Presentación y pregón Purísima Concepción 2013

por

PRESENTACIÓN DEL PREGONERO

Por Eduardo Ruiz Villamor

 

Dignísimos y reverendos Sres. Párrocos y Sacerdotes de Fte. Palmera, siempre en nuestro corazón

Junta de Gobierno de la Hermandad de la Purísima

Miembros de la Adoración Nocturna

Junta de Gobierno del resto de Hermandades

Queridos hermanos y feligreses de la Colonia de Fuente Palmera

 

 

Quisiera dedicar mis primeras palabras de agradecimiento a la Junta de Gobierno de la Hermandad de la Purísima Concepción por haberme propuesto para presentar al pregonero de esta festividad en honor a la Purísima Concepción de María Santísima.

Al tratarse de mi padre, Manolo, al que todos conocéis, parecía a priori tarea fácil, pues sería muy cómodo para mí hablaros de él desde la perspectiva de hijo. Sin embargo, sería muy difícil no caer en la autocomplacencia y el elogio desmedido, por otra parte lógico, que todo hijo tiene por su padre. Por otra parte, no sería justo, en la medida que, como ha reconocido nuestro querido Papa Francisco, somos una Iglesia de pecadores desde el primero hasta el último; eso sí, una Iglesia militante que camina junta para, con la ayuda de Dios, llegar a ser esa Iglesia triunfante que, a través de su Hijo, Él concibió.

Por ello, quiero agradecer nuevamente a quien me puso en esta disyuntiva por hacerme reflexionar sobre quién es mi padre, pero desde la perspectiva del cristiano, y ya la tarea no es tan fácil. Estoy convencido que entre las luces y sombras que a todos nos acompañan, hay unos dones que Dios nos otorga, como se dice en la parábola de los talentos y que, si no renunciamos a ellos y los sabemos cultivar, al final brillarán como Luz Verdadera. Y puesto en esta tesitura, por fin entendí que, siendo Dios Amor y Perdón, sólo desde el corazón puede analizarse al prójimo para descubrir sus bondades.

Llevando a la práctica todo lo anterior, y aplicado a la persona de mi padre, me doy cuenta que la cosa que más me ha llamado la atención siempre de él es su extremada sensibilidad y capacidad de emoción, y que comprendo porque gracias a Dios yo también he heredado parte de ella. Y abundando en esta pública reflexión me hago otra pregunta ¿qué es la emoción para un cristiano?. Al principio pensé, creo que como la mayoría, que serían la empatía, la conmiseración y todas aquellas circunstancias que nos hacen partícipes del sufrimiento ajeno poniéndonos en disposición de practicar la más elevada de las virtudes, la caridad. Sin embargo, como signo identitario, comprendo que ser caritativo con el prójimo no es exclusivo del cristiano, puesto que también lo practican personas de otras confesiones, incluso un ateo puede ser caritativo. Por tanto, la capacidad de emoción para un cristiano debe ser algo más profundo si cabe, y a falta de mejores palabras para expresarlo quiero compartir con vosotros esta bella cita de Margarita de Angulema cuando a través del personaje de doña Oisille dice:

 

“Y si me preguntáis la receta que me tiene tan alegre y sana en mi vejez, es que así que me levanto, tomo la Biblia y la leo, y veo y contemplo la voluntad de Dios, que por nosotros envió a su Hijo a la tierra a pregonar la buena nueva y su santa palabra, en la que promete la remisión de los pecados y la satisfacción de todas las deudas por el regalo que nos hace de su amor, pasión y martirios. Estas reflexiones me infunden tanta alegría que cojo mi salterio y, con la mayor humildad posible, canta mi corazón y pronuncia mi boca los hermosos salmos que el Espíritu Santo compuso en el corazón de David y de otros autores”.

 

Pues este es mi padre, una persona capaz de emocionarse y de llorar, cuando lee y pronuncia la palabra de Dios; lo que siente su corazón exactamente no lo sé, eso es algo entre él y nuestro Señor. Por otra parte, debo decir que de mi padre aprendí que nosotros no escogemos al Señor, Él es el que nos escoge, y estoy convencido que la emoción que experimentamos en estas circunstancias es una prueba irrefutable de que somos los elegidos para sentarnos en su Santa mesa, pues a pesar del libre albedrío con el que podemos gobernar nuestras vidas, Él toca nuestro corazón de tal forma que no podemos, ni queremos, mantenernos indiferentes a su Palabra.

En fin, espero que sepáis perdonar esta especie de presentación-disertación que acabo de hacer, pero creo firmemente que cuando usamos el corazón, verdadero oído y boca del alma, acabamos por ser meros transmisores de lo que el Espíritu Santo nos confía y regala en cada momento de nuestras vidas.

No quisiera terminar esta intervención sin dedicar unas breves palabras a mi madre y de paso poner en valor otra virtud de mi padre. La virtud a la que me refiero es la enorme abnegación y generosidad con la que mi padre atiende ciertas e imprescindibles labores domésticas que liberan a mi madre de esa carga para que ella pueda contribuir a atender esta otra que también es nuestra casa, la casa del Señor, y que hoy podamos prepararnos para esta solemne festividad, como nuestra Señora La Santísima e Inmaculada Virgen María merece, en una Iglesia preciosa y magníficamente engalanada.

Sin más dilación quiero cederle la palabra a nuestro pregonero, no sin antes pediros, queridos Hermanos, que recemos todos juntos para que tenga la serenidad suficiente para pronunciar la Palabra ya dada.

Responded conmigo, ¡Oh María, sin pecado concebida, Rogad por nosotros que recurrimos a Vos!.

Muchas gracias.

 

 

PREGÓN DE LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN 2013

Por Manuel Ángel Ruiz de Toro

 

¡Ave María Purísima!

Reverendísimos y queridos párrocos, y ex-párroco añorado, que hoy nos honra con su presencia, y Leopoldo que ha estado con nosotros todos estos días.

Querida hermana mayor y junta de gobierno de la Purísima Concepción.

Hermanos mayores y miembros de las Cofradías de la Colonia, y feligreses en general.

A finales de Octubre, estando en casa un día, me dice mi mujer: Manolo, sal que aquí te buscan. Salí y me encontré con María del Valle Urban y con Enrique. Vosotros diréis, les dije. Respondió María del Valle: Hemos venido para pedirte que te ocupes tú este año de pronunciar el pregón de la Purísima. Yo me quedé de piedra: Pero si yo no he hecho nunca un pregón ni hablado en público, a excepción de hacer alguna lectura de la Misa. Bueno, replicó María del Valle, es igual, pero tú sabrás hacerlo. Y antes de que pudiera hablar, añadió: Además, si amas a la Virgen, no puedes negarte. ¡Encerrona total! ¿Cómo iba a decir que no?

Hago este preámbulo para que, si el pregón no sale bien, sepáis quienes son los culpables.

Primero me vais a permitir que relate cómo la Santísima Virgen, en su advocación de Purísima, unas veces, y de Inmaculada otras, ha presidido los momentos más importantes de mi vida.

Vine al mundo en Puente Genil, a la sombra de su Patrona, la Purísima Concepción. Fui monaguillo en el  Colegio de los Padres Franciscanos. Hice mi primera comunión y recibí mi confirmación algo después, de manos del Sr. Obispo de Córdoba, Fray Albino González. Y di mis primeros pasos como adorador en la sección de Tarcisios de la Adoración Nocturna de Puente Genil. Por todo ello, doy gracias a Ntra. Señora.

Por motivos de traslado de mi padre, nos desplazamos a Córdoba, cuando tenía 11 años, y fijamos nuestra residencia en Avda. Medina Azahara, junto a lo que luego sería el Barrio de Ciudad Jardín, que entonces comenzaba a construirse.

Unos 4 años después, ingresé en las Congregaciones Marianas, radicadas en la Real Colegiata de San Hipólito, y regidas por los padres de la Compañía de Jesús.

Allí, rezábamos la sabatina en la capilla, cuyo altar, estaba presidido por una Imagen de la Inmaculada.

Ante ella, recé también, casi todas las penitencias de mis confesiones de adolescente. Algunas veces acompañado por mi director espiritual, Justo Ponce de León, S.J., el que Dios puso en mi camino y no ceso de darle gracias por ello.

Poco después, se erigió la parroquia de Ciudad Jardín, cómo no, bajo la advocación de la Inmaculada. Allí, a los pies de la Virgen, mi esposa y yo, nos hicimos los votos matrimoniales, en 1969.

Un año después, bauticé a mi primer hijo, bajo los auspicios de la Inmaculada. Y dos años después, di el último adiós a mi padre. Como mi mujer añoraba su pueblo, con el correr de los años, y mi jubilación, acabamos por radicarnos definitivamente en Fuente Palmera, a los pies de su Patrona, la Purísima. Y así espero que el camino que comencé al amparo de la Purísima, termine aquí a sus pies también, cuando el Señor decida llamarme a su presencia.

Y ahora me permitiréis que haga un breve recorrido histórico, muy simplificado, pues el tiempo nos limita, sobre los acontecimientos más sobresalientes en relación con nuestra Señora y su proclamación solemne como Inmaculada-Purísima Concepción por el Papa beato Pio IX. Un Papa muy celebrado por su proclamación del Dogma, y, profanamente conocido por los deliciosos dulces granadinos, que se elaboraron en su honor: los famosos piononos de Santa Fe.

Ahora ya en serio, expondré mis reflexiones sobra la Santísima Virgen y su concepción Inmaculada. Sólo serán unas pinceladas, pues no hay libros suficientes para contener todo lo que se puede decir de ella.

En el principio, Dios creó al hombre y la mujer a su imagen y semejanza. Los creó en estado de gracia, inmortales como los ángeles del cielo, pero, al cometer la trasgresión, sucumbiendo a la tentación del diablo, adquirieron la mancha del pecado original para ellos, y nosotros, sus descendientes, perdiendo, entre muchas otras cosas, la inmortalidad. Adán y Eva, fueron expulsados del jardín del Edén, y, en Génesis, 3-15 ss, Dios dice a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer, entre tu linaje y su linaje. Ella aplastará tu cabeza, mientras tu le acechas el calcañal o talón”.

Esta es la primera referencia a la Santísima Virgen. Su linaje no es otro que Nuestro Señor Jesucristo, que derrotará a Satanás, no ya con el poder de su divinidad, sino con la flaqueza de su Humanidad, ganando así para nosotros la inmortalidad, perdida por la trasgresión de Adán, una vez resucitado y triunfante de la muerte.

Pasaron los siglos, y, en su momento, Dios envía su ángel a María. Al entrar a su presencia le dice: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turba no entendiendo esta salutación, pues no dijo: ” Alégrate María ….”, sino “Alégrate, llena de gracia”, como si éste fuera su nombre. Ya aquí intuimos que María estaba exenta de pecado, incluso del pecado original. A partir de aquí María pasa discretamente desapercibida, pues ella sabe que el protagonista es su Hijo y la misión que Dios le ha encomendado. Ella supo, sin duda, desde el principio a qué se comprometía, cuando dijo “Hágase”, incluso a la terrible pasión que habría de pesar su Hijo, pero también a su resurrección y ascensión gloriosa a los cielos.

No obstante, hay varios sucesos que se nos narran en los Evangelios referentes a ella. Así la vemos en su visita a su parienta Isabel, ocasión para dejarnos ese maravilloso canto a la grandeza de Dios y a la pequeñez de su esclava, el Magníficat. O cuando presenta a su Hijo en el templo y Simeón le dice, “… una espada atravesará su pecho”, pero María no muestra extrañeza, pues ella bien sabe todo por lo que ha de pasar.

O cuando asiste a las bodas de Caná y al advertir que se les ha terminado el vino, se dirige a su Hijo para que lo solucione. Y, a pesar de decirle El, ¡Que nos va a ti y a mi! Aún no ha llegado mi hora. Ella no opina así y dice a los criados: “Haced lo que El os diga! Bien sabía ella que su Hijo atendería su petición. Y el Señor efectuó su primer milagro, dándose a conocer, y empezó su vida pública. Era necesario este suceso para que nosotros viésemos la poderosa intercesión de María ante su Hijo, y cómo podíamos obtener las gracias a través de su mediación.

Es desde ahora, que María se retira de la escena y no sabemos nada, o casi nada, de Ella hasta el momento en que Jesús es crucificado y desde la cruz pronuncia su testamento. Con su muerte, su madre quedarla sola, por eso dice al discípulo Juan, ¡Hijo, ahí tienes a tu madre! ¡Madre, ahí tienes a tu hijo!. Y el discípulo la recibió en su casa desde aquel momento. Pero esto tiene más profundidad de lo que las palabras indican. Nuestro Señor, antes de morir nos deja, representados en el discípulo, la mayor herencia que podíamos esperar. Nos entrega a su Madre, como Madre nuestra, para no dejarnos huérfanos con su vuelta al Padre.

Y así, deteniéndome sólo en algunos hechos sobresalientes, llegamos al último libro del Nuevo Testamento. Me refiero al libro de la Revelación, o Apocalipsis, de San Juan. Libro que el discípulo escribió en su ancianidad, desterrado en la isla de Patmos. En su capítulo 12, versículos 1 y ss., dice: “Una gran señal apareció en el cielo. Una Mujer vestida de sol, con la luna a sus pies y una corona de 12 estrellas”. Es una clarísima referencia a la Santísima Virgen, en la actitud que ahora representamos en las imágenes de la Purísima-Inmaculada Concepción de María.

Desde los primeros tiempos del cristianismo, la tradición oral, los escritos de los Santos Padres y la piedad del pueblo de Dios, han ido ahondando en las virtudes y méritos que adornan a la Madre de Nuestro Señor. No en vano dijo el Señor a sus apóstoles: ” El Espíritu, que yo os enviaré de junto al Padre, os recordará todo lo que yo os he dicho y os hará llegar a la verdad completa, pues no podéis llevarlo ahora todo consigo”. Al principio, lo más importante era la predicación del Evangelio a toda la creación, siguiendo su mandato.

Así, van pasando los siglos, y llegamos al año 1.303. Lugar, la universidad de la Sorbona, en París. Y encontramos a John Duns Scoto, que imparte clases allí.

El rey Felipe IV, el hermoso, está en disputa con el Papa Bonifacio VIII, y dirige escrito denigratorio contra S.S., y pide que todos los profesores lo firmen como apoyo a la corona de Francia. Juan Duns Scoto, franciscano, se niega a hacerlo, por lo que tiene que abandonar París, y, por indicación de su superior, se dirige a Inglaterra, él había nacido en Escocia, y allí imparte clases en la Universidad de Oxford. Su negativa a suscribir aquel escrito suponía un peligro para él y para la orden franciscana.

Vuelve a París dos años después, en 1.305, bajo el reinado del nuevo Papa Clemente V. Éste le nombra Doctor en Teología, con la cátedra correspondiente en la Sorbona. En su escrito de aceptación, declara que dedicará todos sus estudios a la Inmaculada Concepción le María. De esta forma, entra en conflicto con los dominicos, que, desde Tomás de Aquino y otros maestros se oponían a esta tesis, por lo que piden que Duns Scoto sea expulsado de la universidad. Juan Duns muestra su respeto por el padre Tomás, pero indica que nadie es infalible, excepto Nuestro Señor Jesucristo. Así las cosas, el gran canciller de la universidad propone que haya una discusión pública en la Sorbona, a lo que los dominicos acceden y así también los franciscanos.

Llegado el día, presiden dos cardenales enviados por el Papa en su representación, y asisten 200 teólogos y gran cantidad de alumnos y público en general. Duns escucha en silencio todos los alegatos de los teólogos, y, cuando han terminado, rebate todos los argumentos presentados y basa su defensa de la Purísima Concepción de María en tres puntos:

1º.- Dios Todopoderoso, no sólo puede perdonar los pecados, sino que, por ser perfecto, también puede prevenirlos. Si sólo pudiera sanar los pecados, perdonándolos una vez cometidos, no sería perfecto. Por tanto, hubo de permitir que, al menos un hijo de Adán, se librase del pecado y por eso preservó a María.

2º.- Jesús, Mediador perfecto ante el Padre, merece la absolución de los pecados de aquellos a los que perdona. Por eso, si Jesucristo fue un reconciliador perfecto entre Dios y los hombres, debió actuar de forma que, al menos una persona, fuera preservada del pecado original. Ésta fue su Madre.

3º.- La persona perdonada nunca podrá estar cerca de Jesús, si no recibe de Él el bien supremo que le puede dar, y, con Cristo, se puede obtener la inocencia o la preservación de la culpa, la contraída o por contraer. Nadie tomaría a Jesús como Sumo Mediador, si no hubiera preservado, si quiera a uno, del pecado original. Y ésta fue su Madre.

Después de un descanso, los dominicos presentaron a un nuevo orador, por indisposición del primero. Este dijo que, puesto que María había sido engendrada por un hombre y una mujer, forzosamente tuvo que infectarse en el seno de su madre Santa Ana. Duns respondió: ¿A Dios, que es señor del tiempo y del espacio, se le pudo escapar una fracción de tiempo? ¿O en el instante anterior a la concepción no pudo infundir la gracia en el alma de María, librándola del pecado? Y resumió en el famoso axioma: “Potuit, decuit, ergo fecit”. Que podemos traducir por: “Dios pudo hacerlo, era conveniente, luego lo hizo”. No teniendo más argumentos los dominicos, fue muy aplaudido por todos, y uno de los representantes del Papa se levantó y dijo: “Vencedor, Duns Scoto”.

John Duns murió 3 años después, en 1.308, en Colonia, en cuya universidad había seguido enseñando.

Nuestro amadísimo Papa Beato Juan Pablo II lo elevó a los altares, como beato, el 20 de marzo de 1.993.

Pasan cinco siglos y nos situamos de nuevo en el centro de París, Rue du Bac, nº 140, donde se encuentra la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, fundadas por San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac.

El 27 de Noviembre de 1.830, la Santísima Virgen se aparece a una novicia, llamada Catalina Labouré. Al principio se le muestra con las manos unidas, en la actitud en que vemos ahora las imágenes de la Purísima, pero, al hablarle, extiende los brazos hacia abajo y de sus manos surgen unos haces de luz. Al preguntarle Catalina, qué son aquellos rayos, la Virgen le dice que son las gracias que puede conceder y que aún no le han sido pedidas.

Nuestra Señora le dice a Catalina que mande acuñar una medalla con arreglo a este diseño. Entonces se forma un óvalo en torno a Ella, y, en el borde interior, aparece esta jaculatoria: ¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos! En este momento es la Virgen misma quien está afirmando que fue concebida sin pecado original. Y le recomienda, que, todos los que lleven puesta esta medalla, recibirán grandes gracias, que serán más abundantes para aquellos que la lleven con confianza. Es la que llamamos Medalla Milagrosa.

Otras muchas cosas habló la Virgen con Catalina Labouré, pero no son ahora del caso.

Por cuanto antecede, la iglesia dispuso que el 27 de noviembre se conmemorase a la Virgen Milagrosa, y al día siguiente, 28 de noviembre, a Santa Catalina Labouré, ya canonizada. Permitidme que diga que yo personalmente doy gracias al Señor y a la Santísima Virgen porque decidieron llamar para su servicio a una de mis hermanas, Hija de Ia Caridad, como muchos conocéis.

Damos un salto en el tiempo de 24 años, y nos situamos en el 8 de Diciembre de 1.854. S.S. Pio IX, en su bula Ineffabilis Deus, ex Cathedra, declara que la Virgen María fue concebida sin la mancha del pecado original en el seno de su madre Santa Ana.

S.S. Pio IX, ese día 8-12-1.854, rodeado de 54 cardenales, 42 arzobispos, 98 obispos, y ante más de 50.000 fieles, proclamó solemnemente, como dogma de fe, la Concepción Inmaculada o Purísima de María, siguiendo el principio que ya había utilizado el beato John Duns Scoto, “Potuit, decuit ergo fecit”: Dios podía hacerlo, era conveniente, luego lo hizo.

Finalmente, no podía faltar una confirmación celestial. Nos situamos algo más de 3 años después en un pueblecito del alto Pirineo: Lourdes.

Una pastorcilla analfabeta, llamada Bernadette Soubirous, junto con su hermana y una amiga, va ha recoger leña, junto al torrente del Gave, en la zona de Massabielle. Hay una enorme roca que cubre la entrada de una gruta alargada. Bernadette se retrasa en cruzar el torrente, y al llegar sola ante la gruta, ve una luz en la que se materializa una Señora, joven y hermosa, como ella la describe, que le sonríe y le habla, instándola a rezar el rosario. Es el jueves 11 de febrero de 1.858. A partir de ese momento, Bernadette recibe 18 visitaciones de la Virgen María, que le dice que deben construirle allí una capilla. ¿Pero en honor de quién?, le pregunta su párroco y otros sacerdotes. Le dicen, pregúntale a la Señora quién es. Así lo hace Bernadette, y, en la última aparición, el 25 de Marzo, fiesta de la Anunciación, le responde: “Soy Inmaculada Concepción”, o sea, “Yo soy la Inmaculada Concepción”. El cura queda muy sorprendido. Bernadette, inculta y con poca instrucción religiosa, asegura que ella no sabe lo que significa, en respuesta a la pregunta del párroco.

En definitiva, en 1.862, la Iglesia declara auténticas las apariciones y rápidamente Lourdes se convierte en uno de los mayores centros de peregrinación, debido a los milagros y prodigios que se producen a partir de entonces, al beber el agua de la fuente, que la Virgen había hecho brotar junto a la gruta.

Bernadette se retiró al convento de las Hermanas de Nevers, donde finalmente fue admitida, convirtiéndose en Sor María Bernarda. Murió en 1.879, a los 35 años de edad, después de una dolorosa enfermedad. Fue declarada santa en 1.933, no ya por las apariciones, sino por su vida de humildad y servicio. Su cuerpo se conserva incorrupto.

Por todo lo anterior, permitidme os exhorte a que pongáis a los pies de la Purísima todos vuestros problemas y deseos. Insistiendo una y otra vez, con fe y constancia, que Ella no os defraudará y os conseguirá las gracias que necesitéis de su Hijo y Señor Nuestro Jesucristo.

Y para demostrar nuestro amor a la Santísima Virgen, bajo su advocación de Purísima Concepción, acompañemos masivamente a su Sagrada Imagen, en procesión, por las calles de nuestro pueblo, como símbolo público de nuestra fe y amor a nuestra patrona. Decid conmigo:

 

¡¡¡ Viva la Purísima !!!

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