Homilía del Domingo 9 de Agosto

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Queridos hermanos todos:

Este pasado mes de junio, el santo Padre Benedicto XVI declaraba un año sacerdotal, especialmente dedicado a pedir y ofrecer sacrificios por la santidad de los sacerdotes y para el aumento de las vocaciones a la vida consagrada para la Eucaristía y para los demás.

Al hilo de estas lecturas que acabamos de escuchar, me ha parecido conveniente tratar hoy sobre la Eucaristía y el sacerdocio, puesto que hablamos constantemente de la primera, pero no de la segunda.

Elías comió aquel pan y recobró fuerzas para continuar su tarea, como hemos escuchado en la primera lectura, y en el Evangelio Cristo nos dice: “El que coma de este pan vivirá para siempre”, porque no es simplemente pan,sino su Cuerpo y Sangre vivos. Pero ¿quién nos da este pan?, ¿quién lo parte y reparte? El sacerdote. Por lo tanto necesitamos sacerdotes, y no de cualquier clase, curas buenos, santos,entregados,cercanos, que rían cuando nosotros reímos y lloren cuando nosotros lloramos.

A todos nos gustaría tener un santo sacerdote en nuestras parroquias, pero esa gracia hay que arrancársela a Dios con muchas y confiadas oraciones; no basta con desearlo, hay que rogar, hay que rezar por ellos, para que tengan atino en su decisiones y caridad en sus palabras, con corazón ardiente por las almas y unas entrañas de misericordia con los que sufren por cualquier causa. Es fácil criticar a un sacerdote por sus defectos, pero es más raro que re rece por él. San Nicolás de Flue, padre de familia, decía con energía a los que criticaban a los sacerdotes: tu ¿cuantas veces has rezado por la santidad de los sacerdotes? Dime, ¿que has hecho para conseguir buenas vocaciones a la Iglesia?

Es más que visible que los sacerdotes nos equivocamos cada día; por ello hay que rezar a tiempo y a destiempo para que Dios nos mande curas de una pieza: orantes y con un corazón sangrante que sufre cuando ve que hay personas que van a la perdición por propia voluntad.

Cientos se han atrevido a lo largo de la historia a decir que sí al Señor, entregándose enteramente para salvar almas, porque han querido mirar a Jesús en su misión y han respondido a una llamada muy particular suya. Así, el cura de Ars, uno de estos sacerdotes santos lloraba cada vez que se acercaba al sagrario o celebraba la Eucaristía, porque se sentía totalmente indigno. En el 150 aniversario de su muerte celebramos este año sacerdotal y aquí en nuestra colonia vamos a poner manos a la obra para arrancarle al Señor vocaciones buenas de veras, en nuestro pueblo y aldeas y en la provincia. Os invito a todos a rezar por esta intención porque nos va mucho en ello.

No es un capricho repentino, es una necesidad imperiosa a la vista de tantos pueblos y aldeas sin sacerdotes fijos, muchos son los pobres curas mayores, desgastados de toda una vida y alarmante la huida de jóvenes de la fe, que puedan sentir esta llamada.

Un cura puede hacer con su testimonio y ejemplo mucho bien a quienes le rodean o mucho mal. Decía San Juan Bosco que un sacerdote no va nunca solo ni al cielo ni al infierno; con él siempre van muchas almas: o salvadas por su santo ministerio y buen ejemplo, o “perdidas por su negligencia en el cumplimiento de sus deberes o por su mal ejemplo”.

Que no pase esto segundo por nuestra falta de oración vocacional, hay miles de personas anónimas rezando por los sacerdotes, desde conventos enteros de clausura, a matrimonios con sus hijos, enfermos que ofrecen sus dolores por la santidad de éstos; en definitiva almas enamoradas y preocupadas porque no falten curas buenos que atraigan a muchos al corazón de Cristo que los llama a salvarse.

Decía Juan Pablo II que el sacerdote es un don inmenso que Dios ha hecho por su Iglesia; y la respuesta gozosa del sacerdote a la llamada de Jesús es la mayor prueba de amor a Cristo. Que Don Laureano Pérez Damian presente nuestras oraciones fervientes a la Purísima, Madre de los sacerdotes y nos alcance la gracia de descubrir muchas buenas vocaciones en nuestra colonia y buenos sacerdotes para el gobierno de la Iglesia Universal y la nuestra particular.
Así sea.

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