Lumen gentium

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Celebrábamos el pasado martes, día 2 de Febrero, la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, el día de la Candelaria, donde recordábamos cómo a los 40 días de su nacimiento, José y María llevan al templo a su hijo (Lc. 2. 22-40) para cumplir todo lo que la ley de Moisés establecía tras el parto, que viene recogido en el capítulo 12 del libro del Levítico.

El día de la candelaria es la fiesta de la luz, y así lo ha entendido la tradición cristiana al conservar la costumbre de encender hogueras en el marco de esa celebración. Con ello hacemos profesión de nuestra fe en Aquél que es “la luz del mundo”, “la luz que brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”, “la luz verdadera que ilumina a todo hombre”.

El evangelio nos habla de dos personas, Simeón, de quien Lucas dice que era un hombre justo y piadoso, y Ana, una profetisa que servía constantemente a Dios. Son los únicos que reconocen en el templo al salvador, aún cuando mucha otra gente estaría allí también.

Toda la grandeza del Amor de Dios, revelado a los hombres mediante la Encarnación, entregado en el misterio de la Redención y manifestado en la persona de Cristo Jesús, pasa casi desapercibido, irreconocible para la mayoría de sus contemporáneos.

Ahora, como entonces, en muchas ocasiones se repite la misma escena, y no lo digo por aquellos que no son cristianos, ni siquiera por los que no aceptan el Evangelio, porque si miramos con detalle el texto de Lucas, es su propio pueblo el que no lo acoge. El “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron” (Jn. 1, 11), junto con las palabras del evangelio de la fiesta de la Presentación, son una llamada seria a repensar nuestra vida, situándonos frente a Cristo, como Luz de las gentes, haciéndonos caer en la cuenta de que somos nosotros mismos, los cristianos, o los que así nos llamamos, los que no sabemos reconocer la luz que Cristo nos trae, o que no queremos reconocerla, que también sucede a menudo.

Son numerosas las ocasiones en que rechazamos la luz de Cristo, cada vez que ésta quiere brillar en medio de nuestras tinieblas. Y las tinieblas son provocadas por distintos motivos. El más importante de ellos es nuestro pecado: soberbia, avaricia, lujuria, envidia, ira, pereza y gula (como cabeza de otros muchos), son las concreciones en cuanto pensamientos, palabras, obras y/u omisiones que van oscureciendo nuestro pensamiento, nuestra vida, nuestra fe. No acogemos ni descubrimos a Cristo como luz cada vez que nos negamos a abandonar algún pecado concreto, cuando no tengo decisión firme para recibir el perdón y dejarme ayudar, cuando no estoy dispuesto a cambiar una forma de pensar o de actuar, cuando me niego a acercarme a alguna persona, o, simplemente, cuando pienso ‘total, si voy a volver otra vez a lo mismo’ o ‘nunca cambiaré’. Recibir así los sacramentos hace que no den fruto en nosotros, porque ahogamos la gracia que conllevan, además de incurrir en sacrilegio, que también puede ocurrir.

De otra parte, también aparecen las tinieblas cada vez que alimentamos las dudas o las críticas que surgen dentro de nosotros contra Dios o la Iglesia. Y cuando digo la Iglesia, hablo de toda la Iglesia, no sólo del Papa, los obispos y los curas, ¡cuidado! Dudamos de la Iglesia dudando de todos los cristianos, de cada cristiano. Además de poner en tela de juicio la acción de Dios por medio de su Espíritu en tantas personas que han recibido efectivamente esa gracia. Normalmente dudamos o criticamos porque somos nosotros quienes no hemos recibido ese don, y como somos incapaces de entenderlo, es más fácil defendernos atacando, ante algo que me molesta, así no me remuerde la conciencia. La fe es un don que recibimos, y esto es algo que hace ya varias semanas que me lo estáis escuchando, pues con frecuencia es una idea que repito. Por tanto, si no la tenemos, y vivimos a oscuras como consecuencia de esa carencia, lo que necesitamos es pedirla, para poder vivirla. “Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn. 1, 12).

No caigamos en la necedad de pensar que como yo no tengo algo, o no existe, o es imposible de realizar. Seamos humildes (como Simeón y Ana) para reconocer nuestras lagunas, lo que nos hace falta, lo que necesitamos. Pidamos aquello de lo que carecemos a quien puede dárnoslo. ¿Estaremos dispuestos a recibirlo?

Paz y Bien.

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  1. #1 publicado por Rafa 12/feb/2010 16:30

    Si un conocido nos cuenta un secreto o un rumor y nos dice que no se lo contemos a nadie, lo creemos, lo contamos y los magnificamos.

    Vino el mismo Hijo de Dios a traernos la Buena Noticia, para divulgarla y ponerla en práctica, recogida en todo el Nuevo Testamento y traída por toda la Tradición, y todavía nos cuesta trabajo asimilar la magnitud de su trascendencia en nuestras vidas, en la actual y en la futura.
    No hay más remedio que pedir la fe sino la tenemos -o incluso teniéndola pedir más-, pero tendremos que querer tenerla y valorarla como tesoro que es.

    Esto me recuerda lo que dice el Señor: “Os aseguro que, si tuvierais fe del tamaño de una semilla de mostaza, diríais a aquel monte que se trasladara allá, y se trasladaría.” Mt 17,20

(No será publicado)