Al acabar el primero de los exámenes que me tocan estos días, he buscado por fin el hueco para escribir el boletín de este mes.
He querido titularlo así, porque es una de las frases que más me han conmovido en mi vida espiritual. El Señor, viendo que todos se marchan, le pregunta a los dicípulos: “¿también vosotros queréis marcharos?”. Es la viva imagen de un corazón que siente la soledad y sufre por ella, cuando se siente rechazado, ignorado, como cualquiera de nosotros nos sentiríamos en esa situación. Dentro de unas semanas celebramos la Solemnidad del Corpus y la del Corazón de Jesús, dos fiestas que nos invitan a querer a Cristo con todas las fuerzas. Son también ocasión de reparar esas ofensas, blasfemias, desprecios, sacrilegios, persecuciones…
¿Por qué entro en este tema que podría ser para el boletín del mes que viene y no de Mayo? Porque precisamente en Mayo pasan muchas de estas huídas del Corazón de Cristo. Hemos estado viendo, y seguimos, desfilar por la parroquia cientos de personas que vienen a las Comuniones, unos pensando en acabar ya la “carga” de las catequesis, otros, alegres de observar a los niños vestidos de largo, para esta fiesta tan sonada, otros orgullosos de ver lo bien que “actúan” sus pequeños … no sé, pero algo ha cambiado en las comuniones de hoy. Al acabar estos días, ¿cuántos padres van a seguir acompañando a sus niños a misa, aunque haya acabado la catequesis?, o ¿cuantos, por lo menos, los van a seguir animando a que vayan a estar con el Señor en misa o rezando?. Con dolor, la experiencia nos hace ver cómo, después de dejarse el pellejo los catequistas, los sacerdotes intentar que el Señor sea el centro de nuestras vidas y Cristo entregarse a cada momento a todos ellos, intentando enamorarlos de su corazón, la parroquia queda con la “gente de la secta de siempre”. Cada año, el Señor recibe el “estacazo” de la ignorancia de muchos, la prepotencia de otros, la seguridad en sus criterios de no pocos. ¡Qué pena, Señor, de nuevo la misma historia! Un Corazón sangrante, después del esfuerzo hecho y mucha gente que prefiere quedarse en la ignorancia, que conocerte y llegar a ser hombres y mujeres en plenitud. Ante esto, ¿qué hacemos? ¡Pues HABLAR DE DIOS! En la evangelización del s. XXI, la nueva evangelización que comenzó Juan Pablo II, hay que hablar, sobre todo, de Dios, de oración, de sacrificio por los otros, de “expropiación” del propio yo, a favor de nuestros hermanos, y abandonar ese lenguaje de frases bonitas que nos convierte en asistentes sociales (con todo el respeto hacia esta dignísima profesión) más que en testigos de Cristo Crucificado y Resucitado. Hablar de tolerancia, de paz, de comprensión, de amor…., sin nombrar a Cristo, por “respeto” y sin acercar a la gente al Sagrario y la oración, nos hace estériles como mulas. ¿tan listos nos creemos que ahora es nuestro mensaje, nuestra simpatía y nuestros razonamientos los que van a salvar a la humanidad? Pues perdonadme, porque yo me sumo, junto con cientos de colonos (y otros pocos de millones en todo el mundo) a los que creen que la salvación del mundo, la redención del hombre, la plenitud del ser, nos ha venido por la muerte y resurrección del Hijo de Dios, encarnado en el vientre de una vírgen, llamada María. Nosotros hablamos de Otro, en el nombre de Otro y con el mensaje de Otro.
Por eso, el cristiano que piense un poco en el Señor y observe cómo los niños se van, los padres se van, los que dicen que creen en Dios, pero no en la Iglesia, también se van… sentirá cómo el corazón se le encoge y tendrá que decirle al Señor con mucha humildad, “aunque todos se vayan, dame a mí las fuerzas para no irme nunca lejos de mi hogar, que es tu Corazón abierto de par en par para mí”.
Demos testimonio creíble los que estamos “dentro” y sigamos hablando del Señor, rezando y enseñando a rezar, ofreciendo los dolores de este anuncio, para que la Colonia se convierta en un vergel real, no en una utopía falsa, donde aclamemos sin miedos y con verdadero amor que Cristo es el Amor de los amores. Un fuerte abrazo a todos, pero muy especialmente a los que desde sus “cruces” sostienen el trabajo de los que damos la cara: los enfermos.
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#1 publicado por José Carlos 25/may/2010 14:40
Me uno a tus sentidas palabras, Patricio, haciendo también mío el dolor por aquellos que, tras haber gustado cuán bueno es el Señor, hacen mutis de diversas formas.
Espero que la semilla que se ha sembrado, en su momento justo dé el fruto preciso, y no sea arrebatada por el maligno.
Yo, por mi parte, al comienzo de tu reflexión y al título añado lo que dice Pedro: “Señor, ¿dónde vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan 7, 68-69). Esa ha sido mi experiencia, pues nada, absolutamente nada ni nadie me ha dado lo que el Señor, la vida eterna.
Y la vida eterna no como una preciosa idea que nos aliena de los acontecimientos presentes, sino como la plenitud personal que nos hace vivir cada momento, cada acontecimiento, cada relación personal, cada problema, cada desconcierto, con la “fuerza de lo alto”, viendo gozoso cómo es Él quien lleva adelante mi vida.
Yo creo y sé que Jesucristo es el Santo de Dios, el Hijo de Dios, el Redentor, el único que sacia verdaderamente el corazón del hombre, porque es el único que salva, porque es el único que ha entregado su vida por nosotros. Nadie más.
Por eso, claro que voy a seguir, y seguiremos, anunciando el Evangelio, hablando de Cristo, con todos aquellos que hayan vivido esta misma experiencia que llena de alegría el corazón: que ÉL ESTÁ VIVO.