Testimonio de Nicaragua

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Nicaragua te hace sufrir, a la vez que te conquista el alma..

Mi nombre es Irene, tengo 25 años y soy Psicóloga. Elegí un día esta profesión  con el propósito de estar cerca de aquellos que sufren. Aunque a  veces sólo pudiera regalarles uno de mis suspiros, dos de mis oídos o un millón de mis lágrimas o de mis sonrisas…

Irene Nicaragua misionerosLas piezas de mi gran puzzle van tomando forma día a día, y ya he aprendido que es mejor esperar con paciencia, porque el orden de Dios es lento pero seguro. En unos ejercicios espirituales que hice en el mes del febrero pasado, conocí la existencia de una ONG llamada Videssur que es promovida por salesianas de Sevilla. La oficina de dicha organización está situada justo en el colegio en el que un mes más tarde comenzaría a trabajar.  Lo que otros podrían denominar casualidad ha sido para mí un camino diseñado por el mejor de los arquitectos.

Desde hacía algunos años sentía la inquietud por participar de alguna experiencia misionera y conocer otras realidades de pobreza, donde aquellos a los que Dios amó primero son el instrumento que necesitas para seguirlo y donde poder realmente sentir que a ese a quién das de comer, al que das de beber, al enfermo al que visitas… es realmente Él.

Aprovechando que comencé a trabajar en Marzo, decidí que destinaría lo ahorrado a pagarme el billete de avión a cualquier país pobre. Al ponerme en contacto con la ONG,  S. Loli Ruiz (salesiana responsable),  me preguntaba acerca del lugar al que había pensado ir. Yo respondí que sólo quería irme y que cualquier destino que ella considerara necesitado de mi ayuda, sería de mi agrado. Comenzamos a gestionar todo, y aunque fuera de plazo, pronto nos contestaron desde Nicaragua para decirnos que contaban con mi colaboración ese verano.

En un principio me marchaba yo sola, pero las oraciones que dan fruto a mí me dieron un compañero de viaje muy especial, Manu.  Según nos definieron, habíamos sido los voluntarios más suigéneris de la historia de la ONG. Tras algunos obstáculos que parecían casi insalvables y acompañados por el pasaje “Todo coopera para bien de los que aman a Dios” (Rom. 8,28), acabamos llevando a cabo nuestra misión en la misma ciudad y tratando con la misma gente, acogidos por la misma familia y compartiendo casi cada una de las experiencias que nos acontecieron. Cuántas veces a lo largo de mis días en Nicaragua, he necesitado repetirme ese frase, cuántas veces he esperado que realmente fuese cierta y cuántas veces he deseado que los de mi alrededor también la sintieran real…

Han pasado casi dos meses  desde mi vuelta a España y aun me cuesta  transcribir por escrito las mil imágenes que mi retina guarda, y que fue almacenando durante mi mes de estancia allí, a modo de preciado tesoro, sin emocionarme o derramar alguna lagrima. Es difícil poner palabras a las emociones que sentí entre todos aquellos a los que conocí y que tanto me enseñaron, dejar de visualizar los flashes comparativos entre este país y Nicaragua, adaptarme de nuevo a un mundo desarrollado en todos los sentidos, donde la mayoría tienen para comer, van al colegio, tienen ilusiones y deseos de prosperar y saben que sus sueños posiblemente algún día se hagan realidad; pero lo que más me cuesta es olvidarlos a ellos,  a esos niños pobres, que con sus historias de vida marcaron un antes y un después en la mía propia…

Estuve en Granada, en la segunda ciudad más grande de Nicaragua, que a su vez es el segundo país más pobre del mundo. Pertenece a Centroamérica y se caracteriza por estar entre los dos océanos, además de por su clima tropical húmedo y constantemente caluroso, donde el calor es tan asfixiante como la sensación de no ser nadie, por ser un país que no exporta mercancías, ni adopta niños,  lleno de paradisiacos paisajes, de exquisitas frutas y de absoluta pobreza. El reino del arroz y los frijoles, de los mosquitos llamados “Zancudos”, de las casas construidas de adobe, cartón  y trozos de madera.

Niños colegio NicaraguaMi trabajo estaba en el colegio del Padre Guillermo Blandón, un sacerdote diocesano, que entre sus múltiples proyectos contaba con un  comedor para niños, un dispensario médico, una parroquia en construcción, el colegio San Pablo y la acogida en su propia casa de varios chavales en condiciones familiares muy desfavorecidas. Tenía turno de mañana y de tarde en el colegio. Me derivaban niños de 5 a 18 años que en la mayoría de los casos, nunca habían oído hablar de un Psicólogo, y que lo hacían por primera vez, acudiendo a mí al principio con cierto miedo y después con la libertad de quien cuenta con un aliado. Llegaban a ese despachito de madera que me asignaron, parecido a una casa en un árbol, pequeñito y especial, como los pacientes que tuve dentro de él. Ese cuartito de fregonas se convirtió en un confesionario, y sus rincones aun guardan los secretos de cada uno de aquellos niños…

Es curioso cómo te acabas “acostumbrando” al dolor, a la miseria, a la pobreza, como llega un momento en que todo esto parece normal. Tan normal como les parece a ellos, que al no haber conocido otra realidad, no pueden extrañar lo que nunca tuvieron, y son felices en aquello único que conocen.

Cada uno de los casos que tuve era en sí más grave que todos los que tendré posiblemente juntos en el futuro. Lo más frecuente es encontrar familias desestructuradas, padres que abandonan a sus hijos, madres con seis o siete hijos, cuya prioridad es tener una pareja para sacarlos adelante. Existe un gran mercado de prostitución y son muchos los extranjeros que deciden viajar a este país para aprovecharse de mujeres y de niños, a los que compran con un plato de comida o un helado. Aun recuerdo con dolor, un cartel que un día vi colgado en una casa y que decía literalmente: “Se vende arroz, se venden frijoles y se vende mujer”.

No todos los niños van a la escuela, pues tienen que sustentar a su familia desde que son muy pequeños y se ven obligados a mendigar por las calles, vender chicles y tabaco u optar por ser dependientes de las drogas, para olvidar la situación de verdadera crisis existencial en la que se encuentran. Los niños que van al colegio, lo hacen con pocos recursos, sus familias han de pagar una cuota mensual, que en la mayoría de los casos está muy por encima de las posibilidades con las que cuentan. Muchos de ellos están becados por padrinos españoles o por el propio colegio, y sus notas han de ser muy altas para seguir recibiendo la ayuda.

Cualquier edificio puede ser improvisado para cumplir la función de un colegio. En el de San Pablo, en el que yo trabaje, las clases estaban masificadas (entre 60 o 70 niños) ocupando espacios reducidos, no tenían libros para estudiar y los pequeños aprendían a leer directamente de una hoja de periódico, sin aprender primero a reconocer letras, ni vocales, ni recibir instrucciones progresivas en la adquisición de ninguno de los conocimientos.  No había dibujos en las paredes, ni juegos, ni cuentos, ni noción de que hubiera que haberlos.

Los horarios eran arbitrarios, de manera que las horas de clase se alargaban o acortaban bajo los deseos del director, que durante los recreos amenizaba los juegos de los niños con música reggaetón, con letras sexistas y sexuales que de forma subliminal influía en los valores  y percepciones de los alumnos.

Tuve la suerte de conocer a muchas de las familias de los niños a los que trataba y a través de ellos poder explicarme el por qué de tales sufrimientos. El maltrato es visto como algo inherente a la condición de ser padre, así como el abuso sexual que está extendido en la mayoría de las familias sin considerarse un atento contra los derechos humanos de los menores.  El padre Guillermo, gran conocedor de la realidad de su país, afirmaba: “La peor desgracia de estos niños son sus padres”. Lo duro de esta frase es que realmente es cierta y que yo pude constatarla…

La inmensa mayoría de estas familias vivían en austeras y sencillas casas, que intentando guardar el obligado estilo colonial y los colores cálidos de los que la ciudad se vestía, apenas tenían una habitación para todos los miembros. En una misma vivienda podían cohabitar hasta 15 ó 20 personas. De las que sólo una o dos de ellas trabajaban y en muchos casos como vendedores ambulantes. Es por ello que la alimentación se limita diariamente a un plato de arroz blanco con frijoles, que con suerte es comido en el desayuno, almuerzo y cena. Sin plantear variación alguna.

Sin embargo, es curioso como ellos son capaces de desprenderse del poco arroz con el que cuentan con tal de ofrecértelo a ti. Nunca olvidaré a la familia Darlyng, que como agradecimiento a la atención que habíamos dedicado a sus hijas, nos invitaron a cenar a su casa, advirtiéndonos de la humildad en la que vivían. Me encantaría poder decir que esa noche todos cenamos plácidamente, pero no puedo hacerlo, porque esa noche sólo había cena para Manu y para mí…

Eso es lo sorprendente, las muestras de cariño que recibes, la gran generosidad con la que te agradecen que estés allí entre ellos, participando de sus miserias y llevándoles la luz de otro mundo, que desafortunadamente ellos nunca visitarán.IMG_1697

Aunque bien es cierto que ellos arrojaron sobre mí otra  luz diferente, la de la fe viva, esa que está arraigada en las familias desde que los niños nacen y de la que participan las familias enteras, con verdadero gozo y festividad, con música, palmas y bailes.. Como la única cosa que realmente tienen y aquella que les hace libres y felices.

Uno se plantea la suerte que ha tenido al nacer donde lo ha hecho, teniendo la familia que ha tenido, pudiendo estudiar, teniendo opción a comer cada día algo diferente, haber jugado con juguetes, y haber aprendido a leer con libros.. Parecen cosas tan esenciales que ni siquiera las valoramos y sin embargo, no somos conscientes de que medio mundo vive sin ellas.

Esta experiencia, cada una de esas personas con nombres, apellidos, con historias y miradas no pudieron viajar conmigo hasta España, pero permanecerán para siempre en mi corazón.

Nicaragua duele, pero es verdad que te conquista el alma…

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  1. #1 publicado por Patricio 19/oct/2009 21:51

    Estaba leyendo tu testimonio, Irene, y me estaba imaginando yo también entre esas gentes que tienen su mayor riqueza en el Señor. Nuestra tierra tiene mucho camino que recorrer para darse cuenta que, Sin Dios, ya podemos tener todo lo material, que nos habremos perdido lo mejor que a una persona puede sucederle: LA FE Y EL AMOR DE DIOS. Gracias por tu entrega, tu testimonio y por compartirlo con toda tu Parroquia. Un abrazo

(No será publicado)