Tiempo de Adviento

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¿Qué celebramos en Adviento?
El tiempo de Adviento se ha de vivir y manifestar en las celebraciones como un tiempo diverso al de las semanas anteriores.

Popularmente el Adviento es sobre todo la preparación a la Navidad. Pero este matiz no es ni el único, ni el más antiguo, ni el más importante. En este tiempo lo que debe subrayarse es la única Venida del Señor, que aún debe realizarse.

Esta venida se inició con el nacimiento de Jesús, pero lo único que debe realizarse aún, lo más central del Adviento, es la realidad objetiva de que el Señor vendrá realmente al fin de los tiempos (y personalmente para cada fiel al fin de su vida terrena). El 25 de diciembre, San Agustín ya decía en su carta a Jenaro, es Navidad, es un recuerdo, es un aniversario, Jesús no vuelve a nacer; la única venida que aún debe realizarse, será un hecho real ( y personalmente su encuentro con el Señor al fin de nuestra vida).

Esta espera del Señor que vendrá es una de las columnas de la vida cristiana. Esta espera, junto con la fe y el amor, forma el sustrato fundamental de la vida cristiana. La esperanza es algo constante (no una simple propiedad del Adviento) en el vivir cristiano de cada día: Venga tu reino; decimos diariamente en la oración y siempre que celebramos la Eucaristía, decimos que la celebramos mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo. El Adviento debe ayudarnos a intensificar esta esperanza fundamental (es una de las tres virtudes teologales junto con la fe y la caridad) de la vida cristiana y sería desfigurar la finalidad del Adviento confundir esta esperanza con otros dones de Dios.

Cuando en este tiempo oímos en las lecturas o pedimos en los salmos los bienes que Dios prepara: la paz abundante, la felicidad, la aniquilación de nuestros enemigos y de la muerte… pedimos una venida del Señor que no se realizará el 25 de diciembre, sino al fin de los tiempos.

Con el nacimiento humano de Cristo, se abre simplemente el camino de aquella Venida que esperamos y pedimos y que transformará nuestro vivir, como decimos con frecuencia en uno de los prefacios de Adviento: “Al venir por primera vez (navidad) nos abrió el camino…para que cuando venga en gloria podamos recibir lo  que ahora esperamos.

Queridos hermanos, yo os invito a buscar a Dios de una manera especial en este tiempo de Adviento, donde el principal agente es Dios mismo. Muchas veces ponemos el acento en el hombre, en un esfuerzo ascético-piadoso. Pero, si bien es cierto que este tiempo tiene sentido de conversión, no es el único ni el más importante.

Este tiempo de Adviento, nos hace reflexionar sobre la humildad. Y la humildad es la virtud que nos lleva a reconocer lo que realmente somos. Por eso Santa teresa de Jesús decía que la humildad es andar en verdad, es decir, la humildad es vernos tal como somos, es saber y reconocer lo que valemos ante Dios.

Y ¿qué somos ante Dios?, ¿cuánto valemos ante Dios?, ¿somos capaces de ser algo sin Dios, que nos creó, nos mantiene vivos, y derrama todas las gracias que necesitamos para llegar a Él y para gozar de Él para toda la eternidad?

Responder a estas preguntas adecuadamente, es comenzar a andar en verdad. Es comenzar a darnos cuenta de lo que es ser humilde. Y después de ese reconocimiento de nuestro “cero” valor ante Dios, reconoceremos que nada valemos ante Dios.

Luego de eso, nos queda un larguísimo trecho para llegar a ser humildes, para andar ese camino de la humildad. Y es muy importante saber que ese camino de la humildad es equivalente al camino de la santidad, que nos lleva a Dios, que nos lleva al cielo.

Todos tenemos que ser santos. Es lo que Dios nos pide, para eso nos ha creado: para ser santos; es decir, para vivir de acuerdo a Su Voluntad. San José de Calasanz decía: “Si quieres ser santo, sé humilde. Si quieres ser muy santo, sé muy humilde”.

La humildad es el fundamento  de todas las demás virtudes. Lo contrario de la humildad es el orgullo, así que, si la humildad es el fundamento de todas las demás virtudes, se deduce que el orgullo es la raíz de todos los pecados. Y es raíz del pecado, porque –si aplicamos las palabras de Santa Teresa sobre la Humildad al orgullo- resulta que es no andar en verdad.

El orgulloso es básicamente creernos no-dependientes de Dios. Y el creernos no-dependientes de Dios nos lleva al pecado… Y lo que es peor: nos puede llevar a justificar el pecado.

Por eso la Lectura del libro del Eclesiástico (Sir. 3, 19-21 y 30-31) nos dice así: “No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad”, es decir, está arraigado en el pecado.

Y “no hay remedio”, se refiere a nuestro camino hacia Dios. Es decir: no podremos llegar a Dios y a la felicidad eterna, aquéllos que no reconozcamos nuestro justo valor ante Dios… (es decir:    que nada valemos ante Él). Y tampoco podremos llegar aquéllos que no reconozcamos nuestra total dependencia de Él…en todo.

También nos recomienda el Libro del Eclesiástico que debemos hacernos pequeños, y que sólo Dios es poderoso. Sin embargo el problema está en que la humildad es una virtud despreciada por el mundo y al orgullo se le da un gran valor.

Y esto no debe sorprendernos porque el mundo nos vende lo contrario a lo que Dios desea. El mundo es regido por “el príncipe de este mundo” –que es uno de los nombres que da la Sagrada Escritura al Demonio. Este nos engaña, y nos hace creer todo lo contrario a lo que Dios desea.

El mundo nos vende la idea de que los primeros puestos son los mejores. El mundo nos vende la idea de que las glorias humanas y los reconocimientos humanos son muy importantes. El mundo nos vende la idea de que los privilegios y el poder son muy necesarios. El mundo nos vende la idea de que creernos una gran cosa es algo bueno.

Como vemos, todo lo contrario a lo que significa la humildad, que es reconocer que nada somos y nada valemos ante Dios. Y también de que nada podemos sin Dios.

A veces nos creemos my capaces por nosotros mismos y muy independientes de Dios… Y ¿nos hemos detenido a pensar –por ejemplo-  si podemos siquiera hacer palpitar nuestro corazón por nosotros mismos? ¿Qué sucede cuando Dios no hace palpitar nuestro corazón?..¿Qué sucede?… Sabemos lo que sucede ¿no?…. ¿Cómo, entonces, podemos vivir independientemente de Dios, buscando hacer nuestra voluntad y no la de Dios?……¿Cómo?…….

Y el mundo últimamente nos está vendiendo una idea que se nos ha metido por todos lados…. ¡hasta en la Iglesia!…. Ustedes reconocerán este nuevo término muy moderno, porque se repite por todos lados: “auto-estima”.

La llamada auto-estima es todo lo contrario a lo que es la humildad. Recordemos que nada valemos ante Dios… nada somos sin Dios. De nuestra cuenta sólo podemos y sabemos pecar. No somos capaces por nosotros mismos de hacer nada bueno.

Eso dice San Alfonso María de Ligorio. Y también dice: “Cualquier bien que hagamos viene de Dios. Cualquier cosa buena que tengamos pertenece a Dios”.

San Ignacio de Loyola define la humildad como la renuncia de tres cosas: renuncia a la propia voluntad, renuncia al propio interés, y renuncia al propio amor.  Y el propio amor o amor propio es justamente la auto-estima que tanto se nos pregona, para –supuestamente- poder ser felices.

El Evangelio nos habla de los puestos; y los primeros puestos se refieren a esas cosas que nos vende el mundo:
Glorias, alabanzas, reconocimientos, poder, mando, honores, privilegios, creerse grande, querer ser grande y poderoso, alardear de lo mucho que sabemos, creer que podemos sin Dios, buscar ser reconocido, hacer las cosas para que nos crean muy buenos y muy capaces, creernos mejores que los demás, creernos que somos una gran cosa, creer que merecemos lo que tenemos y muchas cosas más, confiar en las propias fuerzas y no en Dios, buscar hacer nuestra propia voluntad y no la de Dios, etc….. Todas estas cosas nos la vende el mundo.

Pero la humildad es todo lo contrario: es hacer las cosas porque Dios las quiere así…. Es buscar la gloria de Dios y no la propia… es no buscar, ni reclamar honores ni reconocimientos… es no hablar de uno mismo, ni alardear lo mucho que somos y tenemos…. Es saber que nada podemos sin Dios… es saber y reconocer que somos totalmente dependientes de Dios… es hacer las cosas como Dios quiere,  sin buscar reconocimientos…. Es dar gracias a Dios por lo que somos, por lo que hacemos y por lo que tenemos… es saber que nada podemos sin Dios, pues nuestra fuerza está en Dios. Es creer, de verdad, que nada somos ante Dios.

Ahora bien, debemos tener en cuenta que la humildad no consiste en negar las cualidades que Dios nos ha dado, sino en saber y reconocer que todo nos es dado por Dios. Todo lo que tenemos nos hace creer que esas cosas las logramos nosotros mismos.

Es así, entonces, como reconociendo nuestra verdad, “andando en verdad”, se cumple lo que el Señor dice en el Evangelio: “el que se humilla será engrandecido”. De no ser así, nos sucederá lo contrario: “el que se engrandece será humillado”.

Así, podremos llegar a ser de esos “espíritus justos que alcanzaron la perfección” de los cuales nos habla la carta a los Hebreos (Hb. 12, 18-19 y 22-24). Son los Santos… Y todos ellos han sido humildes.

El salmo 67 nos recuerda la grandeza de Dios y la pequeñez humana, las cosas que Dios hizo por su pueblo y que siempre hace por nosotros.

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