No son pocas las personas que, bien por la mañana, cuando la parroquia está abierta, bien por la tarde, antes, durante o después de la celebración de la Eucaristía, se acercan a la iglesia, y, cabe distintos propósitos, ruegos u oraciones, con mayor o menor fe, se presentan ante la imagen de Jesucristo crucificado.
Por supuesto, no es mi intención establecer ningún juicio de valor acerca de la motivación personal o del nivel de vida cristiana de nadie. Únicamente ofrezco estas líneas, que no pretenden ser más allá de lo que realmente son, oración propia, como una sencilla ayuda para aquellos que la acepten, como asimismo hice yo cuando Uno me habló de “estas cosas”.
La pregunta que me viene a la mente versa sobre cuál sería el origen de la oración ante la cruz, dónde está el principio de esta arraigada y longeva tradición, y no puedo evitar recordar las palabras de S. Juan, el discípulo amado: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena.” (Jn. 19, 25) Ellas estaban “junto a”, en silencio, actitud que tantas veces contrasta con mi forma de situarme respecto de la cruz, cada vez que me coloco “frente a”, “lejos de” o “detrás de”.
Me coloco frente a algunas cruces (y no solo pienso en las mías propias, sino sobre todo en las de tantas y tantas personas que, lo sepan o no, intento hacer de Cirineo) cuando intento comprender el significado que éstas tienen, realizando un esfuerzo por discernir cuál es Su voluntad en cada caso, porque me parece que a veces son demasiado grandes, excesivamente pesadas, y pido a Dios, cara a cara, de frente, que me lo explique.
En ocasiones me encuentro lejos de otras cruces, tanto al intentar evadirme de determinados sufrimientos o problemas, casi siempre con excusas tremendamente superficiales, como cuando al mostrarme dispuesto a escuchar a alguien, o a ser el paño de lágrimas soy rechazado, o declinan cualquier invitación a la participación de los sacramentos, incluso despreciándolos. He de confesar que es un dolor muy profundo el que estas circunstancias me producen.
Pero sobre todo me hace sufrir cada vez que me sitúo detrás de, porque entonces son mis debilidades, tantos defectos, demasiados pecados, los que me relegan a esta posición, poniendo excusas, haciéndome huir de aquello que mi falta de fe me hace ver como un instrumento de castigo.
Es entonces cuando me queda manifiesto cuál es la diferencia, dándome cuenta de que lo que tantas veces me falta es el Amor. Es el Amor lo que impulsó a María, la Virgen, a dar el “fiat” (por Amor también nosotros podemos recibir a Cristo), es el Amor lo que ayudó a María, mujer de Cleofás, para seguir siempre al Mesías (el Amor nos capacita para vivir como cristianos), es el Amor lo que hizo a María de Magdala arrepentirse de todos sus pecados, y ser perdonada (el Amor nos levanta siempre que tropezamos en el camino, y nos cura de todas nuestras enfermedades), es el Amor lo que hizo que las tres estuvieran firmes al pie de la cruz, junto a ella y en silencio (el Amor da fortaleza y paciencia en el sufrimiento), y será el Amor lo que las conduzca al día siguiente al sepulcro, para descubrir, llenas de alegría, que Él había resucitado (ya que el Amor persevera hasta el fin, porque permanece para siempre).
Llegados a este punto, dándome cuenta de que el amor que hay en mí es insuficiente, sintiéndome sediento, y buscando las fuentes para saciar esta sed, descubro con alegría dónde puedo ir a calmar esta necesidad, apareciéndoseme renovados tanto la Escritura, como la Oración y, cómo no, los Sacramentos. Sacramento de Amor es el de la Reconciliación y Penitencia, donde son destruidos todos los impedimentos que me apartan de la cruz, mis pecados, y Sacramento del Amor por excelencia es la Eucaristía, donde se me entrega el mayo Amor, el de Aquel que da la vida por sus amigos (y por sus enemigos).
Y así la pregunta me queda resuelta, cayendo en la cuenta que debe ser el Amor lo que ha de llevarme a los pies de la cruz, de cualquier cruz, situándome junto a ella, en el silencio que provoca un encuentro de corazón a corazón, de alma a alma, de persona a persona, y así poder mejor llorar, suplicar, interceder, agradecer y bendecir.
Mírame, oh bueno y dulcísimo Jesús: en tu presencia me postro de rodillas, y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad, verdadero dolor de mis pecados y propósito firmísimo de enmendarme; mientras con gran afecto y dolor considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas, teniendo ante mis ojos aquello que ya el profeta David ponía en tus labios acerca de ti: «Me taladran las manos y los pies, puedo contar todos mis huesos» (Sal. 21(22), 17-18).
Tomada del Manual de Indulgencias
Al fiel cristiano que rece piadosamente esta oración ante la imagen de Jesucristo crucificado, después de la comunión, se le concede indulgencia plenaria en cualquier viernes del tiempo de Cuaresma; en los demás días del año, indulgencia parcial.
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