Las luces de Dieciembre

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Ha llegado diciembre con sus mil luces, acaso porque diciembre es un mes que tiene mucho de avenida de luminosidad, no sólo porque cierra un año, una etapa de vida, sino también por las grandes fiestas y celebraciones que nos ofrece. La principal de todas, sin duda, la Gran Noticia de todos los tiempos, la Navidad, el Nacimiento del Hijo de Dios, hecho hombre, en un portal, a las afueras de Belén. La liturgia de la Iglesia prepara ya el acontecimiento con el tiempo del Adviento, con la plegaria encendida, con la reflexión personal, con la conversión del corazón, con la apertura de un hueco, de un espacio grande, inmenso, a la llegada del Mesías.

Diciembre nos traerá también las entrañables fiestas de nuestra excelsa Patrona la Purísima Concepción, como una oleada azul de hermosos ideales, presentándonos a María de Nazaret como modelo de un cristianismo auténtico. Año tras año, gracias a la devoción que le profesa este pueblo a su Bendita Patrona,  su esplendor y grandeza van felizmente en aumento, viviéndose cada vez más éstas, nuestras entrañables fiestas, con gran gozo y alegría. Muesta de ello son, como ejemplo, su solemne novena, el pregón, la ofrenda floral…,  culminando así con su extraordinaria procesión en su Fiesta, día de Fuente Palmera y de toda su Colonia.

Diciembre nos ofrecerá las últimas hojas del calendario con esas breves inscripciones sobre el tiempo que nos devora sin apenas darnos cuenta. Pero, sobre todo, el mes de Diciembre, en sus últimos estentores, hará sonar las campanas alegres de la vida que sigue, aunque ese tiempo nos vaya adentrando en futuros nuevos e insospechados.

Recibamos este mes con ilusión y esperanza. Muchas fiestas, grandes celebraciones, alegría y felicitaciones por doquier. Algo se mueve en lo más profundo el ser humano: el deseo de ser felices, expresado en los christmas navideños y en tantos abrazos como se prodigan en todos los lugares. Pero la verdadera felicidad tiene el secreto de buscar y recorrer esos caminos que nos hablan de verdad, de amor, de justicia y de libertad.  Todo esto, va formanado nuestras luces de Diciembre.

Y como símbolo de luz, nos encontramos ahora en este tiempo, colocada junto al altar mayor, la corona del Adviento. Formada por pequeñas ramas verdes y cuatro velas de colores distintos, que se van encendiendo poco a poco, una cada domingo, desde el primero hasta el cuarto domingo de Adviento. Simboliza muchas cosas y nos ofrece pequeñas y hermosas lecciones: la de la unidad, ya que toda corona se nos presenta como abrazo cerrado, formando circulo de paz y de amor; la de la luz, cada una de las velas que se encienden es una invitación a iluminarnos por dentro y por fuera, ya que no podemos caminar en tinieblas; la de la espera y la esperanza, porque conforme el tiempo avanza hemos de sentirnos más seguros, más iluminados, más felices. Adviento es tiempo de espera y de esperanza, un recomenzar con nuevo impulso la vida de servicio por amor, lo único que no pasa.

Pero también este tiempo de Adviento, de preparación para la Navidad en la liturgia de la Iglesia, debe plantearnos algunas preguntas importantes, por ejemplo, ¿estoy despierto? ¿Vivo en espíritu de vigilancia? ¿Soy capaz de leer los signos de los tiempos con un corazón confiado y en paz, y con una mente en sintonía con la Ilgesia? ¿O por el contrario, estoy dormido? ¿Le rezo al Espíritu Santo para pedirle luz para saber qué papel me toca desempeñar? Son preguntas propias de este tiempo de Adviento. Y también: ¿Qué espero de mi vida? ¿Qué busco, qué caminos recorro, qué hago, cómo planteo mi existencia?

Esta batería de preguntas nos pondrán frente a frente con nosostros mismos, nos harán descubir el tansfondo de nuestros pasos, la metas de nuestro caminar. El tiempo de Adviento es un tiempo de oración más intensa, de reflexión más pausada, de sincera conversión, de búsqueda y espera. Porque todos, Señor, todos esperamos. Te esperamos a Ti, como Salvador nuestro. Haz que escuchemos tu Palabra y que abramos el corazón y la vida a tu presencia.

También el Adviento es tiempo de encuentro. Hay cuatro encuentros que son esenciales en la vida: el encuentro con Dios en la oración. “Orar es escuchar a Dios y hablar con Él”. ¡Qué definición tan sencilla pero tan real. La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Como decía San Agustín, con palabras muy hermosas: “Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él”.

Hay un segundo encuentro también esencial de nuestra vida: el encuentro con los hermanos, un encuentro que exige acogida, escucha, diálogo, comprensión y enriquecimiento. Aunque sólo podamos regalar un minuto de escucha atenta a lo que se nos dice o unos minutos de acompañamiento a tantas soledades de nuestro prójimo.

El tercer encuentro se refiere a nosotros mismos: debemos encontrarnos con nosotros, en el examen de conciencia, en la reflexión, en el análisis de nuestro caminar para ver si realmente caminamos por la verdad y el bien, o nos vamos desviando de nuestras metas.

Y un cuarto encuentro, también importante, ha de ser con el mundo que nos rodea: la hermosura, por una parte, y los demás por otra se dan la mano en la avenida de la vida. Todo ha sido creado para ese buen uso y trato que hemos de dar a lo que nos redea, poniendo siempre a flor de piel y a flor de corazón, un profundo sentido fraternal de la historia.

Que en esta próxima Navidad, la Fiesta de la Gran Esperanza, Jesús nazca en cada uno de nuestros corazones. Con mis mejores deseos de que nos pongamos de veras a preparar los caminos del Señor, recibid mi saludo más afectuoso y mi bendición.

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