Siempre en mi memoria y en mi oración

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Pienso que a todos nos suele resultar muy difícil, a veces,  expresar con palabras nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras vivencias o simplemente un pensamiento que se nos cruce por la cabeza y, más aún, cuando ese sentimiento o esa vivencia está relacionada con la fé. Para mí resulta especialmente difícil porque nunca lo he hecho, porque nunca he plasmado sobre un papel lo que he vivido o he sentido, pero creo que la razón que me impulsa hoy a hacerlo es más que justificada y por lo tanto aquí estoy.

Estaréis pensando qué es lo que quiero decir o qué es lo que quiero contar, pues para estrenarme como escritora os quiero narrar (al menos lo intentaré) el encuentro que tuve con el Señor hace hoy justamente tres años.

Al empezar a recordar e intentar ordenar las ideas en mi cabeza, los ojos se me inundan de lágrimas (cosa normal en mí por otro lado) pues , como no puede ser de otra manera, por lo general,  el Señor se nos manifiesta de forma más clara en los momentos de cruz y de sufrimiento y yo tengo que decir que me lo encontré cara a cara.

Hace hoy tres años que murió mi abuela, y como todos solemos decir, y en verdad es así, es ley de vida que personas con cerca de 90 años nos dejen, pero ella,  una mujer buena y con mucha fé, tenía antes de irse a reunirse con el Padre que servir de instrumento al Señor para darnos a todos una gran lección.

Siempre nos han dicho, y el mismo Señor Jesucristro nos lo demostró, que a través de la cruz y el sufrimiento alcanzaremos la Salvación y que además la podremos obtener no sólo para nosotros sino también para aquellos por los que pedimos y todo reforzado con la oración, ¡ qué bien lo sabía ella!.

Mi abuela llevaba varios años en los que su vida se iba apagando poco a poco, primero deja de andar, después ya casi nunca nos conocía, deja de hablar y en sus últimos meses apenas podía comer. Llegó un día en que su situación era ya tan crítica que la llevamos al hospital y cuando ingresó nos dijeron los médicos que podía morir en cualquier momento, que no podían hacer practicamente nada por ella, ¡qué equivocados estaban los médicos y nosotros!.

Desde que ingresó hasta que murió, transcurrieron 14 días, en los cuales sufrió muchísimo, la tuvieron que sondar para poder alimentarla, tuvo hemorrágias intestinales, gritaba de dolor no sabemos de qué, pero en medio de todo un día empezó a decir  de forma casi milagrosa porque hacía meses que no hablaba: “¡padre, padre!” y nosotros pensamos que como se encontraba muy mal se estaba acordando de sus padres, pues dicen que es normal en las personas en su estado que busquen la figura del padre o de la madre como instinto de protección y ayuda, pero cuál fué nuestro asombro cuando siguió diciendo, mejor balbuceando: ” que estas en los cielos”, ¡estaba rezando!, nos apresuramos los que estábamos a su lado a seguir la oración pues ella no podía y cuando acabamos nos dijo: “rezarme” y no dejaba de repetirlo una y otra vez y mientras lo hacíamos notábamos como se tranquilizaba y se llenaba de paz.

Una noche en la que me encontraba allí y me acerqué a ella para despedirme pues me venía para el pueblo me dijo “adios hija”, nunca lo olvidaré, pues llevaba meses por no decir casi años sin apenas hablarme y sin conocerme, entonces mi tía aprovechando que estaba más tranquila y que atendía cuando le hablábamos llamó a D. Patricio y éste se desplazó al hospital y le administró el sacramento de la unción y la bendición de su Santidad el Papa.

Todo lo que llevo narrado hasta aquí de por sí es motivo para meditar sobre ese gran misterio para el hombre que es la muerte, como decía la madre Teresa de Calcuta, pero también para hacernos caer en la cuenta que el Señor no nos abandona ni nos deja solos cuando de verdad creemos el Él y así se lo pedimos y este era el caso de mi abuela.

Después de sus 13 días de “pasión” faltaba el último día en el que su agonía se agudizó, casi insoportable para mí que la estaba viendo, ya no dijo nada más, ya no abrió más los ojos. Toda su familia estuvimos casi 24 horas a su lado, rezando y pidiendole al Señor que se la llevara ya para que el sufrimiento no se prolongara por más tiempo. De madrugada estando nosotros destrozados por el dolor que sentíamos y por ver el dolor y el sufrimiento de ella, entró una enfermera en la habitación (para mí un ángel enviado por Dios para consolarnos, pues Él se vale de las personas para hacer sus obras), nos miró a nosotros y se acercó a ella, empezó a acariciarle la cara mientras le iba diciendo que no temiera que pronto estaría con el Señor, que cuando estuviese frente a Él le pidiera por todos nosotros, recuerdo que le dijo: “pidelé por la enfermera Mercedes”, de esta forma se pasó un buen rato, hablando de La Pasión del Señor, de que a través de la misma Jesucristo nos abrió las puertas del cielo.

Yo escuchaba aquellas palabras y no podía articular ni una,  pues aquella mujer, a la cual no he vuelto a ver, nos estaba consolando a la vez que nos transmitía una gran fé y una gran paz, ¡¡Cuánto daría ahora por tener grabadas aquellas palabras que con el paso del tiempo se han ido borrando de mi memoria pero jamás del corazón!!.

Amaneció un Domingo espléndido (el día del Señor), pero mi abuela seguía en su agonía, llegaron las 11 de la mañana y decidí bajar a la capilla a Misa. Durante la Eucaristía pedí que acabara aquel sufrimiento. Cuando terminó la celebración me fuí rápidamente para la habitación y cuando me acercaba a la puerta una enfermera entró delante de mí, la habían avisado mi madre y mi tía, mi abuela acababa de morir. Yo me acerqué a ella, la acaricié y le dije que estaba segura de que estaba ya en el cielo, que no podía haber ninguna duda después de haber vivido todo lo acontecido durante esas dos últimas semanas y cuál fué mi sorpresa cuando me volví hacia la enfermera que estaba junto a la cama y la veo llorar, no lo entendía, ¿cómo una enfermera lloraba por la muerte de una anciana a la que no conocía? ¿cómo lloraba por ella, si es de suponer que esta enfermera habría visto morir a muchas personas debido a su trabajo?. Estaba claro que allí no sólo estaba el cuerpo sin vida de una anciana, mi abuela, sino que casi se podía palpar, se notaba que nuestro Señor Jesucristo estaba junto a nosotros, de hecho ella tenía entre sus manos el pequeño crucifijo que me habían regalado cuando hice Cursillos y que se lo había puesto yo esos días para que se aferrara a Él.

El Señor no hace las cosas por casualidad, todo adquiría en aquel momento mucho sentido.

Toda la vida de mi abuela (según me había contado mi madre) había sido un darse a los demás, cuidando de los que la rodeaban, primero a  su padre cuando era apenas una niña, después a su madre que estuvo años con medio cuerpo paralizado debido a una cogestión y la cual no se podía mover, al tiempo tuvo que cuidar de un hermano que enfermó de los nervios y que acabó suicidándose, después de mi abuelo, su marido, que estuvo 4 años en la cama debido a una trombosis cerebral y cuando murió mi abuelo y ella era todavía relativamente joven, comienza la demencia senil y el alzehimer y para remate su larga agonía, ¿qué sentido podía tener toda su vida?, pues el Señor con su infinito amor, la supo premiar abriéndole de par en par las puertas del cielo y aprovechando este acontecimiento para darnos la esperanza cierta del más allá y hacernoslo ver de forma tan palpable.

Cuando hablé con D. José Carlos para preparar las lecturas del funeral, después de meditar un rato, pensé que el mejor regalo para despedirme de ella es que en el Evangelio se leyera la oración que el mismo Jesucristo nos enseñó: el Padrenuestro y aunque quizás no sea la lectura más habitual o más adecuada para un funeral, después de haberla repetido tantas veces, por petición de ella, en los últimos días, no exitía otra mejor.

Para terminar, sólo decir, que tenemos que reforzar nuestra fé con la ayuda de la oración, que tenemos y que debemos tener nuestra esperanza en Jesucristo y que la creencia de que nuestra vida está ligada al Señor nos ha de servir para no desfallecer ante las adversidades, nuestra recompensa está en el cielo.

Que los que nos han precedido en la fé, intercedan por todos nosotros ante nuestro Señor Jesucristo.

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  1. #1 publicado por Rafa 21/jun/2010 13:15

    Para mí, es muy seguro que todos nuestros difuntos familiares están contínuamente intercediendo por nosotros ante Dios, y apelando a su misericordia. Pero ellos lo hacen con la seguridad de estar ante Él, y por lo tanto con toda la fe.
    En momentos como los que describes, es cuando, a los que aún estamos aquí, Dios nos manda un nuevo soplo de fe, porque al que se lleva la va a tener toda ya, y posiblemente por un instante, la oquedad de cielo que se abre sobre esa persona, los cercanos a ella lo veamos reflejado en su esperanza, y lo percibamos levemente.

  2. #2 publicado por Patricio 21/jun/2010 18:20

    Querida Pilar, me has recordado detalles de los cuáles no me acordaba y me emocionan, porque la abuela Felisa ha sido de las personas que ha dado el sentido más profundo a mi sacerdocio. No la conocí desde mucho tiempo, pero denotaba mucho cariño por el Señor en la Comunión. Saber que tu ministerio sacerdotal,con todas las miserias que pueda uno tener, sirve para mandar gente al Cielo, es de los sentimientos más grandes que se pueden albergar.Las gracias se las tengo yo que dar a ella por el testimonio vivo, dentro de la enfermedad y por hacerme partícipe de su partida hacia la Casa del Padre.

  3. #3 publicado por Juani Reyes 4/jul/2010 15:13

    Gracias Pilar por compartir una experiencia tan grande que pertenece a los más profundo de tu corazón. No es fácil exteriorizar después de tres años unos momentos de tanto dolor, con el realismo y la profundidad que lo has hecho.
    He recordado con tu testimonio a mis abuelos, y como ellos han sido una parte tan importante en mi vida, y por ellos también en mi fe, creo que le debemos parte de lo que somos a esos seres que con los años se hacen más humildes y se acercan más a la petición de Jesús de hacernos como niños y dejar en nuestra memoria virtudes que a fuerza de vivir han ido adquiriendo. Son un ejemplo de fortaleza en la debilidad. Yo también soy testigo de personas en las que el sufrimiento, lejos de separarlas de Dios, las acerca aun mas, pues toman de El la fuerza que les falta para llevar a cabo la misión que le tocó vivir. Y por ellos podemos entender que al final lo realmente importante es el amor que da sentido a todo,y si ese amor está guiado por le fe, se quedará grabado en nuestra memoria y en nuestro corazón.
    Un abrazo Pilar.

(No será publicado)