Que ellos también sean uno en nosotros

por José Carlos

Así reza un trozo del versículo 21 en el capítulo 17 del Evangelio según San Juan.

Es la gran oración que hace Jesús en el contexto de la última cena con sus discípulos, y son muy interesantes los puntos el Señor toca: dar gloria a Dios, la Vida Eterna, la evangelización, súplica por quienes se ama, y muchos otros.

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Pero hay algo especial, y es que Cristo, conociendo el corazón del hombre, y la debilidad que lo envuelve, habla constantemente de la unidad y de la trascendencia que tendrá en el futuro: “… Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (17, 11) … No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (17,20-21).

La unidad en los cristianos es base indispensable para que la evangelización tenga toda la fuerza necesaria para tocar el corazón de los hombres. Porque Jesucristo fue uno con el Padre, cambió, cambia y cambiará el corazón de innumerables personas, salvándolas, santificándolas y llevándolas de la esclavitud del pecado y de las tinieblas de la muerte a la libertad de los Hijos de Dios y a la luz de la Vida, la auténtica Vida que sólo Él puede dar.

Es por esto que fue para mí un motivo de gran alegría conocer la noticia del proceso de unión con unos hermanos nuestros que hace aproximadamente unos quinientos años el pecado (y sólo el pecado, pues en el fondo siempre está nuestro orgullo, la vanagloria, la soberbia refinada que nos condena a pensar que siempre tenemos razón y que nadie puede imponerme “su verdad“, ni mucho menos humillarnos), pues bien, son nuestros pecados lo que nos separa, como ocurrió en el s. XVI con los cristianos anglicanos, y, como decía, produjo en mi interior una explosión de gozo el saber que Su Santidad Benedicto XVI, tras un período de diálogos conjuntos, estudios, declaraciones y un largo etcétera de trabajos, está a punto de cerrar este desgraciado paréntesis que ha empañado un poco la historia de nuestra querida Iglesia Católica.

Para aquellos que estén interesados, a continuación ofrezco la noticia que hace unos instantes leí y que fué el desencadenante de estas palabras:

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Al final, Cristo siempre vencerá, sobre el mal, el pecado y la desunión. Por eso, el Espíritu Santo abre caminos de perdón, reconciliación y vuelta al Padre. Esta noticia es un ejemplo más de cómo el Señor conduce la nave de la Iglesia, y de cómo la oración de Cristo en san Juan no fue un momento puntual en la existencia terrena de Jesús, sino que es una constante intercesión ante el Padre, “para que todos seamos uno”, y de esta forma nuestra misión, la tarea de la evangelización, no quede en palabras vacías, sino que tenga el poder de convertir realmente.

Os confieso que este mismo tema de la unidad es para mí un profundo motivo de reflexión y de preocupación, sobre todo en el ámbito de la parroquia, doliéndome profundamente, cual llaga que me rasgase el corazón,  cualquier indicio de separación o de exclusión que pueda existir entre cualquiera de los miembros de la misma. Creo que un poco de influencia sobre esto ha tenido el hecImagen2ho de que en numerosas ocasiones lo he vivido en primera persona, por diversas circunstancias que no vienen al caso, pero que me hacen traer a la mente la astuta argucia del “Padre de la mentira” que arrastra a todo aquel que se deja seducir por sus palabras: “si en el fondo tú tienes razón”, “creo que ése me mira mal”, “fulano no me acepta”, “se creen que son mejores que yo”, y así un sinfín de frases que el mismo Demonio nos cuela sin que nos demos cuenta, y que provocan discusiones, riñas, contiendas y todo tipo de enfrentamientos entre los cristianos. ¡¡COMBATAMOS AL DEMONIO!! Dejémonos de pleitos infantiles, no demos lugar al diálogo con la “Serpiente antigua”, que nos llevará a su terreno y fácilmente nos vencerá, sino que nosotros, hermanos muy queridos, pidamos cada uno perdón por nuestros propios pecados, para alejar así de nosotros al Diablo, porque recibiendo los sacramentos volvemos a la comunión con Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, y ellos (los sacramentos) llevan en sí mismos la semilla de la reconciliación entre nosotros, los cristianos. Comemos un mismo pan para formar parte de un mismo cuerpo. Ningún miembro que esté dividido puede conservar la vida, por tanto vivamos unidos entre nosotros y al Señor, para tener vida en nosotros, y como dice San Juan: “… para que el mundo crea …”

Recemos por la unidad de nuestra parroquia y de todos los cristianos.

Un saludo en el Señor, José Carlos.

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  1. #1 publicado por Rafa 3/Nov/2009 12:22

    Seguramente los cristianos de hoy serán el objetivo principal del Demonio y de sus sutiles, y a veces sugerentes, tentaciones.
    Leyendo el artículo al que haces referencia, cae uno otra vez en la cuenta de lo absurdo y mundanos que son los motivos por los que alguien se deja llevar por el egoísmo, que nos aleja de Dios y del prójimo; todo lo contrario a lo que nos mandó Jesucristo.

    Por eso está bien conocer la historia, conocer los pecados y sus consecuencias, conocer las tentaciones del Maligno y, por supuesto, intentar conocer la Gracia y la unidad para valorarlas como se debe.

    También la Iglesia Ortodoxa parece estar en acercamiento.

(No será publicado)
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