles la razón aunque esté convencido que no la tienen. ¡Cuántas veces hemos dicho “yo por ahí no paso” y, sin embargo, al cabo de los años, nos hemos reído de nosotros mismos y de nuestra intransigencia casi infantil!

Aquí y ahora, en medio de todos, yo también tengo que pedir perdón por esto. A veces, sintiendo que llevamos tantos años en las Cofradías, nos creemos en posesión de la verdad y nos obstinamos y obcecamos, cuando realmente debiéramos haber cedido. Por eso, si hemos de pedir perdón, que en primer lugar sea a nuestros hermanos de la Cofradía, que tan cerca tenemos.

En la Hermandad, lo primero que debe encontrar el cofrade es el Amor. Por eso, ¿de qué hablar a la ciudadanía?: del Amor de Dios. ¿De qué hablar a los medios de comunicación?: de entrega, de servicio, de perdón. ¿De qué hablar y qué hacer? El Cofrade hoy ama. Sobre todo, ama a Dios y ama a los demás como Cristo nos amó, hasta dar hasta la última gota de su Preciosísima Sangre.

Esa es la peculiaridad de nuestras Hermandades: que todo lo que hacemos en un año, todo nuestro esfuerzo, todo nuestro apostolado se vuelca de un modo particular, en la calle, el día de la Procesión.

Es cierto que vivimos una época difícil para el Cristianismo, pero es que es la nuestra. Quizá a algunos les preocupe cómo va la sociedad, pero lo cierto es que es la época que nos ha tocado vivir y en la que estamos para dar testimonio.

Ser  cofrade hoy,… Hoy hemos sido llamados por Dios para trabajar en su campo y no me parece a mí que hemos de decir al Dueño que su terreno que está mal para la siembra, que está lleno de escombros y que no es tierra buena, que no hay más que espinas y abrojos, que el sofocante sol agostará la cosecha. El Dueño del terreno ya lo conoce y nos ha elegido, precisamente a nosotros, para trabajarlo.

Seguramente nos miraremos unos a otros y nos veremos impotentes ante esta tarea, pero es que Dios es así. De ese terreno tan pobre, de esa tierra aparentemente baldía, con unos hortelanos tan inexpertos, Él será capaz de hacerla rebosar de frutos. Y así se verá más claro que Él es Dios, el Señor de la Tierra y del Cielo.

Ser cofrade hoy,… Sí, precisamente hoy se nos presenta un panorama que no hace sino subrayar la importancia de las procesiones.

Así, vemos a muchos que se manifiestan por este o aquel motivo y, con toda naturalidad, llevan a las calles sus protestas, sus reivindicaciones, sus alegrías y sus celebraciones. Si bien es cierto que, históricamente, los cofrades llevamos haciéndolo durante unos cuantos siglos, no hay duda de que, hoy, ese es un derecho legalmente reconocido.

Por eso, con más razón, los cristianos tenemos en las calles un lugar donde mostrar abiertamente, plasmándolo con la máxima belleza, el Amor de Cristo.

Por eso, con más razón, los cristianos tenemos en las calles un lugar idóneo para mostrar la criatura humana más excelsa después de Jesús, su Madre, la Reina y Señora, la Madre que Dios quiso para nosotros y que ahora, abierta y resueltamente, portamos por las calles de nuestra localidad con el entusiasmo de unos hijos, no solo agradecidos, sino absoluta e irremediablemente enamorados.

Por eso, con más razón, los cristianos tenemos en las calles el lugar idóneo para llevar al Santísimo Sacramento, al mismo Jesús, a la Procesión más importante. Y digo esto porque cada día del Corpus, desde la Custodia y bajo el palio, Cristo mismo, el mismo Dios se deja llevar por nosotros, con su Sangre y con su Cuerpo, bajo la forma del Pan.

Desde ese lugar principal viene a decirnos a cada uno, ¡No os olvidéis de mí! ¡Me encuentro con vosotros cuando queráis! ¡Y se alegra tanto al ver con que satisfacción le llevamos, rebosantes de ilusión por mostrarle nuestra humilde y pequeña aportación de amor agradecido!

Ser cofrade hoy,… Ya hemos dicho que el cofrade de hoy tiene que labrar una tierra seca y difícil, el duro corazón humano.

El ambiente, más que laico, es laicista, es decir, que hay más enemigos que antes, de todo lo que tiene que ver con la fe cristiana, pues se quiere entender como una alienación que impide desarrollarse al hombre y le somete a una ley ajena, una ley que proviene de Dios. Como si Dios fuera el rival del hombre y de su verdadero progreso y felicidad, como si el Reino de Dios no estuviera dentro de nosotros.

En esa línea, las fiestas que el Cristianismo orientaba hacia Dios se pretenden ahora ordenar para el hombre. Claro que se ha materializado la Navidad. Claro. La Navidad parece consistir ahora en gastar, comprar, regalar, comer y beber, y muchos cristianos, nos quejamos de que se pierde el espíritu navideño.

Y, en medio de todo, el cofrade de hoy que sigue ahí, que renuncia a sus vacaciones, expectante ante los acontecimientos de la Semana Santa, para que la fe cristiana tenga viva presencia en la calle, ese cofrade de hoy está también ante un peligro de máxima actualidad:       convertir las procesiones en algo meramente cultural, social, tradicional o familiar. Salir de procesión por afición, más que por devoción.

Fijaos que hemos empezado a oír: “¿Tal sitio? Tiene una buena Semana Santa”, en el otro van buenas Bandas, etc.

Sin embargo, este ambiente no puede hacernos caer en la tentación del materialismo en la propia celebración procesional de la Semana Santa. No hay duda de que hay procesiones que cuentan con un respaldo de público muy importante y otras que, en cambio, son menos concurridas.

Sin embargo, el gran error sería perder de vista que, si sumamos la Semana Santa de cada cofrade, tendremos una buena Semana Santa allá donde los cofrades hayan sabido mantener el Misterio del Amor de Cristo a los hombres durante todo el año. Y lo mismo podemos decir de todas las procesiones donde os encontráis inmersos, las de gloria, las del patrón o patrona, y que preparáis con tanto amor.

Llevo muchos años en mi Hermandad y muchos trabajando en la difusión de la Semana Santa de mi pueblo. Es verdad. tenemos el peligro de perder el horizonte de nuestro trabajo y extraviarnos en el bosque del materialismo. Quizá penséis que esto no es posible, pero la verdad es que sí lo es.

Mirad nuestros pasos y mirad nuestros estandartes. Mirad nuestras bandas de cornetas y mirad nuestros desfiles. Necesitamos realizar un esfuerzo serio por justificar las procesiones y las celebraciones litúrgicas ante Dios. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Por Dios o por competir? Cuando gastamos haciendo esta o aquella compra, cuando restauramos y mostramos el patrimonio procesional de este nuestro pueblo repleta de obras de belleza extraordinaria, lo hacemos ¿Por Dios o por competir?

Realmente ¿Ante quién queremos ser los mejores? No quiero decir con ello que hemos de decir “se acabó” y hacer “tabula rasa” eliminando todo el ornamento, histórico y actual, que lleva consigo nuestra respectiva procesión. No, no quiero decir eso.

Por supuesto que hemos de proclamar y ensalzar en la calle los Misterios de la Semana Santa, y eso hace que debamos preocuparnos de que las flores estén bien dispuestas, las túnicas bien cuidadas y bien llevadas, que la música sea la mejor posible, que nuestros pasos estén limpios y cuidados y que en esos elementos se muestre esplendente el esfuerzo de tantos  devotos que han entregado su tiempo y su ilusión, dejando en ellos su huella, anónima y desprendida.

Ser cofrade hoy,… No cabe duda de que un gran peligro de hoy sería convertir la ostentación, que es sólo un medio, en el objetivo de las cofradías. No hemos de caer en la tontería de esforzarnos para dar envidia a los demás.

Así, podemos pasar de un extremo a otro y cruzar la frontera peligrosa, dejando realmente de luchar por ensalzar a nuestros titulares y mostrarlos al público con la rotundidad de una imagen más valiosa que mil palabras, para caer en el despropósito de hacer las cosas para destacar más ante los hombres.

Por eso, es verdad que las Cofradías han de realizar un gran esfuerzo en la preservación del patrimonio histórico, artístico y cultural que han heredado y que tienen obligación de seguir actualizando y mejorando. Pero, si cayeran en la tentación de convertir esto en su objetivo, pasarían de ser un instrumento y un testimonio vivo de la Iglesia a ser un mero entretenimiento humano para disfrute de los hombres. Y, en verdad, ser cofrade hoy no es un pasatiempo para que la gente se divierta.

Ser cofrade hoy es compromiso. No sé si más o menos que antes, pero ser cofrade hoy es mucho compromiso. El cofrade de hoy camina por la calle, una calle donde parece reinar el consumismo, los abusos y excesos, y lleva ahí, al centro de cada pueblo o ciudad, el Amor de Dios.

El cofrade hoy detiene los relojes, no en un tiempo pasado, sino en la Eternidad, y coloca en el centro una brújula para orientar todas las miradas hacia Dios. Y eso es compromiso. ¿Cómo se puede explicar el sacrificio en la sociedad del bienestar? Mirémonos. ¡Yo soy cofrade! ¿Lo digo con satisfacción? ¿Me siento feliz de serlo? ¿Quienes me rodean saben que soy cofrade? ¿Les doy testimonio de Jesucristo con mi modo de vivir?

Si soy penitente, permitidme que abra un hueco para estos que están a punto de salir a las calles, digo, si soy penitente, saben que he tomado la opción por quedarme en mi ciudad durante la Semana Santa.

Pero ¿Saben que mis vacaciones de Semana Santa van a ser para orar?, ¿para celebrar los misterios que nos trajeron la verdadera Vida?, ¿para salir de mí mismo y para abrirme en el amor a los demás? Voy a llegar cansado a casa después de cada procesión. Cuando termine todo, ¿trabajaré recogiendo, limpiando y ordenando en secreto, sin ostentación, de tal modo que sólo lo sepa el Dios “que ve en lo escondido”?

¿O no? ¿O no lo hago por Dios? ¿O lo hago por disfrutar simplemente? ¿O porque alguien tiene que hacerlo?

Seguramente les ha pasado a muchos que, cuando son mayores y se han hecho con unos ahorros, de repente alguien les dice: “¿Pero cómo tienes eso ahí? Si lo inviertes de esta manera o de esta otra, vas a obtener un gran rendimiento”. Y dice: “sí, es verdad”.

Del mismo modo, muchos están haciendo grandes esfuerzos y trabajos en su Semana Santa procesional. Fijaos cuántos estamos hoy aquí. Cuántos habéis trabajado para tener a punto los enseres. Imaginad que, habiendo hecho tanto esfuerzo, no lo hubiéramos hecho por Dios. A mí me ha pasado en multitud de ocasiones. ¿Cuántas veces nos encontramos que estamos corriendo de aquí para allá para que todo salga bien, la ceremonia litúrgica, la procesión, el revestimiento de los pasos, las flores, todo el día en la iglesia,… y, a veces, no hemos rezado nada?

Afortunadamente, Dios, que es Padre y nos mira sonriendo, es quién está ingresando todo nuestro esfuerzo, todo lo que estamos ahorrando, en la cuenta que más beneficios produce para la Vida Eterna.

En resumen, creo que ser Cofrade Hoy significa mucho. Desde luego, ser cofrade hoy significa hablar con los gestos y los símbolos del Amor de Dios, significa poner los pueblos “patas arriba” y hacer que tantos y tantos que quieren probar a vivir como si Dios no existiera se encuentren conmovidos ante el Dios que nos ama, porque es el Amor mismo.

Pero, para lograrlo en este tiempo turbulento y difícil, donde muchos se empeñan en construir una sociedad más anti-confesional que aconfesional, necesitamos fortalecernos como cofrades, viviendo, nosotros los primeros, ese Amor que Cristo trajo al mundo y que nos tiene que conmover ante nuestros hermanos de la Hermandad, y de todas las Hermandades de La Colonia de Fuente Palmera, y gritad en Voz alta: “Es a Dios a quien sirvo y, por eso, quiero servirte a ti, en primer lugar, Hermano Cofrade”.

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