Ya estoy harto

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En estas últimas semanas todos hemos sido informados sobreabundantemente acerca de presuntos delitos cometidos por sacerdotes o religiosos. Ha quedado suficientemente clara la intencionalidad de aquellos medios que han recabado dichas informaciones. Todos hemos sufrido con y por esas críticas que se han levantado contra la Iglesia, y por ende, contra todos los que formamos parte de ella.

Ha servido todo esto para volver a poner en tela de juicio distintos aspectos de nuestra fe y tradiciones, reavivando los mismos argumentos que siempre han sido piedra de tropiezo para algunos.

A raíz de todo este enjambre de noticias y críticas, retornan al pensamiento y a los labios de muchos las mismas acusaciones que en un sin fin de ocasiones la Iglesia ha sufrido, y en concreto nosotros, en Fuente Palmera, hemos recibido también: que si las riquezas de la Iglesia…, que si la dictadura de los curas…, que si el machismo de la Iglesia…, que si son unos reprimidos…, que muchos golpes de pecho pero luego…, y toda una sarta de demostraciones por parte de aquellos que se mantienen a distancia de los cristianos con la intención de dejarnos en ridículo, calificándonos, en la mayoría de ocasiones, de retrógrados, incultos, timoratos, llenos de cerrazón, intolerantes, extremistas…

Pues bien, como diría un amigo mío: “Lo siento, pero tengo que decirlo”. No, no voy a quedarme callado, y lo primero que quiero decir es que ya estoy harto. Sí, como lo leéis, estoy harto.

Pero, esperad, primero quiero aclarar las distintas acepciones de ese estar “harto”. En primer lugar, se define como estar fastidiado o cansado. También hace referencia este término a sentirse saciado, incluso sobrado, sobrepasado, o hasta verse superado.

Ahora sí, creo que podéis entender bien por qué digo estar harto. ¿O puede que no? Me parece que todavía no, porque quizá muchos de vosotros creáis que me siento vencido por las críticas que recibimos, o que el cansancio viene de no ser capaz de recibirlas, puede que ese verse sobrado o superado para la mayoría tenga que ver por la avalancha de críticas o chismes que se difunden no sólo en los medios de comunicación, sino en muchos otros sitios, aquí, en la colonia, lugares que bien conocéis (la plaza, peluquerías, pescaderías, carnicerías, bares, cafeterías, y todos esos puntos de información pública de a pie de calle en los que vuelan las noticias).

¡Cuidado! Jamás me habréis oído decir nada semejante. Nunca me habréis visto apenado porque me critiquen ni a mí ni a la Iglesia (“estad alegres y contentos”, dice el Señor). No, por eso no estoy harto. No estoy cansado de escuchar cómo insultan y ridiculizan a tantos cristianos. No señor. Eso no me fastidia. Eso hace que me sienta orgulloso, porque es señal de que van bien las cosas (“si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado primero”, dijo Cristo a sus apóstoles).

El motivo del cansancio, del verme sobrepasado, el sentirme superado es, en primer lugar, el que todas esas personas que se posicionan contra la Iglesia o contra los cristianos, lo hayan hecho por mi culpa, por no haber visto en mí al cristiano que debieran, por haber impedido que vieran en mi vida a Cristo, eso es lo que me duele, eso es lo que en verdad me preocupa. Por ello pido perdón.

Me hace sufrir, y mucho, en segundo lugar, que aquellos a los que Dios ha llamado a la Iglesia vivan en la tibieza, con un pie dentro y otro fuera, dando lugar con ello a que aquellos que nos ven nos critiquen con razón, porque nuestra vida no se diferencia en nada respecto de los que no creen en Dios.

Y me duele profundamente, en tercer lugar, aquellos que llamándose a sí mismos cristianos, traicionan frecuentemente a Cristo. Aquellos que dicen que creen, pero su vida es totalmente contraria a la Fe. Aquellos que a sabiendas rechazan los sacramentos, la oración, las obras de misericordia, escogiendo únicamente aquellos aspectos que les interesan porque en último término repercuten no para gloria de Dios, sino para la suya propia, viviendo henchidos de sí mismos, arrogándose el privilegio de un nombre que ni merecen, ni realmente tienen.

Por eso, desde estas líneas, exhorto a todos aquellos que lean esto a hacer lo que yo mismo he hecho al escribirlo. Algo tan sencillo como comenzar rezando un Padre nuestro y un Ave María, pidiendo varias cosas a Dios: la gracia de la conversión, la santidad, en primer lugar para uno mismo, también para todos los cristianos; y por último, para aquellos que hablan mal de nosotros, que Dios los colme de bendiciones, porque nos están dando la oportunidad de crecer como cristianos, imitando al mismo Señor.

Para todos, Paz y Bien.

  1. #1 publicado por Juani Reyes 28/abr/2010 18:44

    Así es José Carlos, todos estamos hartos de que los medios de comunicación y por extención una gran parte de la sociedad juzguen a personas individuales que cometen atrocidades ya sean sacerdotes, religiosos o cristiano condagrado, como a la totalidad de la iglesia.
    No pasa igual cuando el que comete estos actos es de un colectivo distinto, donde se juzga a la persona sin implicar a los demás en esa falta.

    Creo que en toda esta maraña de información hay un transfondo, y es quitar credibilidad a lo que la iglesia representa.
    También a Jesús le pasó hace 2000 años y no se rindió, incluso en la cruz dijo; “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”.

    El mensaje de Cristo parece que no interesa, molesta a una sociedad en la que prima el éxito, el individualismo, el egoismo, todo aquello que choca con lo que el buen cristiano debería practicar realmente.

    No justifico en absoluto los pecados cometidos por personas que representan a la iglesia, por el contrario, su gravedad es más grande si esa persona tiene consciencia de pecado, y hay que juzgarlos de la misma forma, pero no como iglesia, sino como personas concretas.

    Me gustaría que los medios de comunicación fueran justos en su información y hablaran también de vez en cuando de esa miles de personas que también son iglesia, que dan parte de su tiempo para trabajar por la justicia social, por los derechos de los más desfavorecidos, por los marginados, por los sin techo, y por supuesto de aquellos que no dan parte sino toda su vida en ser las manos del Señor, para obrar por El en los paises más pobres del mundo, incluso en los lugares más marginales de nuestras ciudades, allí donde otros no se atreven a llegar.
    Pero en fin, esto no es rentanble, no crea debate ni polémica.
    Esto también es iglesia, la que de verdad ha entendido el mensaje de Jesús.

    Hay otro grupo, que como dicés José Carlos, estamos en la tibieza, intentando merecernos el nombre de cristiano, con la confianza de que el Señor nos conquiste de verdad y nos dejemos llevar por El, ahí me veo yo reflejada, y me duele que por mí juzguen a mi querida iglesia.
    El cristiano digno de llevar el nombre tiene que ser coherente, predicar con el ejemplo y actuar desde la convicción del evangelio.
    Personalmente admiro a los consagrados que renunciáis a muchas cosas en vuestra vida, para hacer digna la misión de cuidar y pastorear como Jesús os dice cada día, a su rebaño.
    Con la Fe estas críticas os hacen fuertes, porque os identificáis más con Jesús, al que alguno de los suyos lo traicionaron y negaron, no es nada nuevo, es lo que Jesús predijo y se sigue y se seguirá haciendo realidad, mientras moleste el mensaje de Jesús, que nos llama a transformar nuestra vida dejando nuestro egoismo a un lado.
    Ánimo José Carlos!!el Señor ve más allá de lo que ven nuestros ojos; ve nuestro corazón.

    Un abrazo.

  2. #2 publicado por Patricio 1/may/2010 23:31

    Comparto tu experiencia y testimonio, Jose Carlos, en todo. Es año sacerdotal y creo que hay “alguien” que no está demasiado conforme, con que haya miles de personas rezando y sacrificándose, para que miles de sacerdotes sigan alegres en su entrega, en su celibato, y en seguir arracándole almas del infierno para la Gloria Eterna y para su Iglesia. Una Iglesia que es bella como la “novia que se adorna para su Esposo”y aunque tiene defectos, se lavan en casa, porque el primero que tiene que hacerse santo soy yo, para santificar. Dejemos ya la crítica desde la barrera y echémonos al ruedo que hay muchas cosas que hacer y, hablando no se arregla nada. Gracias por esas palabras, Jose Carlos.

  3. #3 publicado por Paco López 3/may/2010 18:02

    Cinco párrafos del arzobispo de Tánger

    “En medio” colocaron a la adúltera sus acusadores. “En medio” se quedó la mujer cuando los acusadores, uno a uno, se escabulleron, dejándola sola con Jesús. “En medio” pusieron a la mujer, pero a quien pretendían comprometer y acusar, a quien de verdad querían poner en medio, era a Jesús (Cfr. Jn 8,1-11).

    Hoy, letrados y fariseos han colocado “en medio” al monstruo, al clérigo sorprendido en flagrante delito de pederastia, y no lo han llevado al tribunal competente para juzgarlo conforme a justicia, sino que se lo han llevado a su madre, a la Iglesia, lo han tirado como basura a sus pies, para ponerla “en medio” a ella, para avergonzarla a ella, para comprometerla y condenarla a ella.

    Letrados y fariseos, gente estéril, senos que nunca han conocido la vida ni la ternura, pretenden que una madre condene a su hijo: si no lo condena, no es justa; si lo condena, no es madre.

    Letrados y fariseos, arrogantes, soberbios e hipócritas, insisten en preguntar a la madre: “Tú, ¿qué dices?” Preguntan como si ellos fuesen inocentes del crimen que fingen perseguir. Y se lo pregunta a ella, a la Iglesia que, como supo y como pudo, ha intentado siempre educar en el amor y en la virtud a sus hijos. Se lo preguntan a la madre los mismos que han destruido a su hijo: los profetas de la revolución sexual, los que instigan a los niños a masturbarse, los mercaderes de pornografía, los expertos del turismo sexual, los que consideran la prostitución un trabajo y la castidad una aberración.

    Hoy la Iglesia, como ayer Jesús, encara a los acusadores con la realidad de sus propias vidas: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Hoy como ayer, la Iglesia como Jesús, habrá de inclinarse para cargar con el peso de sus hijos, con la culpa de sus hijos, con la muerte de sus hijos. Cuando se incorpore, allí, “en medio”, estarán solos ella y sus hijos, con un dolor sin palabras y un amor sin medida.
    + Fr. Santiago Agrelo
    Arzobispo de Tánger

    El texto del Arzobispo de Tánger es sugerente, pero no acaba de convencerme del todo una postura “a la defensiva”, como si no tuviéramos en la iglesia todos, una parte de co-responsabilidad y de con-sentimiento. La iglesia “somos” víctimas de acusaciones y juicios, pero hay otras víctimas que han callado y otros perdonadores que pecaron de comprensión, de prudencia y de proteccionismo, cuando había, en primer lugar –pienso- menores a proteger.

    Quizás venga bien recordar aquellas palabras de Khalil Gibran:
    El Profeta.”Háblanos del crimen y el castigo”

    A menudo os he oído hablar de aquel que comete una falta como si no fuera uno de vosotros, sino un extraño y un intruso en vuestro mundo.
    Pero yo os digo que , así como el piadoso y el honrado no pueden elevarse más allá de lo más sublime que existe en cada uno de vosotros, así el débil y el malvado no pueden caer más bajo que lo más bajo que existe también en cada uno de vosotros.
    Y así como una sola hoja no se vuelve amarilla sino con el invisible conocimiento del árbol todo, así el que falta no puede hacerlo sin la voluntad secreta de todos vosotros.
    […]
    Y cuando el hilo negro se rompe, el tejedor debe revisar la tela entera y controlar también el telar,
    Si alguno de vosotros trajera a juicio a la mujer infiel, haced que se pese también el corazón de su marido en la balanza y mida la verdad de su alma.

    Paco

(No será publicado)