Tres años de GRACIA

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Día soleado en la pequeña ciudad de Como, situada en la región de Lombardía, al norte de Italia. Día soleado, pero no tanto como el Viernes Santo, o eso me parece a mí. Puede ser que al ser un día tan esperado para nuestra Hermandad, y después de tres años de lluvias y nubarrones, este Viernes Santo nos pareciera el día más soleado de todo el año. Más que un día de luto y tristeza, para nosotros era un día de júbilo, de alegría, de encontrarse con la familia, con los amigos, de recordar tantos buenos momentos vividos durante años pasados, de conmemorar a los que no están y de dar gracias a Dios por todas aquellas personas que en estos tres años se han acercado a nuestro Cristo. Y es que si echamos la vista atrás ¡Como ha cambiado todo en estos tres años! Tres, un número que aparece en repentinas ocasiones en la Sagrada Escritura y en la Tradición Cristiana, pues tres son las Personas de la Santísima Trinidad, tres fueron los Magos que desde Oriente fueron adorar a aquel recién nacido en un pesebre, tres fueron los apóstoles ante los cuales se Transfiguró el Señor en el Monte Tabor, tres fueron las veces que Pedro negó al Maestro, tres fueron las veces que Pedro dijo que lo amaba, tres fueron los clavos que sujetaron a Jesús al madero, tres los días que el Señor permaneció en el sepulcro antes de su Gloriosa Resurrección, tres fueron los años que el Señor estuvo predicando a todas aquellas gentes de Tierra Santa y tres fueron también los años que estuvo enseñando a aquellos que Él había escogido para continuar con su tarea. Y con este dato me quiero quedar: “Tres años estuvo enseñando a aquellos que él había escogido”. Para mucha gente estos tres años que nuestra Hermandad no ha podido hacer Estación de Penitencia los veían como tres años de castigo que el Señor nos hubiera mandado (como si el Señor fuera un Dios inquisidor, un Dios castigador, cuando es todo lo contrario, un Dios de misericordia, un Dios de perdón). “Algo estaréis haciendo mal, cuando lleváis tres años sin pisar la calle” he llegado incluso a escuchar. Y que razón tenía, algo estábamos haciendo mal. Si comparamos nuestra Hermandad a día de hoy con aquella de hace 3, 4 o 5 años, D podemos apreciar que hay cosas que han cambiado sustancialmente. Hoy día podemos hablar de una verdadera Hermandad, que no solo se reúne cuando se va acercando la Semana Santa, sino que está en contacto permanente todo el año, al igual que ocurre en las familias, y que no solo estamos para los momentos buenos, sino que estamos para los momentos buenos, los regulares y para los no tan buenos, y es que somos la gran familia del Santísimo Cristo de la Sangre. Una familia que ha nacido bajo los brazos extendidos de nuestro Cristo, brazos extendidos para abarcarnos a todos, para abrazarnos a todos, para acogernos a todos, no importa cual sea tu condición social, política, ideológica, y es que el Señor no entiende de distinciones, por ello en esta gran familia hay cavidad para todos, niños y mayores, parejas de novios, matrimonios o solteros, da igual, en esta Hermandad hay sitio para todos, y todos somos importantes, por ello si sientes que el Señor te llama a formar parte de esta gran familia, no dudes en responderle, Él te está esperando con los brazos abiertos. Como bien he dicho antes, nuestra familia nace a los pies de la Cruz. Una Cruz que hace unos años era portada sola y exclusivamente por nuestro hermano mayor, y que al igual que el Señor camino del Calvario, necesitaba de un Cirineo que le ayudara a cargar con ella. En este caso no solo ha necesitado de uno, sino de bastantes cirineos y no es que esta Cruz pese más que la del Señor, sino que si todos arrimamos un poquito el hombro para llevar a esta Hermandad, no solo no pesa, sino que la llevamos en volandas allá donde el Señor quiera. Por ello, una de las cosas que hemos aprendido en estos tres años ha sido a mantener la unidad que como Hermandad se nos requería, esa misma unidad que es necesaria para que un paso ande bien. Por ello me gusta asemejar nuestra Hermandad con una cuadrilla de hermanos costaleros; ambas están compuestas por gente muy diversa (en el caso de una cuadrilla los hay muy altos, y los hay muy bajos, los hay veteranos, y los hay novatos, los hay que están preparados para desempeñar una determinada tarea, y los hay que son jarrillos de lata que valen para cualquier sitio, lo dicho, igual que en una Hermandad) pero si no existiera un buen equipo de capataces que conocieran perfectamente cual es el sitio de cada costalero, cual es la tarea que cada uno es capaz de desempeñar, o cuantas tablillas se tiene uno que meter, esto seria un desbarajuste. Al igual ocurre en nuestra Hermandad, existe un gran capataz, de hecho yo diría el mejor capataz que ha existido y existirá nunca. Él nos conoce perfectamente a todos, sabe cuáles son nuestras posibilidades y nuestras limitaciones, confía en nosotros más de lo que nosotros confiamos en Él, y nos ama mucho más de lo que nos podemos imaginar. El capataz que lleva bajo su mando a esta Hermandad no es otro sino el Señor. Él es el que nos ha llamado para pertenecer a esta Hermandad, solo Él conoce las razones, los porqués. Él nos ha llamado por nuestro nombre para encomendarnos una tarea dentro de esta Hermandad, solo espera que le digamos igual que le dijo aquella joven nazarena “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”. Por ello, una vez que sabemos cuál es nuestro sitio no podemos sino ir todos al mismo paso, siempre andando de frente, aunque algunas veces nos gusta recrearnos un poco, pero siempre mirando para adelante, echándole una mano a aquel hermano que lo esta pasando mal, dejándonos ayudar cuando nosotros lo necesitamos, pues para eso somos una gran familia, teniendo siempre en mente una cosa; el que está mando de esta gran familia no es otro que el Santísimo Cristo de la Sangre. Pero esta unidad de la cual os he hablado no viene así de la noche a la mañana. Han sido muchos los esfuerzos para llegar al punto en el que nos encontramos, y uno de los esfuerzos ha sido a través de la oración, y es que como dice el refrán “La familia que reza unida, permanece unida”. Este ha sido uno de los pilares para encontrar esa unidad, el rezar siempre que estábamos juntos (al empezar y al terminar los ensayos, las visitas al Sagrario antes o después de cada reunión o la adoración al Santísimo Sacramento la mañana del Viernes Santo durante su estancia en el Monumento), y es que sin el trato constante con Él nuestra vida como cristianos se va deshinchando poco a poco como un globo hasta llevar incluso a perder el sentido. Por ello, al igual que muchos grupos parroquiales, nosotros también tenemos un grupo de whatsapp (bueno mejor dicho tenemos dos grupos), donde diariamente se reza el Evangelio y el Ángelus, y donde no faltan las peticiones de oración (por D. Carlos, por el pequeño Iván, por el eterno descanso de tal familiar difunto, y así un largo etcétera) y es que como he dicho antes “La familia que reza unida, permanece unida”. Esta es otra de las cosas que el Señor nos ha concedido en estos tres años, el tener un joven espíritu de oración. Como se ha dicho antes, esta gran familia nace a los pies de una Cruz, y es precisamente en el contacto con la Cruz de Cristo donde nace otra de las gracias que el Señor nos ha concedido en estos 3 años, y no es otra sino el arrepentimiento. Cuando uno carga con la Cruz, siente su peso sobre los hombros y piensa que fue el Señor quien la llevó primero y que fue Él quien murió en ella, piensas en todo lo que sufrió por ti y que todo eso lo hizo por Amor y para librarnos del pecado, simplemente afloran sentimientos de arrepentimiento, y ya lo dicen los versos que hay junto a nuestro Cristo; “Tú que pasas mírame, contempla un poco mis llagas, y verás que mal me pagas, la Sangre que derramé”. Todo este arrepentimiento se refleja mediante la Confesión, que ha ido calando poco a poco en los corazones de todos los que formamos esta Hermandad a medida que ha ido pasando el tiempo. Aún recuerdo el año que salimos desde el Corralón de Ciruela, aquel costalero joven buscando desesperadamente a Domingo para pedirle perdón al Señor por sus pecados. Tras unos momentos de incertidumbre, finalmente logró encontrarlo, se confesó y pudo disfrutar de la Estación de Penitencia sabiendo que estaba en paz con el Señor. Este año precisamente Dios quiso que se sentara junto a mí en los Oficios del Viernes Santo, aún no había confesado y estaba alterado por si no le daba tiempo, pues apenas faltaban unas horas para meterse bajo el paso y él no se sentía a gusto sino salía de costalero estando confesado. Le dije: “Tranquilo hermano, que después de los Oficios buscamos al cura, ve, comulga, y ahora te confiesas antes de salir”, y así lo hizo. Pues al igual que este costalero, han sido numerosos los hermanos que han acudido a pedirle perdón al Señor durante esta Semana Santa. Ha sido un chorreo constante de caras jóvenes (y algunas no tan jóvenes) que han pasado por los pies del confesionario. Gracias Señor por darnos un corazón arrepentido. De la unión entre los hermanos nace la oración de unos por otros, y de la unión con el Señor nace la propia oración personal, pero nos ocurre lo mismo que aquellos primeros discípulos, no sabemos cómo dirigirnos al Padre, por ello nos surge la misma petición “Señor, enséñanos a orar”. De ahí nace la cuarta gracia que el Señor nos ha concedido en estos tres años de aprendizaje, y no es otra que la Formación. El tener claro que debemos formarnos no solo como cofrades, sino como cristianos de a pie que somos. Por ello no solo cuidamos la parte técnica del costalero, sino también la parte espiritual, a través de diversas Catequesis y la realización de un retiro anual. Este retiro se celebró el pasado mes de Noviembre en la Casa de Ejercicios Espirituales de San Calixto (Hornachuelos) y contó con la presencia de 34 componentes de la Hermandad (desde costaleros, miembros de la Junta de Gobierno y allegados). Fue un momento único para todos los que ese fin de semana pudimos estar allí, un momento de encuentro con el Señor y de ver cómo el Señor va transformando poquito a poco la vida de cada uno de nosotros. A parte del retiro, que tiene bastante trabajo detrás, las catequesis se vienen realizando algunas de manera más improvisada (por ejemplo las realizadas algún viernes de Cuaresma que por inclemencias del tiempo no se ha podido ensayar) y otras de una forma más preparada (como por ejemplo la que venimos impartiendo la mañana del Viernes Santo). La verdad que la catequesis del Viernes Santo es muy especial para todos, pues ya estamos a pocas horas para el salida, ya tenemos los nervios en el cuerpo, pero aun así conseguimos (entre lagrimas y sollozos la mayoría de las veces) acercarnos al Misterio de la Pasión y Muerte del Señor. Esta catequesis nos ayuda muchísimo a la hora de dar testimonio en la calle durante nuestra Estación de Penitencia, pues ya desde primera hora de la mañana tenemos la mirada fija en el crucificado, aquel que murió por nosotros y que murió amándonos y perdonándonos. Recuerdo con especial cariño la catequesis de hace dos años, la cual puedo resumir con una frase que nos dirige el Señor a cada uno de nosotros “Nadie te ama como yo, mira la Cruz, fue por ti, porque te amo”. Así pues, tras un espíritu de unidad y de oración, un corazón arrepentido, y una pequeña base formativa, solo nos falta salir a la calle y dar testimonio de lo que el Señor nos ha enseñado, y eso ha sido lo que ha ocurrido este año. Tras tres años de aprendizaje (y todavía nos quedan mucho camino por recorrer) y el Señor nos ha dado la gracia de dar testimonio de todo lo que hemos aprendido, y de dar un testimonio verdadero. Por ello, tras finalizar esta Semana Santa tan especial para esta Hermandad, decidí pedirle a mis hermanos que me enviaran un pequeño resumen o algunas sensaciones de cómo habían vivido ellos esta pasada Semana de Pasión. He de confesar que no esperaba que muchos de ellos me contestaran a tal petición, pues si bien ha sido una Semana Santa muy especial, es verdad que a muchos nos cuesta expresar nuestros sentimientos en público. Cuál fue mi sorpresa cuando de repente me encuentro con más de veinte testimonios distintos, desde costaleros, capataces, mantillas, nazarenos, etc. Ahí es cuando descubrí verdaderamente que “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”. Así pues les dejo con ellos: El primer testimonio pertenece a una de esas mujeres de la Hermandad que trabajan desde el silencio, desde lo escondido. Fiel testimonio de fortaleza, para mí siempre me ha producido admiración, y cuanto más conozco de ella más admiración siento. Llegó al pueblo tras contraer matrimonio hace ya 27 años, y desde entonces ha estado alumbrando a nuestro Cristo, pues desde siempre ha profesado una gran devoción por Él. Nos cuenta que cada Viernes Santo, cuando iba alumbrando detrás de Él, veía a los costaleros, los nazarenos, los miembros de la junta, con el entusiasmo, la pasión y el orgullo con que sacaban al Señor que se dio cuenta de que ella debía pertenecer a esa Hermandad, de eso hace ya unos 12 años. Cada día va aumentado más mi devoción y estoy más orgullosa de pertenecer a la Hermandad del Santísimo Cristo de la Sangre. Este año ha podido realizar estación de penitencia vestida de mantilla, y actualmente forma parte de la Junta de Gobierno como Camareras del Señor. Su nombre es Concepción Lucena y así nos detalla cómo ha vivido este Viernes Santo; “Son muchas las cosas que yo tengo que agradecerle a nuestro Santísimo Cristo de la Sangre. Este Viernes Santo lo he vivido con una devoción, una pasión y una ilusión que no puedo explicar con palabras, pues después de llevar cinco años sin poderlo disfrutar (los dos primeros por encontrarme yo mal, y los 3 últimos por no poder salir). Ha sido una noche muy Sentimental” El siguiente testimonio es de un costalero que aunque joven, ya se puede considerar un veterano, pues lleva en el mundo del costal 12 o 13 años. Proviene de una familia cofrade con bastante relación tanto con la Hermandad del Santísimo Cristo de la Sangre como con la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, donde sus tíos, abuelos/as, su padre y sus hermanos pertenecen a alguna hermandad. De hecho recuerdo un año en el que salían los tres hermanos debajo de las trabajaderas. Como bien podréis pensar, el siguiente testimonio es de Víctor Manuel Martínez y así vivió él la Semana Santa: “¿Qué ha sido para mí esta Semana de Pasión?….Pues muchas cosas, unas que se pueden explicar y otras que no tanto. Llevábamos ya tres años sin pisar la calle y claro, se convertía en algo especial, si más cabe. De este año me llevo los ensayos, es increíble cómo ha ido evolucionando esta cuadrilla de costaleros, hay mucho más compromiso, más seriedad, y eso gusta, aunque los momentos de risa son esenciales para que todos estemos en sintonía. Y llegó el día. No necesitábamos mirar al cielo, esta vez el Señor quería ver de nuevo a su pueblo. Este año hice algo nuevo, a eso de las 4 de la tarde ya vestido de costalero, me fui a la iglesia, me preguntaba de camino ¿voy o no voy? Pero al final algo me decía que sí. Y allí me planté, me metí debajo del paso, y empecé a rezar. No se escuchaba nada, y estuve unos minutos de oración preparándome para la gran salida. Salió el señor a la calle y la gente aplaudía, preguntaba a mis compañeros ¿hay gente? Todos decían que sí, está lleno, y eso me llenaba de orgullo. Fueron momentos bonitos en el recorrido, sobre todo el encuentro con la Virgen en la Calle Portales. Los detalles de los compañeros, los comentarios, la hermandad que se vive debajo del paso, etc. En fin, quizás haya dado testimonio de aquello que decía que se puede explicar, lo demás me lo guardo para mí y para el Señor.” Preciosos testimonios, se nota como el Señor toca la vida de aquellos que se acercan con corazón sincero, pero no podemos olvidar una cosa, que nuestra unidad, nuestra oración, nuestro arrepentimiento, nuestra formación y nuestro testimonio no puede ir de forma aislada a la vida de nuestra Parroquia, como si la Hermandad fuera un ente extraño o ajeno a esta, sino que debe ir de la mano. Una Hermandad no tiene ningún sentido si no tiene su base en la Parroquia, al igual que una Parroquia no tiene sentido si da la espalda a la vida de una Hermandad. Por ello, no solo formamos parte de la gran familia del Santísimo Cristo de la Sangre, sino que además formamos parte de una familia mayor y que es la Parroquia de Fuente Palmera, formada por gente como tú y como yo (pecadores) y que de una forma o de otra (a través de la Adoración Nocturna, del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, o de las Hermandades, entre otros muchos movimientos parroquiales) buscan conocer y amar a Nuestro Señor Jesucristo. De hecho en la Parroquia no existen cristianos de primera o de segunda, ni existen grupos parroquiales de primera o de segunda, aun así “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”. Pero si algo caracteriza a esta Parroquia es que está muy VIVA, y en ella hay sitio para todos, da igual cual sea la parcela a la que el Señor te encomiende, lo importante es trabajar en este pequeña viña llamada la Colonia de Fuente Palmera, sabiendo que en última instancia el que nos llama y al que debemos de rendir cuentas no es otro que al Señor. Y ya para terminar dar las gracias en primer lugar a todos y cada uno de los que habéis colaborado en la realización de este artículo, sin vosotros no existiría la Hermandad del Santísimo Cristo de la Sangre tal y como la conocemos hoy día, y animaros a aunar esfuerzos con el resto de Hermandades para seguir haciendo grande nuestra Semana Santa, una Semana Santa donde todos tenemos nuestro sitio, y donde todos somos importantes, pues ya lo decía la Beata Madre Teresa de Calcuta “Yo hago lo que usted no puede y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer grandes cosas”. En segundo lugar darle las gracias a nuestra Parroquia, a todos y cada uno de los grupos parroquiales y en especial a nuestros párrocos, por todo el trabajo incansable que realizan día a día y que solo el Señor conoce, y por hacernos sentirnos una parte importante de esta comunidad parroquial. Finalmente darle gracias al Señor, Él es el inventor de todo esto. Por Él son todos nuestros desvelos, preocupaciones, noches de ensayos, reuniones hasta las tantas, pero que sin él en nuestras vidas la verdad es que no tendrían mucho sentido. Él es el que nos hace despertar cada mañana, el que nos da fuerzas para combatir el día, el que le da sentido a una enfermedad, a quien nos agarramos cuando perdemos un ser querido, y al que le damos gracias cuando nos regala a un nuevo miembro en la familia. No permitas Señor que nos olvidemos de ti. Que tú seas el origen y el fin de nuestra Hermandad, de nuestra Parroquia, de nuestra vida. P.D.; Gracias Señor por estos tres años de Gracia

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